Patagonia Bagual

Anibal Masneri

La lluvia se hace sentir cada vez más… Buscamos un potro, ya hace un largo rato, aunque cada minuto que pasa y trecho que hacemos, mi amigo cree que este se alzó y se fue detrás de una de las tantas tropas salvajes que supieron aquerenciarse en esta inhóspita Patagonia.

Llevo el fusil al hombro tal como él me lo pidió, en estos recónditos lugares, no se puede perder la oportunidad de hacer carne.

Estamos parados a la vera de uno de los tantos ríos que surcan estas tierras cuando los perros cruzan desesperados nadando hacia la costa de enfrente. Algo ventearon… Siguen un rastro que los lleva de derecha a izquierda y viceversa, aunque las matas de calafate no nos permiten ver más. Comienzan los toridos y se escucha un pesado tropel; dos grandes toros baguales aparecen, e irritados se tiran al río huyendo de los perros.

Bajo de mi caballo, le paso las riendas al paisano y me apronto a tirar. Los toros van a salir a no más de 60 m de donde estábamos. Los dejo llegar a la orilla, levanto el rifle y noto los cristales de la mira totalmente mojados por la lluvia, los segundos me apremian y me decido a disparar. Acusa el disparo y queda parado e inmóvil, como estaqueado en el lugar. Se perfila de frente, mientras el otro huye y se pierde de nuestra vista. Saco mi cuellera y en vano trato de secar los lentes, empeorando aún más mi visión. Disparo otra vez, pero le pasó por arriba; el animal da un paso hacia adelante, abro el cerrojo, quiero volver a alimentar el almacén del rifle, pero dudo si tendré el tiempo. En ese momento el paisano me grita: -Tirá tranquilo, tirá tranquilo, que si es necesario yo te cubro con el caballo.

Tambaleando comienza a venirse hacia nosotros, a no más de 15 m da un leve giro a la izquierda y él .30-06 vuelve a sonar. Antes había pegado en la paleta, ahora bajo más el disparo y entra en el codillo, lo aflojo de manos, cae, pero se vuelve a levantar y con un tercer tiro remato a la cabeza.

La voz del paisa entrecortado de emoción, todavía puedo escucharla: -Te felicito, pero estás re loco, no era fácil ponerse delante de ese animal. Te dije que te cubría, pero no pensé que llegarías a estar tan cerca. Por más mocho que sea, no es fácil pararlo con el caballo y los perros… Aunque su emoción se debía principalmente a que tanta carne lo aprovisionaría al crudo invierno que entraba. Nos pusimos a faenarlo, y me encontré con un cuero por demás duro, más una gorda capa de grasa, y la arena, mataban el filo de nuestros cuchillos.

La lluvia no afloja y vemos que el río comienza a crecer, recogemos todo lo que más podemos y salimos del lugar.
El temporal nos dejó durante cinco días sin poder salir del rancho, lo que me hizo entender, que contar con las fiambreras cargadas de carnes y provisiones es la única manera de sobrevivir en esas tierras.

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