Llanto por dos Amigos

Por  Javier Ventero

Con lágrimas en los ojos y tristeza en el corazón, me estoy ajustando mi viejo cuchillo de lengua de vaca, ese viejo conocido que redoblaba vuestro ánimo cuando prendidos de una presa lo veíais relucir fuera de su vaina. Desgraciadamente él tampoco puede hacer ya nada por vosotros, vuestro enemigo ha sido demasiado poderoso para todos nosotros.
Llevo mis raídos pantalones del ejército, esos que tanto os gusta oler, pues tienen sangre reseca de mis batallas, las botas son las de siempre, viejas y despellejadas, medio pasadas de tanto pisar agua y mojarse con la escarcha y el rocío. Son tantas madrugadas que hemos pasado juntos siendo felices en el monte, haciendo eso que más nos gustaba y nos unía, eso que nos hacía colegas inseparables «la caza». Como puede nadie entender el cariño y la ternura de un cazador por sus perros punteros si no siente la caza y todo lo que ello significa. Como podría un ciego de nacimiento describir los colores.
Me he vestido para vosotros, como si fuésemos de caza, sé de la alegría que verme así os produce, aunque casi no podéis andar, me habéis recibido con ladridos de alegría moviendo vuestras colas y mirándome con esa complicidad que un buen dueño entiende, soñáis con el preludio de un día de caza. Casi no puedo tragar saliva, os veo tan mal y tan vulnerables, que me parece mentira que seáis los mismos que tiempo atrás os prendisteis del berraco canoso y cojo en el cerro de las yeguas, aquel que le mató cinco podencos al Braulio, ese que al fin conseguimos joder, pero que te medio reventó contra un chupón de roble, a ti, mi querido «Rebenque», mi querido y valiente perro. Y qué decir de ti «Yuvia», hija de un mito, brava y preciosa, a veces he pensado que el standar lo redactaron mirándote. Como me hiciste presumir en las pistas, y que seguro entraba a los cochinos cuando tú estabas prendida. Mordida en tenaza, aunque como decía Ángel tu veterinario y mi amigo, tenaza sí, pero hidráulica.
Hoy os veo felices, enfermos pero felices, os debo tantos amaneceres como el de hoy, habéis desayunado pollo, bien picadito como os gusta, y mucho, hasta que no habéis podido comer más, luego un enorme paquete de galletas de chocolate para cada uno, y mi cariño en forma de caricias, apretones y palabras bajitas, hemos jugado, pero vosotros ya no podéis correr.
Os he cogido en brazos para que pudieseis subir al remolque, no sabéis que es vuestro último viaje, me duele la cabeza de no dormir y tengo los ojos hinchados de llorar, no puedo tragar saliva y el nudo de mi garganta solo hace que solloce como un niño. Creo que si no lo hiciese, no podría respirar.
Hemos llegado, en la puerta, me espera mi buen amigo Juan Antonio, viejo perrero empleado del albergue – residencia en cuyo osario reposarán mis perros del alma. Me da un abrazo y me dice, «no te preocupes, yo lo haré», pero no, es lo último que puedo hacer por ellos, fueron mi responsabilidad en vida, mi satisfacción y mi disfrute, y también lo es su partida, lo único que puedo regalarles es dignidad para morir.
En el bolsillo del pantalón de faena, como habría dicho «El Peli» viejo amigo de la infancia al que mataron las drogas, llevo «dos tibias cobras de veneno breve» mis perros están cansados, pero tranquilos, están con su amigo, no tienen miedo, soy de su clan, soy el líder, reciben el pinchazo mirándome complacientes, que es eso comparado con las cicatrices que les adornan. Despacito, se van quedando dormidos, relajados, tranquilos, han dejado la vida plácidamente.
Mientras lloro amargamente acuden a mi mente los recuerdos de una tarde de invierno de hace ya muchos años en la que hice novillos, y refugiándome del frío, entré en unos grandes almacenes, donde encontré un libro pequeño, viejo y sobado, el perro de la portada, ese sería mi perro.
Una mano sobre mi hombro, me saca de mis pensamientos, es Juan Antonio. Le has echao cojones chaval, coge una carretilla y tus animales y vamos para arriba, tú eres un buey, y los perros de los bueyes tienen cementerio propio. Esa zanja es para los pobres perros de los golondrinos.

Mientras empujo la carretilla por una empinada cuesta, hacia una pequeña meseta, al borde de un enorme cortado de la finca desde donde se divisa un amplio horizonte con la sierra al fondo, me limpio una mezcla de lágrimas, sudor y mocos usando la manga de la camisa, como cuando era pequeño, y le pregunto, ¿Juan que es un buey?.
Un buey, es una persona tan fiel para sus animales como estos lo son para ella, nunca les traiciona, nunca les abandona, ni en los peores momentos, ya que ellos nunca lo harían.
Los golondrinos, llegan llorando a la puerta del albergue, me piden que haga con sus queridos animales eso que tu no me has dejado hacer con los tuyos por querer hacerlo tú mismo, sus lágrimas desaparecen con su problema, tal vez sus animales sean más felices en la zanja que viviendo a su lado.
Me preparo para cavar un hoyo en el suelo mientras apuro un cigarro, el primero después de doce años, Juan me dice, empieza aquí, al lado de mi «currete», era un mil leches de color canelo que me encontré vagando por la carretera, pero coño, que bien cazaba los conejos.
Mientras me lo está diciendo, le noto la voz entrecortada y un brillo húmedo en sus ojos, tira el pico al suelo y me da la espalda, se queda callado mirando a la sierra, mientras, le golpeo por detrás, terminemos con esto, tengo que dar de comer a mi cachorra, se llama «chatarra» y es nieta de REBENQUE, además tengo que sacar un rato a «La Puñales» que es su hija, y va preñada, y que coño Juan, no vamos a seguir llorando, que «MAS VALE UN BUEY QUE CIEN GOLONDRINAS».

JAVIER VENTERO.
El GRAN EMBAJADOR DEL DOGO ARGENTINO EN EUROPA. 

Lo sentimos, no puede copiar el contenido de esta página.

Abrir chat