Esta es una historia real que tuve la suerte de presenciar hace muchos años, cuando vivía con mi familia en la ciudad de Jesús María, provincia de Córdoba. Cronológicamente, debemos ubicarnos en el año 1970, aproximadamente. Por aquel entonces mi padre -Ernesto Jensen (F)- era presidente del Tiro Federal de Jesús María y como es de imaginar su gran afición a las armas, el tiro deportivo y la caza, hacía que estos temas fueran charla obligada en las reuniones de amigos.
En una de ellas, un conocido de apellido Olivero, comentó que conocía a una persona, de nombre Juan Pérez, que vivía en la localidad de La Para, en el norte de Córdoba, cerca de Mar Chiquita, que agujereaba las monedas al aire con un fusil, comentario que provocó algunas risas, varias cargadas y finalmente, ante la insistencia de Olivero, una apuesta de mi padre de jugar un asado para todos los presentes y los eventuales acompañantes del tirador, por cuanto sostenía que una moneda impactada en el aire por una bala de fusil, desaparecería de la vista, haciendo imposible su hallazgo.
Pasaron algunos meses y un día apareció Olivero con algunas monedas agujereadas, por lo que evidenciaba ser un impacto de bala, diciendo que “Juancito” había aceptado la apuesta y que, si la misma seguía en pie, vendría el próximo domingo a Jesús María para hacer la demostración y comer el asado, ya que debía participar en una carrera de Rastrojeros – los antiguos vehículos fabricados en Córdoba por IME- que se disputaría en un circuito improvisado en el estadio del Festival de Doma y Folclore.
Pese a que las evidencias del ensayo previo traídas por Olivero, demostraban irrefutablemente que el hombre efectivamente les pegaba a las monedas, mi padre, aún sabedor de que perdería la apuesta, mantuvo la misma, pues el solo hecho de ver un espectáculo de esta naturaleza, justificaba el gasto.
Fue así que en una fría mañana de un día domingo, llegó Juan Pérez con un grupo de amigos a las instalaciones del Tiro Federal de Jesús María, donde lo esperábamos un grupo de curiosos, la mayoría tiradores y socios de la Institución. Juancito por aquel entonces, era un joven de entre 25 a 30 años, muy campechano, ya que se dedicaba a la venta de maquinarias y actividades rurales junto a su familia, incluso dijo que era la primera vez que se presentaba para tirar en público, situación que lo ponía algo nervioso. Traía consigo un fusil FM, calibre 7,65 mm, en la versión deportiva, y lo acompañaba una persona que le tiraría la monedas al aire.
A modo de precalentamiento, comenzaron a arrojarle hacia arriba algunas botellas vacías, las que una vez superados los nervios del tirador, eran pulverizadas sistemáticamente, para luego lanzarle dos botellas, una detrás de otra, las que fueron impactadas antes de caer.
Para finalizar la práctica, le lanzaron algunas botellas a mayor altura, las que rompía al tiempo de llegar a lo más alto y después alcazaba a impactar lo que quedaba de ella antes de tocar al suelo. A esta altura de los acontecimientos ya nadie dudaba que efectivamente les pegaría también a las monedas, la única duda era que pasaría con ellas al recibir el tiro.
Para esta demostración Juancito se colocó junto a la persona que le lanzaría las monedas, este las colocaba sobre sus dedos índice y mayor, tirándolas en forma plana, es decir, sin que se dieran vuelta en el aire, a unos dos metros y medio de altura. Juancito las miraba con el fusil a la cazadora, esto es empuñado con sus dos manos y con el caño apuntando hacia abajo, hasta el momento en que la moneda comenzaba a detenerse en el aire para iniciar el descenso y, en ese punto, levantaba el arma y disparaba en forma refleja. La moneda impactada salía dando vueltas hacia arriba, provocando un zumbido y caía a los pocos metros, no más de 10 o 12, por lo que no ofrecían dificultad para ser recuperadas.
Nuestro partenaire se cansó de agujerear monedas; de hecho, lo hizo con todas las que les ofrecían los presentes y querían llevarse de recuerdo. Como muestra de su humildad y caballerosidad quiero destacar, aun a riesgo de cansar al lector, que mi padre tenía consigo varias monedas marcadas que le había dejado un amigo que no podía concurrir a la exhibición, junto a una suma de dinero, para jugarle a Juancito, en relación de dos a uno, que no agujerearía las monedas en el aire. Este miró las monedas, las que estaban perforadas con una mecha para evitar que fueran cambiadas, y eligió la más pequeña, una de 5 centavos, de aquellas que tenían el borde dentado, y la agujereó en el mismo centro, sin que se cortara hacia los costados y se la entregó a mi padre diciéndole: “Llévesela a su amigo de recuerdo y dígale que he venido a comer un asado entre amigos y a correr una carrera, y no a sacarle la plata a nadie”.
Las fotos que acompaño a la nota corresponden justamente a una de las monedas que había preparado mi suegro, Blas Capellino (f) de Jesús María, haciéndole un agujero para identificarla.
Si bien he escuchado muchas historias de Juancito, nunca lo volví a ver y solo espero que, si algún familiar o amigo suyo leen esta nota, me escriban dándome noticias de este extraordinario tirador.

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