Noche de perros

Por Carlos Rebella.

De pronto y a lo lejos, en el corazón del monte en penumbras, se oyen ladridos de perros. Los dogos argentinos alcanzaron al huidizo jabalí, lo obligaron a presentar batalla, y todos, seguramente, venderán cara su vida.

Las entrenadas narinas de los ángeles blancos, herencia de varias de las razas que lo gestaron, pudieron detectar, entre cientos de olores el husmo acre de la bestia, y alzando el hocico, tozudamente, sortearon matorrales intrincados, charcos y árboles caídos, ramalazos y golpes para acosarlo. En medio del frenesí que los azuza, llegaron hasta la arena que la bestia eligió, con astucia, para el combate: el fachinal enmarañado, donde las espinas resbalan sobre su cuero paquidérmico, pero lacera el frágil de los perros.

El cazador, expectante desde la primera atropellada, guiado por los latidos perrunos que lo orientan como un faro en la noche, emprende la carrera para ayudar a sus valientes. Ruega llegar a tiempo, antes que la enorme desigualdad de potencia, peso y ferocidad, incline la balanza. Protegiéndose como puede de las impiadosas agujas, tropezando, saltando matas y alambrados, llega al ruedo y se sumerge en el torbellino de furia que lo contagia. Cuchillo en mano, se acerca cauteloso a la fiera que, aculada contra el zarzal, esgrime su jeta dura como la roca, capaz de quebrar huesos con un solo golpe. El amo, en el paroxismo de su pasión, sofrena sus ímpetus, observa el trabajo del equipo, los incita, y espera la mordida firme y segura, que le permita acercarse para rematar la faena milenaria. Mientras, no descuida al feroz, que con ojillos inyectados de sangre lo mira, intuyendo al verdadero enemigo: si logra vencer la resistencia, no vacilará en atacarlo. Pocos minutos de vorágine, algunas manchas rojas en la librea de los bravos, y ni un minuto antes, ni uno después, se acerca por detrás de la presa, atenazada por los potentes maseteros, se aferra de la cola, crines o patas, y con mano diestra busca con su daga el corazón. Mientras cede el arrebato, similar al que sintió nuestro pariente cavernario hace millones de años, recuperan el aliento, se miman mutuamente entre lambetazos y caricias, y miran al cafre, soberbio aun ante la muerte. Así podría sintetizarse una batida montaraz, esa tradición que, como un estandarte, sostienen en alto tantos monteros en todos los rincones del mundo.

Jacques du Fouilloux, uno de los historiadores más famosos sobre temas cinegéticos, afirmó, allá por el siglo XVI, que “…el jabalí, es una fiera capaz de matar a un perro con un solo golpe de su jeta afilada, y luego escapar al bosque, donde puede degollarlos uno a uno a su gusto…”

Temido desde siempre por su bravura, los griegos lo consagraron a la diosa Diana, arquera sagrada; a Meleagro, que dio muerte al famoso jabalí de Calidon, enviado por Artemisa para destruir Etolia; al propio Hércules, que con su flecha abatió el verraco de Erimante. Más cerca, nuestros antepasados medievales lo confrontaban a pie firme, con el regatón de su lanza clavado en tierra y la moharra enhiesta, como prueba de virilidad y fuerza.

Pero más allá de la historia, valen las palabras de Agustín Nores Martínez, hermano de Antonio, creador de la raza. El embajador, diplomático y miembro de la Corte de Justicia, fue artífice de su difusión por el mundo, y junto a su estribo, al tranco cansino o galope impetuoso, disfrutamos de la caza en su concepción más pura y ancestral.

