Comenzaba abril cuando salimos desde Buenos Aires con mi amigo y maestro de cacerías Fernando, rumbo a Villa La Angostura con la ilusión de dar caza a mi primer ciervo colorado y aprender más acerca de este magnífico animal, ya que todo lo que sabía era por lecturas, comentarios y anécdotas de amigos.
Atravesamos la pampa húmeda, de grandes extensiones verdes y lagunas, para de a poco encontrarnos con la majestuosidad de nuestra Patagonia. La Pampa nos recibió con sus característicos montes de caldenes que a medida que avanzábamos iban desapareciendo hasta encontrarnos con la aridez de Neuquén, donde su suelo rocoso se iba elevando con nuestro andar.
Al llegar a destino bajamos nuestro equipaje y de inmediato comenzamos con los interrogantes al dueño del campo: – Juan, decime que están bramando por favor. La contestación no fue la más esperada – “Poco che… poco”.
Armamos el campamento, nos acomodamos y nos preparamos para salir esa misma tarde, la idea era hacer un primer reconocimiento del lugar y ver si encontrábamos indicios de donde se estaban moviendo los ciervos. Recorrimos hasta que se nos hizo de noche sin ver ningún animal, además de pocas huellas y viejas… volvimos al campamento, preparamos una buena y reparadora cena y a descansar; la idea era arrancar a las 4 de la mañana para llegar de noche a unas de esas grandes cimas y observar todo al amanecer.
La llena luna que ingresaba desde la península Huemul alumbraba nuestros pasos, dejándonos ver Cerro Bayo a nuestra derecha y las luces de la hermosa ciudad de Bariloche a nuestra izquierda.
Esperamos que aclarara y comenzamos a recorrer todos esos filos y laderas con los binoculares. Logramos ver un vareto que a mí me puso la piel de gallina y no podía dejar de mirarlo, Fernando me dijo: – Dejate de joder que cuando veas uno grande te vas a querer morir entonces… Nuestra mañana transcurrió disfrutando de un imponente entorno, que creo jamás ni siquiera había imaginado, hasta que nos ganó el medio día y decidimos volver para almorzar, tomar una siesta reparadora y arrancar de nuevo.
A las tres de la tarde ya estábamos listos para salir nuevamente, aunque ahora el viento nos había cambiado y para llegar al mismo lugar debíamos hacer un largo rodeo. Con la tarde ya muriendo, y nosotros desde la cima de otro de esos tantos picos, logramos ver un lindo doce entrar al mallín donde se encontraban algunas ciervas. Fernando me concede el turno, dándome aliento para poder lograr mi primer ciervo. De inmediato acepté y me largué con sumo cuidado montaña abajo, que por cierto no fue nada fácil por las piedras sueltas del terreno y para cuando llegué me encontré con la sorpresa que ya no estaba… Esperé a que Fernando bajara y decidimos volver al campamento, mientras atravesábamos el mallín notamos un fuerte olor a descomposición, era una vaca muerta, lo que nos despertó curiosidad por ver si estaban entrando los chanchos a comer sus restos; efectivamente entraban y muchos, por lo que le propuse a mi amigo quedarnos apostados y aprovechar la luna, Fernando aceptó y de inmediato comenzamos a buscar donde escondernos.
Con las últimas luces de la tarde, noto la clara figura de un gran padrillo que venía derecho a la osamenta, mido distancia (180 m) y espero a que llegue. Una vez quieto y antes que comenzara a comer, le solté los 180 grains del .30-06, dejándolo acostado en el lugar. Me arrimo con desconfianza hasta comprobar que estaba realmente muerto y me encuentro con la sorpresa de unas grandes defensas que coronaron mi cacería; aunque no se me había dado con el ciervo, había logrado un gran trofeo de jabalí que dio 9.5 cm afuera.
Luego de los abrazos y felicitaciones de mi compañero, vinieron las fotos de rigor y el momento de despostar, con la suerte de poder dar con la punta, remachada sobre el costado opuesto al disparo, decía a las claras lo bien que había trabajado, dejando todo su poder dentro del cuerpo del animal.
Luego de un par de horas de acarrear «al mozo», logramos llegar hasta el campamento, que por suerte no estaba muy lejos. Nos bañamos, cenamos y a dormir, nos quedaba la mañana siguiente para tener la última chance con los colorados. Para hacerla corta, pudimos ver un 8 puntas, el cual observamos por un momento antes de perderse en un cañadón de pinos y rosas mosquetas.
De vuelta en el campamento, juntamos todas nuestras cosas y nos despedimos de Juan para emprender el regreso a nuestros hogares con una alegría que difícilmente olvide. Hicimos varias paradas de vuelta, para comer y tomar fotos de hermosos paisajes que nos ofrece nuestro país.
Ahora, y ya desde casa, les puedo mostrar el trofeo en su panoplia. Sus colmillos dieron 22.5 cm de largo, acompañados de unos muy buenos ñoquis o amoladeras.

Suscribite a nuestro canal de YouTube y descubre con nosotros distintos cotos de caza de la República Argentina.
Conocerás el establecimiento, los servicios que ofrece, las especies a cazar y toda la información que el cazador quiere saber.