En el arcón insondable del cazador veterano, siempre aparecen perlitas de humor, algunas sorprendentes.
Rubén Patiño, un amigo y baquiano excepcional, quien fuera mis ojos en sus pagos, el inconmensurable páramo del oeste pampeano. Nacido montero, cuando hallaba rastros de posibles colmilludos, tardaba nada su llamada, a la que acudía sin demora. Fua precisamente la pisada de un viejo navajero que motivó el envite para el acecho.
Como cualquier cosa se posterga por una cacería, dos días después, y a tres de luna llena, divisé a lo lejos la arcada de acceso a la Ruta del Desierto, junto a las raleadas casitas de su pueblo.
Entre mate y mate, comenzó con los detalles del hallazgo. Rastreando a una leona parida que había matado más de 20 ovejas solo en los alrededores, halló las del jetudo, encimadas y más grandes que las del gran gato dañino. Sin desmontar, las siguió incansablemente hasta uno de los salitrales más dilatados de las Salinas Grandes. Desde la costa, parado sobre el recado, vio claramente el interminable sendero burilado sobre el manto que parecía nevado. Se dirigía rectamente hacia el monte achaparrado que se extendía dos kilómetros al sur, en la línea del horizonte. Rubén sabía que, cerca de la oscura masa boscosa, se encontraba una vertiente que manaba todo el año, formando el único charco de agua en una legua a la redonda. Cerca, tenía que estar el dormidero del matrero.
Al día siguiente, luego de la siesta, cargamos la Colorada (su vetusta pick up injertada con mil piezas adaptadas) con lo necesario para construir un escondite cerca del surgente, donde velaríamos algunas noches. A las cinco de la tarde partimos, con tiempo para rastrear y construir el escondrijo… La temperatura superaba los 42°, y en el salar, ni pensarlo, aunque por la noche suele bajar a menos de la mitad…
Al llegar al mar deslumbrante, que reverberaba espejismos lejanos, crucé los dedos: Si La Colorada se empacaba estábamos en el horno a cielo abierto, no nos salvaba ni San Uberto…
Rubén, flemático como siempre, habituado a esos enfrentamientos con la naturaleza bravía, manejaba con su eterno pucho entre los labios. Hacía mucho que habíamos renunciado a secarnos el sudor que corría por el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Al llegar al centro del infierno aparentemente nevado, las ruedas delanteras se hundieron en un guadal, donde la capa de sal se adelgaza, quebrándose y tragando lo que haya encima, una vaca o tractor de 10 toneladas. Solo la habilidad del volante impidió que nos encajáramos irremediablemente. Un cambio a segunda, y el envión, nos llevó hasta piso firme, donde respiramos, pero solo un instante: al desacelerar, el motor se plantó en medio del silencio atronador. Cerré los ojos.
Sabía que La Colorada carecía del burro de arranque, que yacía despanzurrado en el taller del molinero, postergado por su indolencia y fatalismo. Los abrí cuando chirrió la puerta y Patiño bajaba sin una queja. Pensando en qué carajo hacía allí, por un chancho mugriento, bajé, al pedo, pero bajé…
“… no pasa nada amigo, ya vandar la desgraciada…” musitó.
Transcurrido apenas unos minutos, el calor del arenal quemaba los pies como brasas. Mi compañero trepó a la caja trasera, y comenzó a revolver una montaña de piezas diversas, herramientas, trastos irreconocibles, soldadora, yunque y mil cachivaches que necesita un molinero. Poco después, levantó victorioso un gato hidráulico, la barreta para bombear y un taco de madera. Luego un rollo de correa de unos diez centímetros de ancho, utilizadas en los tractores para transmitir la fuerza del malacate trasero. Medía tres o cuatro metros, y en uno de los extremos asomaba una extraña agarradera. Me ofrecí un par de veces, sabiendo que no necesitaba ayudante…
Mientras miraba desconcertado, preguntándome para qué carajo quería un criquet, acercó uno de los pellones que cubrían los resortes del asiento, a falta de tapizado, y lo tendió debajo del parachoques trasero. Se tendió sobre el acolchado, ubicó el taco en su lugar, y encima el gato. Cuando la rueda se elevó varios centímetros del suelo, enrolló dos o tres vueltas la correa alrededor del neumático – como la piola que se utiliza en algunos motores fuera de borda – dejando la asidera a mano. Fue hasta la cabina, colocó la palanca de cambios en tercera y regresó. Con la ayuda de uno de los hacheros se prendieron de la manija, y juntos cincharon al trote haciendo girar la rueda, y por ende al motor. El sonido supo a música celestial, la máquina ronroneó suavemente, y Rubén corrió a para reubicar en punto muerto. Miró, sobrador, susurrando:
“…No te dije, no pasa nada…”
En realidad, no debí sorprenderme demasiado. Mientras cargábamos los bártulos, recordé otra de sus múltiples tretas camperas.
En cierta oportunidad, lo había acompañaba en uno de sus viajes para acopiar leña. Luego de dos días de dura labor junto a dos hacheros, mientras me ocupaba de abatir algunas perdices de monte, regresábamos con varias toneladas de astillas de caldén y algarrobo. Con semejante carga, el antediluviano Bedford que competía en antigüedad con La Colorada, bufaba como una locomotora sobre la huella polvorienta y poceada.
A paso de hombre, los cuatro apretujados y cagados de frío en el asiento, vimos de pronto un hilo de vapor blanco que surgía de la ranura del capot. Desanudó los cables que reemplazaban a la llave de contacto, desaparecida en acción, y la máquina se detuvo. No se escuchó un solo lamento, aunque era para putear en chino básico… Estábamos en medio de la nada, a diez kilómetros del pueblo, con un frío de locos y un desperfecto serio. Pie a tierra, enfrentamos a la parrilla sin parrilla, que dejaba ver el radiador, emparchado en varios sectores. Susurrando palabras inentendibles, desató el alambre que aseguraba el cobertor, que al abrirse dejó escapar una nube ardiente que salía de la boca del radiador que, a falta de tapa, estaba obturada por un trozo de cámara de neumático, que mostraba las hilachas del estallido… Entre el ruido de los borbollones del agua hirviendo y su exasperante dejá vu sin quitar el pucho de los labios, volvió a la cabina y alzó el asiento rebatible, que ocultaba una sarta indefinida de cachivaches. Removiendo, seleccionó una bolsa de plástico que contenía ¡un puñado de viejas medias de nylon para mujeres! Los muchachos lo observaban con cara neutra, como si supieran de qué se trataba. Tomó una, larga, sedosa y agujereada, unió los extremos y ató uno a los restos del espejo retrovisor. Con un destornillador como torniquete, comenzó a arrollarla fuertemente sobre sí misma, hasta lograr una especie de soga sintética. Cuando dejó de humear, trepó al paragolpes delantero, y se zambulló en el horno… No pude con la curiosidad, y me asomé desde un costado. Quemándose los dedos cuando rozaba cualquier parte metálica, encajó la media retorcida en la V profunda de las poleas de bomba de agua y cigüeñal. Tensándola hasta donde dieron sus fuerzas, cortó con el cuchillo los sobrantes del lazo, rellenó el radiador con agua y puso en marcha… Con una nueva correa made in casa, acelerando suavemente para que no patinara, llegamos a Chacharramendi sin novedades.
Una muestra más de lo que pueden esos hombres, rudos y e imaginativos, para sobrevivir en esas inmensidades desoladas, donde el instinto de supervivencia, heredado de sus ancestros, suele ser la diferencia entre la vida y la muerte.
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