Como partícipe en la obra del padre de la casta, fue blanco de la crítica de muchos hipócritas, que lamentan la muerte de una res salvaje, pero fingen ignorancia cuando devoran la sabrosa chuleta del indefenso cordero. Pero si algo le sobraba a mi hermano putativo, era verba, un filoso estoque que utilizó para responder a los detractores, con estas valientes y sabias palabras:

”- quienes critican la caza del jabalí con perros, no saben lo que pasa más allá de la Av. Gral. Paz. La realidad de la Argentina interior, no se palpa desde Corrientes y Florida, mientras se distraen ocios frente a un pocillo de café. Para conocer el país profundo y opinar acerca de sus problemas, hay que recorrerlo palmo a palmo en su inmensa extensión. No se puede juzgar, ni la vida ni la acción de los hombres de campo afuera, desde un mullido sillón capitalino. Si los pseudo conservacionistas que me agreden, se hubiesen informado sobre el dilema que los depredadores de nuestra agricultura y ganadería, plantean a los productores de zonas marginales, y no tanto, sabrían que cazamos al jabalí con canes y cuchillo, porque es la única forma de hacerlo, y al final de cuentas, la más humana. En la cordillera, donde hay agua en abundancia, es imposible acecharlos, y de día permanecen ocultos en la espesura. ¿De qué otra manera se los puede obligar a salir de la madriguera, sino con perros entrenados, que lo enfrenten, en ese combate repetido desde hace milenios? ¿Por qué la faena del poblador, librado a su suerte entre cañadones o montes, asusta tanto a los condolidos y llorosos defensores del jabalí? ¿No entienden que es necesario un perro, que no solo ladre, sino que lo provoque, rete y presente combate, para que el hombre pueda tomar contacto, acercarse, y finalizar la reyerta con su cuchillo? Dice el Dr. José María Rosa, en su Historia Argentina, hablando de la estirpe hispana que conquistó estas tierras: “… el español de todas las clases se educó para la guerra. Si era caballero, templaba desde niño sus nervios, familiarizándose con las armas, la caza del jabalí con lanza, o el rejoneo de toros bravos a caballo. Si flaqueaba en esas lides, podría tomar el camino de los claustros, donde el coraje revestía otras formas. Habría que preguntarles, a los condolidos abogados del jabalí y los perros, si el suido es menos cruel cuando mata miles de animales domésticos, o asuela los sembrados; o lo es el hombre, cuando caza al zorro con trampa de hierro; o los árticos, que jalan sus trineos a sangre perruna; o las amas de casa, matando ratas con veneno; o el diario degüello de miles de animales domésticos para la mesa cotidiana; y sabe Dios, si las moscas y las hormigas no sufren, cuando patalean abatidas por el insecticida. Es que no hay que confundir el cariño sincero por los animales, con la sensiblería mujeril y malintecionada. La Patagonia es tierra de hombres aguerridos y valientes, y hay que juzgarlos en y por su ambiente, donde la vida es dura, el clima rudo, las montañas altas, y las distancias enormes. Sabe que, al levantarse cada mañana, debe estar dispuesto para abrir nuevas picadas en el monte, enfrentar al rigor del invierno, palear nieve para asomarse fuera de su casa, enfrentar al puma enfurecido por la hambruna, cruzar ríos y arroyos helados, y pasar semanas sin ver otras caras que las de su familia, si la tiene. Por eso debe comprenderse y hasta “perdonarse”, que prefiera la caza del jabalí, con dogos y cuchillo, antes que el fútbol o el ping pong”

No podía hallar un prólogo mejor para evocar mi noche de perros, una parábola sobre cierta cacería nocturna, singular como pocas.

Transcurría la brama, o celo anual del ciervo colorado, y la cita indeclinable me sorprendió en La Pampa, cerca de la ciudad de Gral. Acha, en una estancia paradisíaca, cuyos bosques centenarios de caldenes, algarrobos y chañares, escondían muchas de las especies regionales.

En aquella oportunidad, como tantas, viajé con mi hijo Gustavo y Aldo Guido, compañeros de tantas andanzas con rifle al hombro… Después de varios días de recechar al astado estrella de los deportistas, mis amigos habían logrado sus abates: dos hermosos trofeos para sus panoplias.

