En el mes de marzo, iniciando el otoño, La Pampa regala un espectáculo único, indescriptible y añorado por todos los cazadores “La Brama del Ciervo Rojo”.
Seis días tirados en el monte, con esos permisos de puestero que si te veo no te conozco. Calor, frío, lluvia, administrando el agua y la comida, como mejor podíamos… Penurias que no son tales a la hora de cazar.
Esa tarde, la última, salimos con Pato (mi compañero) a jugarnos la última carta, ya que al día siguiente deberíamos volver. ¡Fresquito, lindo para patear; cosa que no hicimos mucho hasta que escuchamos un ronquido corto y grueso, nos miramos y de inmediato Pato prende su encendedor para ver la dirección del viento, estaba a nuestro favor!
Otro bramido corto, Pato se queda, ubico la dirección y corto monte a paso ligero, aprovecho una senda de hacienda que es de arena y así evitó hacer ruido. Llego a un caldén grande, me agacho y espero.
Ahí viene, va a pasar por delante de mí y a no más de 40 metros, camina tranquilo, en cambio, yo no puedo ni mantenerme de pie; busco un claro y apunto (los segundos son eternos), lo tengo… Brama largo estirando el cogote llevando la cornamenta para atrás, como tocándose el lomo con ella. Pum… el monte se calla, le di, el .30-06 lo afloja de manos, con cabeza en tierra se quiere incorporar y no puede, está herido de muerte, cayó de costado. Rápido corro hacia él, cuchillo en mano para remate, veloz entra, sale y me alejo.
Lo miro, es hermoso, me pican los ojos, un tembleque me sube y llega a las manos, apretó el cuchillo, queriendo controlar la emoción.
Da un último respiró, el monte se enciende de nuevo, me quedo parado sin reaccionar, solo lo miro, es mi primer ciervo, es hermoso.

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