Fue un 15 de diciembre, cuando, con amigos y la perrada, emprendimos viaje desde nuestra localidad, Chajarí, Entre Ríos, hacia la hermosa Provincia de Corrientes, más precisamente a los pajonales del Río Miriñay.
Después de recorrer casi 200 km y siendo las 16 hs llegamos a la zona de caza, lugar que otras veces nos había premiado con buenos ejemplares y que una vez más nos disponíamos a recorrer con muchas esperanzas.
El tiempo, ese día, de a ratos lloviznaba, de a ratos salía el sol, ideal para encontrar en las lomas a los chanchos.
Preparamos equipos livianos con los infaltables botiquines y lo necesario para andar en el monte, alistamos la jauría con sus chalecos y cogoteras, programamos los GPS y arrancamos la caminata.
No pasaron más de 20 minutos de haber entrado al campo, cuando un amigo encontró los primeros rastros frescos de un padrillo bien grande. Llamamos a Laica (la mestiza y corajuda, puntera de la jauría) para que huela el rastro encontrado. Lo tomó y salió como un cohete y a nomas de 100 metros se escucharon los primeros ladridos de aviso. Había encontrado “al matrero”… ahí nomás salió Polino un galgo barbucho, ligero y empacador como él solo, que hizo a la perfección lo que más sabe y le gusta hacer. Los Dogos también acudieron de inmediato a cumplir con su función, y después de una buena contienda, que íbamos escuchando mientras corríamos, sometieron al padrillo, que a medida que íbamos llegando no terminaba de aparecer. El cola fina no gritó en ningún momento, lo que sí, empujaba la perrada con mucha fuerza contra las pajas, aunque era en vano… no lo iban a soltar.
Uno de mis compañeros quedó por un rato paralizado, el otro cumpa, lo manoteo de una pata y a mí me tocó rematar.
¡Comenzamos de a poco a retirar y felicitar a los perros y de inmediato vino ese saludo que entre nosotros merecíamos darnos- “la monada y la perrada había trabajado de forma impecable”-para cerrar con un buen sapucay de alegría y desahogo que nos salió de las entrañas!
¡Nuevamente, había valido la pena el viaje! Sacamos un par de fotos para inmortalizar el momento y comenzamos con la faena. Aprovechamos toda la carne, llenando mochilas y morrales, para cargar al hombro el resto que quedaba y mansos pegar la vuelta.
Fue la cacería más corta que hice, pero seguro una de las más lindas… ¡18:30 hs estábamos volviendo pal pago, contentos, con la perrada intacta y con un buen “Padrillo Correntino”!

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