Transcurrida la primera semana, y mientras esperaba mi oportunidad, decidimos tomarnos franco para visitar gente amiga del pueblo. Cambiamos camuflados – al pedo, según creo y fundamente en una nota sobre la vista de los ciervos – por ropa citadina, y recorrimos las ocho leguas hasta Acha, descartando que alguno invitaría con el asado…No debimos andar mucho, el primero de la lista, nos comprometió para esa noche. Cumplimos con la agradable rutina de saludar a los demás, hasta que la hora de la cena nos reunió frente a una parrilla y varios contertulios que no conocía, entre ellos, el director del canal de T.V. local, que además de cazador, me conocía de mentas. Como buen periodista, aprovechó para concertar una entrevista televisiva, en vivo, con fin de hablar sobre temas que hacen a nuestro deporte, e intercomunicarnos con la audiencia de la pantalla chica. Fue así que acudí a la cita, como improvisada estrella de T.V. en pago chico…

El programa se desarrolló, casi en su totalidad, en formato de debate interactuado con los televidentes, y se extendió a lo largo de más de hora y media, aceptando – como siempre – las reglas del juego, y libertad de palabra a favor y en contra. Al concluir la cita, y luego de despedirnos, salimos a la calle. Inesperadamente, ya que era casi medianoche y la ciudad-pueblo dormía, un joven barbado, que esperaba junto a la puerta, nos salió al encuentro saludando amablemente. Se presentó como lector asiduo de mis   relatos sobre caza, dogos y montería, dueño de una rehala de dogos de pura cepa, y cultor de los cánones Morelianos. Durante los pocos minutos de conversación, me pareció un buen tipo, como casi toda la gente del interior, hasta que se despachó con un libreto desconcertante: me invitaba a una cazada de noche – nada especial – pero con la jauría venteando desde la caja de su camioneta – muy singular -. Según él, pasada la medianoche, cuando los verracos están en plena actividad, costea lentamente los montes que bordean callejones solitarios, circulando a muy baja velocidad, y aguardando que sus chuchos gruñan en señal de alerta: el aviso que olisquearon la presa. Se detiene, sin necesitar órdenes saltan a tierra, y desaparecen en las sombras. El perrero, cuando escucha los primeros aullidos, vuela para terminar con el verraco como Dios y los Nores mandan. Se non è vero, è ben trovato, dicen los italianos, y ya que me atraía la idea de probar la estrategia, le agradecí, prometiendo pronto contacto. Pero el hombre no era de los que se dejan arrear con dos chirlos…En lugar de despedirse, me disparó a quemarropa: la sugerencia no era para más adelante, sino esa misma noche, y por las dudas, aclaró, tenía a sus compañeros de cuatro patas y la chata listos.

Como no era el primero que me abordaba con envites venatorios dudosos, me disculpé cordialmente, aduciendo que estaba en plena cacería de ciervos, de momento sin ropa, calzado, armas ni linternas, para andar por el monte a oscuras, y bla, bla, bla, para postergar la propuesta.

Al toque, con picardía criolla, demolió cada uno de mis argumentos: como no dudaba de mi experiencia con perro y cuchillo – una aseveración venenosa, para que no reculara – tenía todo resuelto de antemano: a un par de cuadras, su padre regenteaba un almacén de ramos generales, donde hallaríamos todo lo necesario para lo que llamó, una breve batida de pocas horas. No fue difícil suponer que Dardo, así se llama, me estaba probando: quería confirmar si mis historias eran fanfarronadas o verdades, disfrazando sus dudas con palabras de cortesía: compartir una corrida – aseguró – con quien tanto admiraba…  

Más allá de halagos de conveniencia, presumí que, como cazador y doguero, debía conocer a todos los cofrades de Acha y alrededores, muchos serían amigos comunes, y una negativa correría como reguero de pólvora, con varias interpretaciones. Ninguna generosa, por cierto.

