En las selvas lluviosas del Camerún habita un mundo asombroso. Un mundo de seres vivos, alejado de todo. Un desierto lejano y silente, impresionante y exclusivo, un universo de increíble riqueza, en el que el milagro de la simbiosis entre plantas y animales, nos ha regalado el privilegio de alcanzar sentimientos enterrados en los más profundos entresijos de nuestro ser.
El viaje no es cómodo; las distancias, largas; los medios, escasos; las dificultades, amplias; pero la recompensa que los espíritus sensibles pueden llegar a alcanzar, recreando sus sentidos en la marea de sensaciones que la jungla, verde, callada e inmensa, nos comunica con la imparable fuerza de un huracán y la delicadeza, sutil, de una caricia, no tiene parangón posible.
Habrá lugares en nuestro planeta, que alguien pueda considerar mejores o peores, pero no me cabe duda alguna, que no existe ningún otro igual a este.
El pequeño avión dejó atrás Douala, el bullicio de sus gentes, la algarabía de sus calles embarradas, anárquicas, sucias… pero alegres; el desorden de sus edificios rotos, comidos por la humedad del tiempo, corroídos por la desgana inerte de un pasado perdido en el recuerdo. Su timón de cola dijo “adiós” al oeste poniendo rumbo a la frontera con el Congo, lejano y misterioso. Sería allí, a orillas del río Boumba, donde iba a vivir la experiencia de una cacería que, como algunas otras, jamás podré olvidar.
El bongo que; con el eland de Derby, el nyala de montaña, el sable y el guepardo; conforman, en mi opinión, los “otros cinco grandes” de África; era el objeto de mi deseo. La caza de este auténtico fantasma de la jungla, por su dificultad, su escenario y su dureza, se me antojaba apasionante. Ahora, estaba allí, dispuesto a exprimir cada uno de los momentos que me aguardaban, ansioso por descubrir los secretos de un lugar mágico, como pocos lo pueden llegar a ser.
La temporada estaba tocando a su fin, las lluvias nunca terminaron de cumplir las expectativas que para aquellas latitudes se pueden considerar como razonables. Para cazar un bongo, hace falta la lluvia, el suelo de la selva debe estar lo suficientemente húmedo como para poder seguir las huellas frescas de un animal que, de otro modo, se hace del todo imposible de localizar.
Desde los primeros días, en casi todas las salidas, pude ver una gran cantidad de huellas del animal que trataba de cazar, pero no pudimos encontrar ninguna reciente. Partíamos del campamento con las primeras luces del alba, la inmensidad de las tierras que cazábamos, nos proporcionaba distintos escenarios cada día. Recorrí cientos de kilómetros en coche, piragua y caminando, pero, sin lluvia, nuestras posibilidades eran casi nulas.
A última hora de la mañana, antes de regresar -cuando la distancia nos lo permitía- al campamento, íbamos a practicar la caza de las especies de “duiker” que por aquí abundan: Peters, Maxwell, Ogilby, Bay, Gabón, de frente negro, azul, de lomo amarillo, antílope pigmeo de Bates, son especies que, en impresionante densidad, y a pesar del penoso, devastador e importante efecto del furtivismo, pueblan estos parajes incomparables.
El sistema para tratar de dar caza a estos “buzos” (es lo que significa el vocablo de origen holandés “duiker”) de la espesura, es el reclamo. Los pigmeos, habitantes desde que el tiempo se hizo cierto, de estos lugares, son consumados especialistas de esta modalidad. Tapándose la nariz con los dedos, emiten un sonido gutural que imita la llamada de un “duiker” en dificultades. Tras localizar en las profundidades de la selva, el territorio de uno de ellos -normalmente, las deposiciones frescas, acumuladas en montoncitos en medio de algún pequeño espacio libre de vegetación tupida, nunca muy lejos del tronco de un gran árbol, suelen ser la pista que delata su presencia-, buscamos el amparo de alguna planta que nos proporcione un somero camuflaje y nos agachamos para comenzar a “llamar”, y aguardar la llegada del pequeño animal.
Un cartucho, con plomo del siete, es más que suficiente para abatir a uno de estos diminutos habitantes de la jungla. La dificultad de su caza, estriba en la rapidez con la que aparecen… y desaparecen, el poco o poquísimo espacio visual del que disponemos para poder ver al animal y el pequeño tamaño del blanco.
