Un gran amigo al que conocí hace años cazando en el exterior, me invita a ir por un Maral a la histórica región de Asia Central – “Turquestán”- más precisamente a Kazakstán. ¿Quién podría resistirse…?
Los Marales, al igual que los ciervos paleárticos, tiene su celo entrando el otoño, con la salvedad que esta estación en el hemisferio norte, comienza en setiembre. Como no faltaba mucho de a poco empecé a organizarme para poder llegar bien a gran viaje y de los que no se hacen todos los días…
Lo primero que hice fue comprar el pasaje con destino a Almaty, capital de Kazakstán y lo siguiente fue comenzar a pensar y preparar el equipo que llevaría, “algo que me apasiona”, ya que cada país o destino de caza, tienen sus particularidades y por ende requiere cuestiones específicas.
Previa escala en Estambul, llego a Almaty por la tarde, descansando esa noche en un hotel de la ciudad, para al otro día partir hacia el área de caza.
A la mañana siguiente, pasó gente de la organización por mí y emprendimos un viaje de 7 hs, hasta un pequeño poblado con no más de 30 casas, donde lo primero que hicimos fue hospedarnos, luego cenamos y a descansar, aunque apenas fueron solo unas horas, ya que el despertador sonó a las tres de la mañana y después de un ligero té con galletitas, nos subimos a una camioneta rusa con destino al campamento base, por unas interminables 10 hs más de viaje a puro 4×4 por un desdibujado camino de montaña, rodeados de pinares, cortado por ríos y arroyos que resaltaban aún más su belleza.
Llegamos a la hora del almuerzo, donde me esperaban los guías, un mongol, un chino y dos rusos… Complicado a la hora de comunicarnos, aunque hablaban un inglés, bastante entendible. Mientras almorzábamos, uno de ellos me consulta si estaba dispuesto a salir de a caballo de inmediato para hacer fly camp en las inmediaciones de la zona de caza, o si prefería descansar para reponerme de tantas horas de viaje y salir recién al otro día por la mañana. Mi desesperación por terminar de almorzar, creo que les dijo todo, había esperado por años este momento y no iba a dejar pasar un segundo más.
Cabalgamos con tres de los guías por casi dos horas, hasta llegar a unos de los valles más hermosos que he conocido en mi vida, y sobre la vera de un arroyo nos dispusimos a armar el campamento, en el interín, uno de ellos me invita a “pegar una mirada”. ¿Cómo le iba a decir que no…? 40’ de trepada hasta una de las cumbres más próximas que teníamos, para desde ahí poder observar mejor. Un macho a lo lejos repuntando sus hembras llenó el valle con su particular silbido/bramido, erizándome los pelos de la piel.
Al descender, ya estaban las carpas y la cena preparada: una sopa, té (viven tomando té) y a dormir. No dormí más de 4 hs y la ansiedad o los bramidos me despertaron. Era un concierto de largos y agudos silbidos que no me dejaron conciliar de nuevo el sueño. Miré la hora (2:30 am) y decidí salir de mi carpa, pasé por al lado de la carpa de los guías y pude oírlos como dormían plácidamente, mientras buscaba una cómoda piedra para sentarme a orillas del río a disfrutar el momento. A las 5 am oí un despertador y detrás aparecieron los guías, calentaron el agua para el desayuno (té) y salimos con rumbo a la montaña de la tarde anterior.
Mientras subíamos conté más de 10 marales distintos bramando en el valle, entre sus cañadones y laderas. Estaba ahí, donde yo quería, en un área sin tocar por el hombre, y los animales en su mejor época. Cubiertos por la vegetación, buscaba incesantemente con mis binoculares, cuando de pronto, a unos 800 m de donde estaba, comienzan a salir unas hembras a un pequeño claro. Conté pasar 6 hasta que el macho apareció y en ese mismo momento otro macho bramó desde el filo la ladera, comencé a buscarlo hasta que puede verlo, era un gran 8×7 que no se decidía bajar a pelear por las hembras. Analizamos las posibilidades de acercarnos y era demasiado extenuante, por el rodeo que debíamos dar para no ser vistos, por lo que decidimos usar los bramadores para tratar de «traerlos», pero no tuvimos suerte, solo bramaban ellos también en respuesta a nuestro llamado.
La mañana fue pasando y de a poco comenzaron a callarse y de seguro a refugiarse en sus dormideros, por lo que decidimos volver al campamento a cargar energías. La tarde transcurrió de la misma manera, muchos ciervos, pero sin poder llegarles… debíamos cambiar la estrategia.
La madrugada siguiente, salimos decididos a hacer ese extenuante rodeo que nos permitiría entrarles desde otro punto del valle. A medida que aclaraba y ganábamos la cima, un cielo cargado nos amenazaba con caérsenos encima, aunque los bramidos eran cada vez más nítidos y eso nos entusiasmaba. No pasó mucho tiempo hasta que pudimos arrimar el primero, al que dejamos pasar por ser un ejemplar joven. Salimos detrás de otro que bramaba en las inmediaciones, cuando de a poco comenzaba a nevar, pudimos llegarle y al igual que el anterior lo dejamos pasar (no era lo que buscaba).
