Mi amigo Martín Navarro me invitó a cazar ciervos axis en la localidad de Sauce, provincia de Corrientes, a lo que, por supuesto, respondí que sí.
Pasó a buscarme a las 6:00 a.m., tal como habíamos acordado. Yo ya tenía todo mi equipo preparado desde mucho antes, porque (como a muchos nos pasa) apenas pude pegar un ojo en toda la noche, por la ansiedad que estas salidas me generan. Creo que Martín no alcanzó a parar la camioneta cuando ya había cargado todo y estaba sentado a su lado.
—¿Preparo el mate? —Le pregunté.
—¡Daleee! —Me respondió.
Mate en mano, partimos desde mi pueblo, Baradero, en la provincia de Buenos Aires, con rumbo a Rosario, para cruzar por el túnel subfluvial y llegar a la ciudad de Paraná, en la provincia de Entre Ríos. Desde allí tomamos la ruta 12 hasta la localidad de Cerrito, donde compramos algunos víveres que nos faltaban. Luego seguimos hasta La Paz, para tomar la ruta 1 y, finalmente, la 28, que nos llevaría a nuestro destino.
Al llegar al campo, nos recibió Daniel, un gran amigo de Martín, que al verse se entrelazaron en un afectuoso abrazo.
—¿Cómo andás, viejo querido? ¡Tanto tiempo!
—Bien, ¿y vos Martín? — le respondió.
—¡Todo bien! —contestó mi amigo, sonriendo.
Lo saludé con un apretón de manos y nos invitó a pasar a su casa.
—¿Comieron? — preguntó Daniel.
—¡No! — respondió Martín.
—¡Siéntense! Mi señora está haciendo unos tallarines que le salen espectaculares.
Fui hasta la camioneta por pan y bebidas para compartir con ellos esa grata y cálida invitación que la gente de campo sabe brindar. Charlábamos de todo un poco, aunque todos entenderán que la pregunta debía venir…
—¿Andan ciervos? — tiró Martín.
—Sí — contestó nuestro anfitrión— Agarré uno con los perros el otro día. ¡No me vas a creer! —Y enseguida nos contó la historia de su cacería a caballo, con perro, lazo y cuchillo.
—¡Me estás jodiendo! — exclamó Martín, sorprendido.
—¡De verdad! —le dijo Daniel— Ahora te voy a mostrar el trofeo, lo tengo en el galpón.
Terminamos de comer, ayudamos a levantar la mesa y fuimos a ver el ciervo que Daniel había cazado. Más entusiasmados que nunca, descargamos nuestro equipaje en una habitación que amablemente nos ofrecieron y nos acomodamos para dormir una siesta.
Al levantarnos, tomamos unos mates mientras nos cambiábamos, cargamos los equipos y partimos al campo. Caminamos un buen tramo hasta llegar a un gran arroyo que debíamos cruzar. No era sencillo…porque, aunque no tenía mucha corriente, medía casi 30 metros de ancho. En la orilla, como si la hubieran dejado para nosotros, había una pequeña canoa con un botador (una caña larga para empujar la embarcación).
Nos miramos con Martín y me preguntó:
—¿Vos sabés usar esa porquería?
—¡Sí! —le dije, recordando por un instante las aventuras en la isla de Baradero con mi amigo el Murdok.
Ya del otro lado, caminamos unos 30 minutos, cuando de pronto Martín se detuvo.
—¡Acá nos vamos a separar! —me dijo.
—¡Ok! —respondí.
Y comenzó a dibujar en la tierra un “mapa” del campo para explicarme en que aérea cazaríamos cada uno, junto con algunos detalles para que pueda orientarme.
Avancé hasta encontrarme con un bañado que dudé un instante entre rodearlo o cruzarlo, pero me decidí por lo segundo. Con el agua hasta la rodilla y agarrado de un alambrado que separaba los cuadros, lo crucé.
Noté que hacia mi derecha el monte se abría, ofreciéndome una mejor visión. Me pareció una buena señal, así que avancé en esa dirección. Unos metros más adelante encontré un claro y me escondí sentado en el suelo a esperar.
La tarde caía rápidamente por lo que después de unos treinta minutos, como no vi ni escuché nada, comencé nuevamente a caminar muy despacio y atento. Habré recorrido un kilómetro cuando encontré otro claro muy lindo en el monte y pensé: ¡Qué hermoso lugar para que aparezca mi ciervo!
No pasaron más de cinco minutos y lo escuché bramar a no más de 500 metros. ¡Ahora sí!, me dije, y agazapado como una fiera empecé a buscar patitas, entre los huecos de la vegetación.
Al instante comenzó el desfile. Busqué apoyo para el rifle y empecé a contar: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… y seguían saliendo hembras, pero el macho no aparecía. Sin querer comenzaron a rodearme. Aunque no me venteaban, sentían mi presencia, emitiendo sus característicos gritos y mirando directo hacia donde yo estaba.
Más quieto que nunca, mientras rezaba para que no se espantaran, una nube cargada de mosquitos comenzó a picarme en todos los rincones que se puedan imaginar.
Aguantá – aguantá que ya viene, me repetía.
Y entonces, por fin apareció. Caminaba lento, siguiendo el recorrido de las hembras, moviendo la cabeza de lado a lado. Yo lo seguía con la mira, esperando que me diera un blanco limpio. Fueron segundos que parecían horas… y cuando creí que saldría a un claro, pegó la vuelta por el mismo lugar por donde había venido. Pero regresó y, esta vez, avanzó directo hacia donde yo lo esperaba.
Paso entre las hembras y, cuando solo y lo tuve en el blanco: ¡Pum!
Se hizo un silencio ensordecedor, aunque seguido de inmediato por el tropel de ciervos corriendo en todas direcciones. Fue entonces cuando noté lo oscuro que ya estaba. Encendí la linterna y alumbré hacia donde había salido mi ciervo, pero solo alcancé a ver algunas hembras perdiéndose en la oscuridad.
Antes de comenzar la búsqueda, marqué el lugar del disparo con un trozo de papel higiénico, ya que no había llevado el GPS. Linterna va, linterna viene… pero nada. Busqué en un radio de 50 metros y no encontré rastro alguno.
¡Mañana lo busco de día!, pensé, y regresé al punto donde debía encontrarme con Martín.
Esa noche comimos un asado espectacular, pero mi cabeza ya estaba en la mañana siguiente. Le conté a Daniel lo sucedido y le pedí permiso para llevar sus perros. Me dijo que no había problema, aunque me aclaró que no estaban acostumbrados a buscar animales muertos.
A las 4:30 a.m. ya estaba despierto.
—¿Vamos? —le dije a Martín.
—¡Bueno! —me contestó.
Fuimos caminando hasta el arroyo, cargamos a los perros en el bote y cruzamos nuevamente. Pasamos el bañado, encontramos el papel higiénico que había dejado como marca y comenzamos la búsqueda. Soltamos y chumbamos a los perros, pero solo nos miraban sin entender la tarea…
—¡Vos agarrá para allá y yo para acá! —le dije a Martín.
—¡Listo! — respondió.
Pasó cerca de media hora cuando lo escuché gritar:
—¡Acá!
Fui directo hacia donde lo escuché a Martín llamarme y ahí estaba… tendido sobre la tierra húmeda, el viejo axis yacía en silencio, imponente incluso en su último descanso.
Me quedé unos segundos mirándolo en silencio, sintiendo esa mezcla de respeto y satisfacción que solo entiende quien caza. Después de eso vinieron los abrazos y las fotos con mi compañero y buen amigo Martín.

Nazareno Botheatoz
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