El calor húmedo te empapa la ropa a los cinco minutos de ponértela. Uno acaba por acostumbrarse a estar todo el día mojado, pero la tensión de la espera, acompañada por el imprescindible silencio y la necesaria quietud, provocan, a menudo, que las gotas de sudor se escurran entre las cejas y te nublen la visión.
Lo normal es efectuar entre seis o nueve “llamadas” en un mismo escenario. Si el “duiker” se encuentra por las proximidades, casi con seguridad acudirá al reclamo. Luego, hay que darle, lo que, les aseguro, no resulta, en absoluto, fácil.
Fallé una vez, y dos veces y tres veces. Empecé a echarme en cara tanto escopetazo. Planeé, una y otra vez, como tratar de corregir los errores, pero, a la hora de la verdad, los plomos acababan en el suelo y el “pequeñín”, volvía intacto a perderse entre la cortina verde que lo amparaba.
Pero, al fin llegó mi momento. Había matado esa mañana un primate que aquí conocen por “le mecanicienne” –el mecánico- debido a que su pelaje guarda cierta similitud con el “mono” de uno de estos profesionales (su nombre científico es Cercocebe Agille). Lo vi, encaramado a una rama de un altísimo “fraké” (un majestuoso árbol con un tronco inmenso y espectacular), me dio tiempo, para infortunio suyo, de meter una bala blindada en la recámara del 416RM, luego le apunté a la tripa, para tratar de no destrozar el cuerpo, y acerté con el tiro.
Poco después, en la última de las paradas que hicimos esa mañana en busca de “duikers”, atiné con el primero de mis “buzos”: un precioso duiker azul, se unió al curioso prímate, ya de regreso al campamento.
Los días pasaban, la lluvia seguía sin llegar y las posibilidades de encontrar un bongo se iban reduciendo. Con la especie de sitatunga que aquí habita, otro de los animales que podía cazar con mi licencia, ocurría exactamente lo mismo: la imposibilidad de hallar rastros frescos hacía vano el intento de cazarlo. Sólo cabía esperar y seguir con los “diminutos”.
La suerte, esquiva hasta ahora, me iba a sonreír, pero no en forma de bongo si no como algo bastante menos aparente, mucho más pequeño, pero, con toda seguridad, igual de valioso, al menos para mí.
Conducíamos por un carril perdido, muy lejos de nuestro campamento. La vegetación, voraz e insaciable, apenas si dejaba lugar para que el todo terreno pudiese avanzar. Escarabajos, arañas, diminutos dípteros y otros insectos, extraños y desconocidos, brincaban de las ramas que los sustentaban a nuestras camisas, cabellos o el poco espacio de piel que llevábamos al descubierto, en mi caso, únicamente la cara.
Bonó, el jefe de los pigmeos pisteros, me avisó: carril adelante, en el sentido de nuestra marcha y alejándose del vehículo, corría un pequeño ser, muy poco más grande que un conejo. Su aviso significaba, a la vez, que había algo y que a ese “algo”, se le podía disparar. Todo fue a una, rápido y, en este caso, efectivo. El disparo dejó inmóvil al que, a la postre, supondría una de las mayores alegrías de este viaje: un antílope pigmeo de Bates era el nombre del responsable de mi gozo. Además, tuve la fortuna –debido a que no hay ni tiempo, por la rapidez del lance, ni posibilidad, por el tamaño de los cuernos, para calibrar si es un buen trofeo o no- de que se tratase de un excelente ejemplar, tan excelente que, con sus provisionales 5 10/16 pulgadas, es muy probable que vaya a estar entre los siete mejores del mundo en el libro de récords del S.C.I.
A cinco días del final del safari, los truenos comenzaron a sonar cuando el crepúsculo, hermoso como sólo en África lo puede ser, entregaba su último aliento en brazos de una noche sobrecogida por sonidos imposibles, sorprendida por mil silencios inacabados. Lejanos relámpagos rasgaban un horizonte teñido por la fantasía de una tierra milenaria que supo hacer viejo al tiempo. La esperanza de volver a creer en la posibilidad de una presa, que se difuminaba entre las imponentes arcadas y los excelsos arbotantes de aquella catedral verde en la que confundía su ágil figura rayada, regresó para sosegar la inquietud de mi espíritu.
Yo estaba con Bonó y Diro –otro de los pisteros- en un mirador cercano a una charca en la que, días atrás, habíamos visto huellas viejas de bongo y sitatunga. Planeábamos pasar la noche allí, esperando que al amanecer se acercase a beber alguno de los animales que buscábamos. La lluvia nos caló, pero la satisfacción de saber lo que su llegada podía significar para el éxito de la cacería, hizo que olvidásemos cualquier molestia.
