Los Dogos de Biló

Por  Agustín Nores Martínez

Hace varios años recibí una carta en la que Sr. Amadeo Biló (hijo) después de expresarme su entusiasmo por caza mayor, especialmente la caza del jabalí, se interesaba por los dogos argentinos y me pedía como criador de la raza le proveyera de una pareja de ellos. Me expresaba sus experiencias con diversas razas de presa, sus frustraciones y su interés en probar nuestros dogos de los cuales había escuchado informaciones en diversos lugares. Después de cambiar algunas cartas, hicimos un viaje desde Esquel en compañía de un amigo estanciero de Chubut y entusiasta cazador de jabalíes con dogos, Don Elías Owen, hasta la chacra de Biló, en Allen, en Rio Negro, y junto con él fui a la estancia Negro Muerto de los doctores Galli, donde una tarde mis dogos Kob, Chicha, Uturunco y Lanín de Owen, dieron caza a ocho jabalíes de los cuales cuatro puros, dos mezclados y dos overos, pero con una trompa tan larga o más que los puros y mestizos. Fue la primera vez que vi a los descendientes del cerdo doméstico que en veinte o treinta generaciones de vida salvaje han adquirido todo el soma del jabalí europeo -sus escrofa- del cual desciende. Es el resultado de la gimnasia funcional, la adaptación al medio. La trompa alargada y fortificada al osar en terreno duro. La función que hace al órgano.
En su lucha con los dogos y en la forma en que defienden su vida no le van en zaga al más valiente berraco cordillerano. Desde aquel día quedó el Sr. Biló enamorado de los dogos. Al poco tiempo pudimos enviarle desde el sur a sus primeros ejemplares Day de Trevelin y Dele de Owen, dos cachorros hijos de una doga mía que murió en su ley -Cholila, y de Uturunco, uno de los más valiente perros de Owen, que todavía a los seis años y con más cicatrices que un viejo Samurai continúa parando jabalíes en la cordillera austral. Posteriormente le hicimos llegar, siempre por supuesto en calidad de obsequio, varios dogos, entre ellos Lenga, hija de mi Kob, y Chicha, Luz por Chita y Alicacha, también de mi criadero, Pampa por King y Leubuc, cedidas por el entusiasta criador de dogos y cazador de La Pampa , don Jesús Lopez de Avechucho y algunos otros cachorros más. Con este plantel inició Biló su criadero habiendo podido constatar a la fecha en que escribo estas líneas –enero de 1965- la existencia de 44 dogos adultos en el criadero de Biló, número y calidad que da una idea del entusiasmo de su propietario, pues los sacrificios que significa la manutención y cuidado de tantos dogos y de algunos boxer y pointers es muy grande ya que el valle del Río Negro no es una zona ganadera por lo que resulta cuantiosa la suma para mantenerlos y cuidarlos. Valga que don Amadeo Biló (hijo) cuenta con una linda y joven esposa que vela por los cuarenta y cuatro dogos con tanto amor, celo y empeño como el que pone al cuidado de sus hijitos. Bien, desde aquel lejano día de la cacería en la estancia de Negro Muerto hasta ahora, no había cazado más con Biló, pero en cambio había leído muchos artículos suyos en Diana, y en varios periódicos de la capital, y en Río Negro numerosos comentarios de la actuación exitosa de sus dogos. Puedo confesar ahora sin hesitaciones que ya estaba un poco saturado de dogos. Parecía después de leer tantos artículos referentes a ellos que los únicos perros del mundo que podían cazar jabalíes eran los dogos y entre estos, los de Biló.
Ello me trae a la memoria lo que me ocurrió hace muchos años viajando a Japón en un barco japonés, con el Fuyi Yama. Ese hermoso volcán lo veía dibujado en las paredes y el cielorraso del barco, en los libros y revistas de a bordo, en los menú de almuerzo y cena, en la pileta de natación y gimnasio, etc. Cuando después de tan largo viaje llegué a Japón ya estaba saturado de Monte Fuji y al desembarcar en el puerto de Yokohama no quería mirar hacia arriba para no encontrarme con el volcán cuya presencia a mi alrededor durante todo el viaje me había abrumado persiguiéndome como una constante, y excediendo mi espiritual receptibilidad de paisajes. Pero recién cuando vi de cerca al volcán sagrado admiré la belleza de su forma de cono truncado, penetrando en la limpidez del cielo azul japonés, entre árboles milenarios, criptometrías gigantes, de coralino tronco, crisantemos, jardines diminutos, la bonhomía de estatuas del Buda y templos Shintoístas alternando con estanques como espejo y flores de loto, recién comprendí la razón de esa proliferación de retratos y dibujos que son como el común denominador del arte japonés. Ante la realidad de su belleza me reconcilié con el Fuji Yama y conservé por vida un dulce recuerdo de sus formas que tanto se asemejan a las de nuestro querido Lanín. Fue recién en presencia del Fuji Yama que comprendí el porqué de la adoración de los japoneses por su volcán.
