La Honda

Marcelo Richter

Se aproximaba un fin de semana largo… Aunque todas mis tareas y actividades en el campo me decían que poco podría hacer. Pero, como en toda historia con final feliz… junté coraje y terminé con todos mis quehaceres. ¡Las ganas de hacer volar una flecha y estar trepado como un mono arriba de una planta, habían ganado!

El lugar más concurrido por los chanchos, lo compartiríamos con un amigo, que por cierto es el dueño del campo, quien se ocupa personalmente de recorrer y estudiar el movimiento de los animales, como también de mantener los cebaderos. Él se apostaría con el rifle a unos 70 m del charco, a esperar un padrillo que hacía tiempo seguía.

 Yo, en cambio, me subiría a un gran caldén, desde donde tenía un tiro de no más de 25 m para mi arco.

Aunque antes de partir cada uno a su lugar, me dirigió unas palabras…

-Si me matás con “la honda” el padrillo que está entrando, yo te bajo del árbol como a una cotorra-.

-Quedate tranquilo, voy por algún lechón para la parrilla o una chancha gorda. Le dije. –

La idea era que yo metiera flecha primero, ya que la cachorrada bajaba temprano, y después él quedaba a la espera del padrillo que bajaba más tarde.

¡19 hs en punto y yo sentado en un gajo del caldén, sin siquiera un respaldo… más incómodo que nunca, pero firme en la espera! Las horas pasaban y la lechonada brillaba por su ausencia. De pronto un ruido detrás de mí me alertó, lo primero que pensé es que eran los cachorros, tomé los binoculares, y no, no eran ellos… era el semejante padrillo “de mi amigo”, quien venteaba detrás del alambre verificando que esté todo bien. Petrificado sobre el árbol y con mi arco colgado de una rama, solo podía mirarlo, pero tampoco podría realizar movimiento alguno, porque de seguro me escucharía. De pronto cruzó el alambre y se mandó de cabeza al agua, en ese momento fue que aproveché para tomar el arco. No era mi chancho, pero por las dudas… siempre es mejor que el indio esté preparado…

El chancho hacía de las suyas y mi amigo, ni siquiera enterado, su mal ángulo no le permitía verlo. ¿Ahora vendría el dilema…? ¿Le tiro al padrillo de mi amigo? No podía hacer algo así, primero por una cuestión de lealtad y segundo porque me mataría.

Puse gatillo y seguí esperando; el animal tomó agua, se bañó y ya no tenía mucho más por hacer, seguro en cualquier momento desaparecía tal como había llegado.

Reconozco que mi amigo no falla tiro, pero este nunca llegaba, signo claro de que no lo veía. Y me decidí…

Mientras el animal caminaba en el agua, aproveché el poco ruido que hacía y ya con el pin iluminado, abrí el arco. Cargaba una flecha FMJ 300 con una punta Slick de 125 grs que solté cuando la tuve en el instante y lugar indicado. El chancho salió claramente tocado, (hasta pude sentir como se desinflaba) atropellando el alambre como una topadora.

Veo señas de luces desde donde estaba apostado mi compañero, había escuchado el ruido del animal en su huida y venía hacia donde yo estaba. Pensé – este me caga a pedos mal- pero la cagada ya estaba hecha… ahora venía la parte difícil, contarle que le había embocado al que seguro era su padrillo y aguantarme todas sus puteadas, aunque solo me dijo:

-Ruso culiao… me cazaste nomás el padrillo con la honda… y nos reímos por un rato.

Alfonso, su perro, una máquina incansable de rastrear, nos ayudó a dar con él. Fue una alegría inmensa la que sentí cuando lo encontramos y la que siento al recordar el momento, ya que ha sido el jabalí más grande que he cazado con arco.

Los costillares bien adobados, acompañados con unos buenos vinos, ayudaron a suavizar (un poco) la calentura de mi amigo, aunque nunca más me permitió quedarme apostado solo con “la honda” y hasta creo que me corto la rama del caldén, para que ahí, nunca más me vuelva a apostar.

Fin!

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