Tuvimos que aguardar más de tres horas para que Stephan, el cazador profesional, enviase una canoa a recogernos. Para entonces la lluvia había cesado y nuestro regreso al campamento, navegando en la noche por un río con el caudal muy reducido, con enormes y abundantes piedras jalonando su cauce, fue, a más de apasionante, muy peligroso.
La mañana guardaba todos los alicientes para hacer vibrar, con fuerza e ilusión, al más lánguido de los corazones. Parecía que el azar jugaba, ahora, a mi favor. Viajamos varias horas en coche hacia el norte, en busca de un bongo del que sabían, por sus huellas, que era un excepcional trofeo. Nunca lo habían visto, ni siquiera habían dado con rastros frescos, pero ese día la cosa cambió.
Encontramos, con cierta facilidad, huellas que mostraban muy a las claras que el animal había atravesado el carril durante la pasada noche. Algo después, Bonó, aunque les pueda parecer increíble, encontró restos, aún líquidos, de su saliva en los tallos de las hierbas que había estado comiendo, como mucho, un par de horas atrás. Todos estábamos contentos y esperanzados.
Dos horas y media después nos dimos cuenta de que el pisteo era inútil. La lluvia caída no había empapado el suelo lo suficiente: hacíamos demasiado ruido al caminar entre la maraña de ramas espinosas, lianas, arbustos, hojarasca y demás. El bongo supo enseguida que lo seguíamos y, siendo así, todo esfuerzo era vano.
La vuelta fue larga y penosa. Los tablones de uno de los muchos puentes que se utilizan para cruzar los arroyos, se rompieron al paso del vehículo, así que caímos al cauce seco. Tan sólo contábamos con un “gato” para sacar el coche, si no lo conseguíamos, tendríamos que pasar la noche allí, no había posibilidad alguna de comunicarse con el campamento para pedir ayuda, así que nos pusimos manos a la obra. Nos llevó más de dos horas devolver el todo terreno a suelo firme, cuando llegamos a “casa”, quedaba menos tiempo para el alba que el que había pasado desde el crepúsculo.
Con un par de horas de cama, me levanté para regresar, por el río, a la charca en la que habíamos estado apostados la noche anterior. Comprobamos que entre los animales que habían acudido a proveerse de sal, no estaba ninguno de los que buscábamos.
Emprendimos una larguísima caminata en busca de otra salina, bien metida en el interior de la jungla, por lo tanto, sin otra posibilidad de acceder a ella, más que a pie.
Lo peor de esta selva no es ni el calor, ni la humedad, ni los arbustos espinosos, ni los mosquitos; lo peor, con diferencia, son las garrapatas, las diminutas “pulgas de elefante”, como por aquí les llaman. Da igual como trates de protegerte, yo llevaba un repelente para los insectos, botas altas con rastrojeras hasta la rodilla, pantalones largos, camisa de manga larga, hasta las muñecas, y el botón del cuello abrochado, guantes de piel y un sombrero;
pues bien, a pesar de todo eso, por algún lugar lograban llegar hasta mi piel –de las rodillas para abajo, principalmente- y causarme picores tan fuertes que llegaban a resultar, en verdad, dolorosos. La posterior carnicería que organizaba cada vez que llegaba a mi cabaña, para arrancarlas literalmente de mi cuerpo, me ha dejado cicatrices de las que no se borran nunca.
En fin, llegamos a la salina, plagada de abejas en busca de agua, y nos encontramos con huellas muy frescas, pero… de búfalo. El “búfalo enano”, es un curioso, bravo y muy esquivo animal, que habita en las profundidades de este mundo impenetrable.
Stephan me preguntó si quería seguir la pista del animal. Las esperanzas de encontrar huellas de bongo, se diluían; la razón debía poder con el corazón. Me quedaban pocos días de safari, había venido a cazar y eso era lo que estaba haciendo, ¡y de que modo! No lo pensé mucho: le dije que sí.
Algo más de una hora después, Bonó habla con Stephan y éste a su vez me dice que, al parecer, son dos los búfalos que estábamos siguiendo. El asunto me preocupó porque los mejores machos suelen deambular en solitario la mayoría del tiempo, pero estábamos donde estábamos –a unas cinco horas a pie, de la canoa- y no quise dejarlo.