Todo era tan insólito, que cuando reaccioné, ya estaba en el local de ventas probando alpargatas y camisas, bajo la mirada socarrona de Aldo, y la de Gustavo, convencido que su padre estaba más loco que una cabra…

Para abreviar, una hora y media después estábamos a bordo, con cuatro hermosos dogos que provocaban sana envidia: tan bien entrenados que, aun presintiendo la cazada, se mostraban dóciles y atentos, moviendo los muñones de las orejas recortadas, como pequeñas pantallas de radar. Con rumbo a un pueblo llamado Chacharramendi, viejo conocido, pensaba dónde y cómo terminaría la chifladura…

Cuando habíamos recorrido apenas 80 Ks., poco antes de la localidad con nombre curioso, giró al sur, rumbo a Cuchillo Co, y poco después, nuevamente al oeste, sobre una vieja huella encajonada, a derecha e izquierda, por el frondoso bosque que corría veloz, iluminado por los faros.

Poco después redujo notablemente la velocidad, casi a paso de hombre, y comenzó la función. A través de la luneta, volteando la cabeza, veía los hocicos apuntados a la foresta, aspirando la brisa fresca de la noche. Hasta que comenzó el gimoteo – tal cual lo había anticipado su amo – que denunciaba inquietud, como cuando detectan un rastro en la tierra. Algo habían venteado, aunque yo, escéptico, aposté a un zorro, mulita o liebre vagabundos. Mientras tanto, Gus y Aldo, apretados en el medio del asiento de la vieja Ford, se regodeaban ante el seguro fiasco.  

De pronto, una frenada brusca, los perros saltando como como resortes, y el baquiano abriendo la puerta violentamente. Todo al unísono. Lo imitamos, y unos segundos más tarde, estábamos apoyados en el hilo superior del alambrado, justo donde por donde cruzaron. En medio del silencio sepulcral, parecíamos cuatro boludos mirando a la nada… No pude aguantar la pregunta del millón: y ahora, ¿qué?

Dardo no me dio mucha bola, solo escuchaba, pidiendo calma con la   mano. Sin mucho entusiasmo esperé, y como si me hubieran escuchado, oímos lejanos y furiosos latidos. Sin tomarse la molestia de instarnos, cruzó entre los hilos de acero como una saeta, y nosotros detrás. No había tiempo para cumplidos…

El joven, que por edad podría ser mi hijo, corría en la espesura como un peludo asustado, al punto que grité que aflojara, antes de perderlo de vista. La misma bola que antes. Lo seguí como pude, por los ladridos y algún destello de su linterna, y al rato me lo topé imprevistamente, recuperando el aliento, y con un palito canchero entre los labios. Un minuto después llegó Gustavo, con más rayaduras que un disco de vinilo, y sin noticias de Aldo, desaparecido en acción…Ya lo hallaríamos. Muy cerca, a metros, se oían claramente los bufidos roncos de un padrillo, – las hembras gritan atipladas – y las voces de la cuadrilla, que habían hincado el diente…En ese momento, se oyó a Dardo, susurrando con suficiencia:

