La osamenta

Hacía solo meses que había comenzado a frecuentar un campo en la localidad de Tunuyán, Mendoza, y no paraba de darnos sorpresas. En luna llena del mes anterior, logré cazar un gran padrillo que me venía bailando hasta que le gané la partida; aunque nuestro mayor asombro nos lo llevamos con Nico, mi tocayo, amigo y compañero de cacerías, cuando volvimos a los pocos días a revisar una cámara trampa que habíamos puesto. Ahora dos bestias descomunales, inclusive más grande del que ya había cazado, se paseaban airosas…

Mi compañero, por motivos laborales no podía acompañarme a cebar los charcos, pero era su turno de cazar y yo asumí la tarea. Comencé por la represa donde teníamos la cámara y ya sabíamos que andaban, dejé un poco de maíz podrido y me fui a revisar otra al fondo del campo, donde nunca nos habíamos apostado. Había una osamenta de hacía algunos días que notablemente ya habían comenzado a comer los chanchos, pero era un guadal de tierra muy suelta y pisoteada por las vacas, que no me dejó ver en detalles y sacar conclusiones de lo que vuelteaba por el lugar.

Con la luna saliendo tarde, igual fuimos a probar suerte, en el viaje resolvimos apostarnos juntos, pero cuando llegamos volvimos todo atrás y nos separamos. Mi compañero se quedaría en la represa que teníamos cebada y marcada con la cámara y yo me iría a la osamenta, asegurándole que solo tiraría si entraba algo relativamente bueno, ya que la prioridad la tenía él.

Eran las 6:30 de la tarde, escondí la camioneta lo más lejos que pude, tomé mi mochila, la silla, el Ruger n.º 1, la linterna y, a la vieja escuela, fui a buscar donde apostarme. Considerando y rogando que el viento, que hasta el momento provenía del Norte, cambiara y me diera en la cara, me escondí entre dos grandes jarillas, justo enfrente de la osamenta. Mi visión no era la mejor, pero era lo que había… Veía con claridad mi objetivo, pero no mucho más, ya que el monte no me permitía ver hacia los costados.


Aúncon luz, solo vi bajar al agua algunos patos maiceros y un zorro que se acercó a la osamenta a ver qué podía garronear, nada más… Se hicieron las 8:30 pm y el viento, tal como creía, cambió, se puso Sureste, me venía al pelo para cazar, aunque me estaba matando lo helado que se sentía. Mientras me tiraba el poncho en las piernas, una vaca entró por la tranquera y muy tranquila se puso a tomar agua a no más de 5 metros de donde yo estaba, lo que me decía que mi escondite funcionaba. Pasó cerca de media hora cuando escuché a lo lejos un tropel de animales, que supuse y definitivamente eran vacas que venían a la represa. En el mismo instante escuché un animal caminando en el agua, no podía verlo porque estaba tapado por el monte, pero vaca no era, la puerta de la tranquera estaba en la otra punta, y ningún otro animal había entrado y menos pasado para ese lado.


Las vacas y el padrillo entraban y se cruzaban al mismo tiempo, no lo podía creer. Las vacas se pararon a tomar agua en el mismo lugar que la anterior, justo frente a mí, tapándomela osamenta hacia donde se dirigía el padrillo. Con los prismáticos solo podía ver la mitad del chancho por sobre el lomo de una de las vacas y me pareció ser solo un padrillito mediano, por lo que no tiraría.

En un momento las vacas se abrieron y pese a que no había nada de luna, con el fondo de la tierra tan blanca del bordo de la represa, lo podía ver perfecto. Dejé los prismáticos lentamente y agarré el rifle, lo vi por la mira, estaba de costado comiendo, era una postal. Lo veía tan bien, que decidí no prender la linterna, estaba muy seguro que lo embocaba, veía perfecto su paleta, por lo que respiré y de poco fui soltando el disparo que me iba a dar la sorpresa de mi vida.

Después del estruendo del 300 Weatherby, quedé descolocado, entre gritos de teros que se volaban y vacas que corrían espantadas, no pude ver hacia dónde salió el padrillo, pero sabía que estaba bien pegado. Espere unos segundos para tratar de escuchar algún quejido o alguna rama partirse, pero nada…

Me levanté a los 5 minutos a revisar el lugar donde tiré, no había una gota de sangre, pero vi la arrancada del padrillo que iba hacia la costa del alambre que estaba detrás de la osamenta; seguí los rastros hasta que vi un poquito de sangre, crucé el alambre y a unos 20 metros estaba tirado en un claro. Cuando llegué a su lado vi los colmillos afuera que brillaban como dagas, no podía creerlo. Era el más grande que había cazado en mi vida, en 20 años de cacería nunca me había encontrado algo igual. Era el padrillo de mi vida, se veía muy sano, no le vi cortes de peleas, tenía los colmillos sanos de los dos lados, de lo que, si estaba seguro de que era un chancho viejo por su tamaño y sus patas, los pichicos medían 5 cm. aproximadamente, algo que jamás tampoco había visto, por lo menos yo.

¡Lo más grato de todo fue apostarme solo, con mi fusil y la linterna, como en mis primeros días de cacería, sin conocer el lugar y mucho menos que encontraría el padrillo de mi vida!

Nicolás Pereira

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