Llegamos a un pequeño riachuelo, Bonó se adelantó unos metros y nos pidió que esperásemos. A los pocos minutos volvió:
Los búfalos están en el río, y son tres
Alberto, me dijo Stephan, ven detrás de mi, sin un solo ruido, por favor
Bonó primero, Stephan luego y yo detrás. Los demás se quedaron a esperarnos. Tan sólo unos veinte metros más adelante, Bonó se detuvo y Stephan también:
Están a unos quince metros, en el agua, hay un macho, una hembra y una cría –me aclaró Stephan-.
Hazme un hueco, no puedo pasar, le pedí
No llegué, en ese momento, a ver a ninguno de los tres búfalos. Parece ser que uno de los dos adultos, aún no sabíamos cual, vio a Bonó, después debió de oír algo que no le gustó, y a continuación, como una locomotora sin freno, emprendió la carrera perdiéndose en la nada, en este caso, de color verde La cría, junto al otro adulto, huyó por el cauce del río.
Lo que ocurrió en los minutos siguientes fue un auténtico caos, una sucesión incontrolada de situaciones críticas, con la necesidad de tomar decisiones rápidas de posibles consecuencias irreversibles.
Salimos corriendo tras el que iba con la cría, puesto que el otro se había esfumado. Stephan me gritó que era el macho, yo no veía nada. Los pigmeos corrían, Stephan corría, yo también corría. Todos íbamos tras el fragor de la maleza que caía bajo las poderosas patas de los animales que huían. Al rato, escuché a Stephan que me gritaba:
¡Es la hembra!, ¡es la hembra!, ¿quieres tirar?
¡Mierda!, ¡espera!, ¡no sé!… ¡sí, coño!, ¡la tiro!
¡Está ahí, pero no la puedo ver ahora!, ¿la ves tú? –me preguntó-
No, espera, voy hacia allí –le dije-
Ten cuidado, es muy peligroso, ¡puede aparecer por cualquier lado!
Y apareció. A pocos metros –menos de diez-, de donde yo estaba, los arbustos temblaron, los bufidos atronaron el aire, pesado por la cantidad de humedad… Me encaré el 416. Oía gritar a Stephan, los pigmeos habían desaparecido. Me desplacé hacia un pequeño espacio abierto que terminaba en la ribera del riachuelo. Volví a oír los gritos de Stephan, pero ya no le escuchaba, ahora era mi momento… supe que todo dependía de mi.
Avancé hasta la misma orilla del agua. Desde allá, a los pocos segundos, un animal furioso se precipitó hacia el cauce, lanzaba derrotes a izquierda y derecha, bufaba y giraba continuamente para tratar de controlar todos sus flancos.
El rifle apoyó su culata de madera en mi hombro. El acero del gatillo sujetó el dedo índice de mi mano derecha. Mi corazón disparó y el búfalo se despegó, durante unos segundos que me parecieron horas, del suelo, parecía que pudiese emprender el vuelo. Volví a disparar, sin aguardar el resultado, que intuía bueno, del primer impacto. Su cuerpo, ya en el agua, se volteó por completo y quedó flotando…, inerte.
Tardamos más de tres horas en desollar y trocear el búfalo, mientras éramos devorados por abejas, mosquitos y moscas de todos los colores: desde verdes a naranjas. Luego, hicieron falta unas cuatro horas más para regresar caminando y cargados con el búfalo despiezado y repartido, hasta la canoa que nos aguardaba en el río.
En el campamento celebramos con todo el personal, las mujeres y los críos incluidos; el resultado de un incomparable día de caza… en perfecto, sí, estado de pureza.
Y así, entre bubingas y caobas, entre moambes y ébanos; pasaron mis días en la “catedral verde”. Sin bongo, pero cazando como en pocas ocasiones lo había sentido. En un mundo perdido, lleno de silencios musicales, reservado, sólo para los que pueden ver a través de los sentimientos.
Volveré a las tierras de Mosunda-Sunda, el espíritu dueño de este reino, señor de estos abismos verdes capaces de envolver los sentidos y embriagar la razón. Puede que fuese él quien castigó mis carencias con una malaria pérfida, difícil y muy dolorosa, que me tendría postrado en la cama de un hospital durante algunas semanas. Con toda seguridad, cuando regresé en busca del bongo que no pude cazar, espero ser menos orgulloso, mucho más humilde y algo menos exigente.

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