Un muy fuerte temporal comenzó a desatarse, donde la indumentaria y el equipo de montaña que usemos nos puede salvar o nos puede hacer pasar un muy mal momento. Decidimos refugiarnos en un bosque de pinares que teníamos muy próximo hasta que aflojara. 4 hs después comenzó de a poco a mejorar el clima y me animé a salir de mi refugio a buscar con los binoculares un maral que bramaba desde la ladera opuesta a la mía. Primero logro ver sus hembras llegando al filo y de a poco desapareciendo hacia el otro lado. Detrás de las últimas hembras de la manada logro ver un 6×6, parejo y grueso, que me gustó mucho, casi al mismo instante lo ve mi guía y me dice “big Maral Gastón, big Maral” No dudé, tomé el 7mm sin siquiera poder medir con el telémetro, el Maral estaba llegando a la cima y de seguro lo perdería. Apunté al filo del lomo y disparé, escuchando claramente volar el proyectil y el impacto. El animal cayó sobre sus pasos, yo corrí hasta donde había dejado mi mochila y a fondo salí en busca de mi presa, “esa que tanto había soñado”.
Después de mil fotos, me senté a descargar tanta tensión y emociones que, sin poder contenerme, me hicieron llorar de alegría un buen rato.
Con la carne en las mochilas de ambos, decidí bajar yo la cabeza, a lo que el guía me dijo que estaba loco, que no iba a poder… Mochila, rifle y cabeza, arranque sin hacerle caso, a los 20 minutos no quería más… le pase la cabeza (que realmente pesan y mucho) y así pudimos llegar ya de noche al campamento, donde cenamos y a descansar.
Al día siguiente, luego del desayuno, me preguntaron qué quería hacer. En la zona hay muy buenos Ibex (considerados de los más grandes del mundo en su especie), pero había cazado uno el año anterior en Kyrgystan, por lo que me decidí a ir por mi segundo Maral. Los guías tomaron un mapa y después de hablar entre ellos, me mostraron la zona donde iríamos, la frontera con china, retirada a casi 10 hs de a caballo. Le pregunté ¿por qué cambiamos de zona? A lo que uno me respondió que ya habíamos sacado un buen maral en esa área y aunque podíamos seguir cazando ahí, Dios nos iba a dar uno más grande en otra zona. Lo miré y le dije – ¡yo te sigo a donde sea! –
Cabalgamos durante 5 hs por montañas casi vírgenes o muy poco concurridas por el hombre, donde pudimos observar, en más de una ocasión, esos enormes Ibex que caracterizan el lugar, incluso osos y lobos, hasta que decidimos parar a hacer noche, cenamos y fuimos inmediatamente a descansar, todavía nos faltaba el último tirón… Aclarando comenzamos nuevamente nuestra cabalgata por algo más de 4 hs hasta que llegamos a nuestro nuevo destino, armamos campamento, almorzamos y de nuevo a cazar.
Ibex en las cumbres adornaban el inmenso y hermoso valle donde estábamos. Bramidos por doquier nos hacían revisar cada rincón del bosque. Llevaba un buen rato tratando de ver un ciervo que silbaba incesantemente en la ladera del cordón montañoso que tenía a mi derecha, cuando el guía me toca el hombro y me señala con su mano frente a mí. Muy a lo lejos alcanzo a divisar un grupo de hembras moviéndose, hasta qué logro ver el macho que de a poco comienza a arrearlas, alcanzo a contar 7 puntas de un lado, pero noto lo largo que era y le digo a mi guía – “me encanta”. – A lo que me responde: ¡Es una bestia! Y comenzamos a seguirlo. Por partes y cuando la vegetación nos cubría, lo hacíamos corriendo, y en otras hasta nos tocó arrastrarnos para poder achicar distancias. Llegamos a un punto en que el cansancio se tornó agobiante, mido con telémetro (430 m) y me decido a tirar. Busqué apoyo, controlé “un poco” las pulsaciones y disparé. Lo escucho pegado y noto por sus movimientos que iba tocado, pero seguía subiendo detrás de hembras, recargo y vuelvo a disparar, caminó unos pasos y cayó… Un 7×6 (tenía roto el primer candil, por camorrero seguro…) muy largo. Cerró una cacería que de seguro es una de las más lindas de montaña. Si me toca compararla con la que hice años atrás en Estados Unidos, sin desmerecer todo lo que significa cazar estas bestias en Colorado, considero que Kazakstán es inigualable, por la mínima presión de caza que sufre, por la majestuosidad de su entorno y la calidad y cantidad de fauna.
¡Gracias a mi familia que me banca en esta pasión, uno de los motivos por cuál vivo!
Gastón Orru
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