“…ai lo tiene don Carlos, es suyo…

Pasé entre los hilos, entré por un sendero de vacas que atravesaba un seto de tamarindos, y veinte o treinta metros más adelante, en el centro de un despejado, apareció un charco donde rielaba la luna en cuarto menguante. A pasos de la orilla, se desarrollaba un cuadro épico, tan antiguo como el tiempo: un enorme verraco, con la negra pelambre empapada y brillante, y las cerdas del lomo erectas como púas, blandía la jeta como un ariete, mostrando los ebúrneos colmillos blanquecinos. Estaba sujeto por los guerreros, pero había pasado demasiado tiempo desde que se escuchó la empacada, y era imperioso abreviarla, antes que el cansancio debilitara la mordida. Sin pensarlo dos veces, desenfundé el largo facón prestado, y entré al agua barrosa, que alcanzaba el pecho del cimarrón. Cuando me aseguré, de un vistazo, que dos de ellos tironeaban firme de las orejas, y los otros de los cuartos traseros, lo manoteé del rabo, y con la rodilla traté de voltearlo, sin éxito. Avancé dos pasos, y cuando pude aferrarme con la zurda de las crines, estirando el brazo hundí el acero profundamente, detrás de la paleta. Luego del bufido al recibir el puntazo, aflojó sus bríos, las patas cedieron, y los perros, envalentonados, redoblaron sus tironeas, logrando tumbarlo. Al toque, un pinchazo en la planta del pie, me advirtió que había perdido las alpargatas, chupadas como ventosas por el fondo cenagoso: con la calentura, no lo había notado… Cuando se acercó el amo, entre mimos y palabras cariñosas, logró calmarlos y llevarlos a la costa. Aunque Gustavo insistía en entrar al ruedo para ayudar, le rogué que no lo hiciera, iba a mojarse al pedo, pues la cinchada era muy corta. Cuando pisé tierra firme, oí las carcajadas de ambos: sería el primer doguero cazando descalzo…

Las primeras palabras de Dardo, fueron breves pero cargadas de intención:

“… perdóneme, don Carlos, pero no me metí porque a lo mejor le caía mal un comedido…” Zorro, el baquiano…

La acción apenas duró unos minutos, pero se prolongó más de media hora tanteando el fondo, hasta rescatar mi calzado con la ayuda de Dardo y Gustavo, que al fin tuvo su bautismo de barro. O las encontrábamos, o me llevaban a babucha hasta la chata, bromeé…

Mientras pasaba gradualmente el vendaval de furia, que obnubila los sentidos, saboreaba con satisfacción la belleza del trofeo, dos colmillos inferiores que sobresalían casi cuatro dedos, sin roturas a pesar de la vejez, y las dos amoladeras, curvadas en arco hacia arriba, gruesas y afiladas por roce entre ambas.

Dejé que el invitante mostrara su destreza despanzando, y poco después iniciamos el largo acarreo del pesado corpachón. La sorpresa llegó al llegar al cerco del corral: Aldo había logrado llegar, y se hallaba discutiendo con una espina que le había atravesado la zapatilla…    

Llegamos a la camioneta con lo justo, a nadie le sobraban fuerzas, pero para mis adentros me regocijaba por haber aquilatado, por si tuviera pocas, una nueva veta de nuestro perro: desde un vehículo en movimiento, a más de 150 metros, sin importar los olores del gasoil y la gente, ventearon al malevo.

Cuando llegamos a la casa de Dardo, – era casi la madrugada – bajamos nuestra preciosa carga, que quedó colgado de un guinche ubicado en los fondos de la casa, listo para el desposte. Atendimos a los héroes de la jornada, que quedaron reposando en sus caniles y rechazamos de plano la gentileza de Dardo, que nos ofreció su casa: hubiera sido absurdo entrar, cubiertos de mugre y olores. Así fue que, frente al amanecer que llegaba anunciando un día glorioso, decidimos partir hacia el coto, donde podríamos regalarnos un largo baño, y comer hasta la muerte

La despedida fue entre abrazos, como viejos amigos, y con la promesa solemne de repetir el evento a corto plazo, algo que se hizo costumbre con los años. Por otra parte, días después volveríamos en busca del trofeo.

El resto de la semana de brama, transcurrió entre recechos y acechos, en busca de mi premio, pero el ciervo faltó a la cita. Algunos sementales jóvenes, otros atípicos o en regresión, desfilaron ante el lente de mi vieja Leupold, pero dejé que siguieran su camino.

No obstante, el fracaso parcial, que es parte de la cacería, y aquella brama que camufló al insólito evento, concluyó de la mejor manera: compartiendo, sumando amigos, y aprendiendo, pues siempre hay algo nuevo en la viña del Señor…

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