He traído a colación esta lejana experiencia de mi vida porque con los dogos de Biló me acaba de ocurrir lo mismo. Recién ahora, al verlos trabajar dirigidos por él en la espesura del bosque y de sol a sol, he podido comprobar lo que ellos valen y el porqué de ese tremendo entusiasmo con que este “white-Hunter” argentino escribe y habla de sus nobles dogos. Invitado por Biló vengo a concurrir a una cacería en que sus dogos dieron caza a un hermoso ejemplar de jabalí en las márgenes del Río Negro. He asistido y dirigido muchas cacerías de jabalíes en el sur argentino con dogos. Esta heredada pasión que llevo en las venas y que me ha de acompañar mientras mis fuerzas no flaqueen, me ha dado una experiencia grande porque las circunstancias de la vida me permitieron habitar en lugares de mucha caza. Pero esa misma experiencia me ha hecho filósofo del fracaso y me ha enseñado que no obstante los mejores perros y los mejores campos de caza, son muchas las veces en que uno regresa sin el jabalí o el puma. Pero yo entiendo que la caza mayor es para darse como dice Ortega y Gasset “un baño de humanidad” después de haberse deshumanizado en el trajín ciudadano. Es un escapar a los códigos, a la oficina, al hospital, al pupitre o a la fábrica para regresar al trabajo con más energía y cumplir alegremente y con optimismo con el imperativo del “primum vivere”. Es la filosofía de aquel inglés que al salir un sábado a pescar y recibir un telegrama en que se le anunciaba el incendio de su fábrica, dijo flemáticamente: “¡Qué disgusto voy a tener el lunes!”
Así entiendo yo la cacería. Así aprendí a no ponerme nervioso cuando el jabalí triunfa en la huida y a regresar feliz a mi hogar pensando que en la caza como en la guerra son usos de ella vencer y ser vencido. Pero don Biló no admite fracasos. Él sale a cazar jabalíes o pumas y tiene que volver con la presa. Le entra una especie de desesperación, una psicosis de cazador frustrado si el pobre jabalí consigue escapar.
Y lo peor es que su hábitat de caza es en las márgenes de los anchurosos ríos Negro y Colorado, donde el jabalí se larga al agua y en cuanto se ve perseguido y al nadar es arrastrado varios cientos de metros a la otra orilla por lo que es muy difícil a los dogos ventearlo o tomar nuevamente el rastro. Ese mismo impulso juvenil de Biló es lo que lo lleva a exigir de sus dogos una super resistencia al cansancio, una insensibilidad increíble al dolor de las heridas y a imponerles una disciplina realmente prusiana.
Era el amanecer cuando salíamos al monte llevando seis de sus dogos, el ya famosso Day de Trevelin, Del de Owen, Lenga, y Diablo de Allen –hijo de Pampero del Dr. Arrambide- y de Lenga. Y dos cachorros que demostraron excelente predisposición para el rastreo y la lucha. Marchamos por el monte al paso natural de nuestra cabalgadura. La mañana es fresca y nada hace presentir lo duro de la jornada que deberán soportar los perros, caballos y cazadores. Biló marcha adelante atento a los dogos que van venteando alto, y recorriendo el campo a ambos lados en el febril galopar de pointers.
De pronto sentimos un tropel en la espesura y un arremolinarse de perros que parece una hélice blanca dando vueltas en torno a un eje gris y peludo. Es un pobre zorro gris que se le cruzó en el camino, escapó de uno pero cayó en las fauces del otro dogo y al prenderse varios de él, reiteró como protagonista el suplicio de Atahualpa. Solamente que mucho más humano pues su muerte fue instantánea. Así ocurrió dos veces más con dos grandes peludos que abundan en esos montes.
El día avanza. El calor de enero se hace sentir en toda su intensidad, son más de las cuatro de la tarde, pero Biló fuera de una breve parada en que bajamos al río a dar agua a perros y caballos, no ha cesado un minuto de ordenar a sus dogos batir el campo en todas direcciones. Es increíble la resistencia de sus perros al calor, la dureza del suelo, las terribles espinas especialmente de “alpataco” que parecen tridentes de gladiadores romanos por las formas en que penetran en las carnes de perros, caballos y cazadores. Las cabalgaduras dan ya señales de cansancio. Nosotros a pesar de lo curtido que estamos a estos trances sentimos ya la necesidad de bajarnos a comer algo y estirar las piernas, pero Biló continúa animando a sus dogos que le responden en forma admirable. Pasan dos, tres horas más y no hay señales del jabalí. Son como las ocho de la tarde, el sol está bajando y se pierde entre las copas de los árboles, el día toda a su fin. De repente uno de los dogos que desde minutos antes se lo veía excitado y marchando cara al viento con nerviosidad parte como un rayo seguido a los talones por los otros perros y tras la jauría, partimos nosotros.
