El cuento que les voy a contar, pasó la noche del 14 de agosto del 22. Fría como el hielo, pero igual me encontró, como otras tantas, sentado en silencio, sin más testigo que la luna, mi fiel compañera (hasta ese momento) de tantas apiladas.
El lugar, la aguada de Los Parientes, donde improvisamos un apostadero arriba de un árbol con mi amigo y hermano Luisito Romero, gran cazador que no se pierde una luna en invierno o verano. Pero teníamos una contra, ninguna de las plantas de al alrededor, aguantaba el peso de un cristiano, por lo que no nos quedó otra que elegir, la única “alta” y fuerte, que por desgracia estaba mal orientada con la luna, que hasta que tomaba altura, encandilaba sobre el agua, haciendo espejo. Pero el lugar era tan rendidor, que a pesar de eso habíamos cazado buenos ejemplares. Y yo esperaba que el del hocico largo y ojitos chicos que hace rato buscaba, se acercara tarde, cuando mi fiel amiga estuviera arriba, en el medio del cielo.
Ustedes se preguntarán porque tantos sacrificios y heladas sobre el lomo, pero resulta que, desde hacía varios meses, un moro de los recién llegados, venía seguido a embarrarse, y no era uno cualquiera. La pisada era tan grande, que los pichicos quedaban a más de una cuarta atrás de la punta de sus descomunales y redondeadas pezuñas. Lo esperé, no sé cuántas veces, pero era tan zorro, que pegaba un rodeo de unos 100 m alrededor y de una u otra forma, me descubría. Lo bauticé El Patón.
Ya arriba de la planta, apoyado en un palo encajado entre dos horquetas, tenía el .308 prestado por mi querido amigo y hermano de la vida, Luisito Romero, de los pagos de Alta Gracia, Córdoba, ladero de muchas correrías que nunca echaré al olvido; que con su permiso le puse una mira que me regalara Miguel Melano, también cordobés y gran compañero. De otro gajo, al alcance de la mano, se balanceaba mi viejo prismático, añejo y desgastado por el uso, que a decir verdad, solo se ve con el lado derecho. Yo, estaba acomodado sobre unos palos cruzados entre el ramaje, bien acolchado con dos pellones de cabra, oyendo al viento del norte azotando las hojas, y el castañeteo de las wuawuachas resecas cuando caían al piso. Mientras recordaba mis comienzos detrás de los primeros jabalís que llegaron a mi provincia; de la mano de mi maestro y amigo Carlos Flavio Rebella, hombre de larga data, escritor e inspirador de tantos cazadores.
Un poco más lejos, en el mismo playón, estaba apostado Recabarren, o Reca, como lo apodamos, compadre de vida, que por razones ajenas a sus deseos, había estado mucho tiempo lejos de la cacería. Volvió esperanzado en un buen trofeo, aunque de no poder, el hacer carne le venía muy bien a su mesa familiar en estos tiempos difíciles.
Llegó ese pedazo de hora al que tanto miedo le tenía y comencé a rogar que el patón se entretuviera comiendo chauchas quebracheras, mientras la luna terminara de subir y dejara de enceguecerme. No sé si fue algún ruido o mi instinto, creo más en el instinto, que algo que me dijo que estaba cerca. Y pasó lo que el destino quiso. Sintiendo ese escalofrío que llaman adrenalina, levanté lentamente los binoculares, y confirmé lo que decía mi corazonada, allí estaba el patón, que aparecía y desaparecía entre los reflejos de la luna en el agua del charco. Ella, que siempre fue mi fiel compinche, se había convertido en mi enemiga.
Igual tomé el bufoso, como lo llamo al 308, sabiendo de antemano que cuando mirara por el visor, poco distinguiría. Se me ocurrió encender la linterna para cortar el reflejo… Hubo un segundo en que me pareció ver una mancha negra, y tiré del gatillo. Cuando levanté la cabeza de la mira, el patón corría como refucilo de trueno, dejando como recuerdo el chasquido de los seis hilos, sonando a su paso.
Esa fue la cacería del jabalí más grande que vi, un trofeo que no adorna mi pared, pero estará en mi retina por el resto de la vida.
Al otro día, mientras se doraba un costillar de la chancha que había volteado el Reca, pensábamos que si hubiera tenido alguno de esos visores modernos de hoy día, la cosa hubiera sido distinta, pero así resultó, y esta vez me tocó perder. El Patón andará por los montes de mi querida Rioja, o algún afortunado cazador tuvo más suerte que yo y lo cazó.
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