Fue aquella una carrera de locos más que de cazadores porque una contagiosa demencia de velocidad y ceguera de peligros se apoderó de los dogos, de Biló, de los caballos y de nosotros que en la espesura del bosque saltando matas, encogiéndonos para evitar que las ramas nos desmontaran, culebreando como reptiles, castigando a los nobles brutos para que no cesaran en su carrera, evitando obstáculos, subiendo y bajando depresiones del terreno, saltando zanjas y troncos caídos y haciendo mil piruetas para evitar las rodadas continuamos algunos minutos de frenética carrera, hasta que la espesura nos impidió continuar y hubimos de desmontar para seguir a pie a ese “Nemrod” del siglo veinte don Amadeo Biló (h.) que recordando sus tiempos de campeón de deportes pedestres, corría contra el cronómetro en una singular maratón tras los dogos. Sus treinta años pudieron más que cincuenta y cinco y pronto apenas si escuchaba sus gritos animando sus dogos. De repente todo fue silencio y al continuar corriendo por la espesura se abrió el paisaje y me encontré de pronto con el río que a esa altura debe tener unos mil metros de ancho. Como a cincuenta metros de la costa puede presentar una escena realmente dantesca e inolvidable, de esas que la patina del tiempo no puede borrar de nuestra memoria. El jabalí se había tirando al río en su intento de cruzarlo, pero cuatro dogos ya le habían dado alcance y comenzó allí una lucha espectacular. A veces los cuatro perros desaparecían en la corriente arrastrando tras de sí al enorme jabalí, otras veces era éste el que aparecía en la superficie y así o alternativamente uno o más dogos quedaban bajo el agua pero ninguno de ellos aflojaba su presa. Al fin la enorme bestia optó por regresar a la costa arrastrando consigo a los cuatro perros que continuaban rendidos de la cabeza y el lomo, únicas partes de su cuerpo que superaban la línea de flotación.
En cuanto el jabalí llegó a unos diez metros de la costa y pudo hacer pie en el barro, comenzó a atacar con denuedo, sumergiendo entre el limo a los que tenía prendido de las orejas y clavándoles por repetidas veces sus afilados colmillos que como dagas de marfil penetraban en la sufrida piel de los dogos. Una vez más podía ser testigo de ese nobilísimo espectáculo de la selva que es la lucha de jabalíes y dogos y que tanto nos apasiona a los discípulos de San Huberto. Los perros con su manto blanco pero cubierto de barro ora volando por el aire, ora aplastados contra el agua, el limo o el suelo y siempre adheridos como tenazas a la cabeza del jabalí. Otros dos se habían prendido de los cuartos traseros y los dos cachorros haciendo sus primeras armas mordían donde podían. Unos minutos más y no teniendo interés en conservar el trofeo vivo pues sin duda no resistía tan largo viaje a caballo con tanto calor, y tantas heridas, Biló en rápida acción de “homicidio piadoso” dio cuenta con su cuchillo de monte del hermoso ejemplar de buen colmillo, de pura raza y de unos cien kilos de peso. Después lo de siempre, mirar detenidamente las heridas de los dogos para suturar las que fuera necesario, despanzar el jabalí y cargarlo en uno de los caballos para regresar a la estancia con el preciado trofeo, los dogos cansados y heridos, los caballos jadeantes pero alegre de volver a la querencia y nosotros con ese aire de “Ritorno Vincitori” con que regresamos cuando la cacería fue exitosa.
Todo el tiempo de la recorrida por el monte como la corrida final, viendo la forma extraordinaria con que Biló maneja sus dogos, la disciplina que les ha impuesto, el valor y decisión con la que luchan “to an end”, su aguante para galopar horas y horas en el calcinado suelo de dunas, médanos, campos de espina, montes y salitrales, la maravillosa máquina de sus armoniosos cuerpos que galopan saltando con inusitada agilidad por sobre los obstáculos naturales del terreno, su resolución de tirarse al río correntoso sin titubeos y pelear en medio de la corriente. Viendo y constatando todo esto me ha ocurrido como ante la visión del monte Fuji japonés: me he reconciliado con los dogos de Biló y he comprendido el porqué de su apasionamiento, el entusiasmo con que habla y escribe de sus dogos y confieso que desde lo más íntimo del alma he sentido una gran satisfacción como creador de esta nueva raza de perros de caza al ver la forma en que ellos cuando son dirigidos con inteligencia y dedicación cumplen la función para que fueron creados.
Y he pensado cómo a veces en las cosas intrascendentes de la vida podemos encontrar momentos de satisfacción y felicidad cuando se llega a la meta soñada y he meditado en aquella frase de Víctor Hugo cuando dijo que “en la vida debemos aprender a cumplir con grandeza nuestra humilde misión…”

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