Peligro: ¡ciervo herido!

Por Carlos Rebella

La caza mayor – en nuestro país – no presenta en general riegos extremos, más allá de algunas especies naturalmente agresivas, como el búfalo de la India, puma y jabalí en puntuales ocasiones. Omito al yaguareté, protegido. Sin embargo, ya que otras aparentemente inofensivas pueden deparar sorpresas desagradables, es necesario prevenir antes de tener que curar.

Y para muestra basta un botón.  Mi querido e inolvidable amigo Aurelio Pargade, decano Guardaparques en nuestro país, transcurrió buena parte de su vida protegiendo fauna y flora de Isla Victoria – una esmeralda enclavada en el lago Nahuel Huapí. Tuve el honor de disfrutar durante varias décadas de su afecto y experiencia para conocer cada rincón de ese paraíso.

Aurelio, amante de los animales silvestres, cierta vez encontró un cervatillo perdido y lo capturó para intentar, con paciencia, amor y mamadera, criarlo en cautiverio. Cuando llegó el momento del destete, construyó un amplio corral para sus correteos juveniles, considerando que liberarlo, era una condena a muerte:  no estaba preparado para enfrentar la cruda lucha por la vida en la naturaleza salvaje. Cuatro años después – adulto – lucía una prometedora cornamenta con doce afilados candiles. Durante mis frecuentes y largas visitas a la Isla, como Asesor Honorario de Caza y Pesca de la Administración, entre censos, controles de salubridad, disfrutaba las comodidades de la vecina Casa de Huéspedes que se erigía cerca del puesto, destinada al departamento de R.R.P.P., desde donde, en época de celo oía, no sin pena, berrear al cautivo condenado al celibato. Por otra parte, la mujer de Aurelio mantenía un pequeño huerto donde, entre hortalizas y frutales, cultivaba papas, irresistibles para el olfato del astado que, periódicamente, saltaba el cerco para arrasarlas, cosa que le valió su apodo: Papero. Frecuentemente, como atajo, el guardián cruzaba el interior del redil acompañado por su amigo, con el que intercambiaban palmadas por suaves topetazos. En cierta ocasión entró – una vez más – con un manojo de pasto tierno como ofrenda, pero el animal, en lugar de mostrarse amistoso y agradecido, la emprendió a cornadas cada vez más violentas. A los saltos, nuestro hombre esquivó como pudo a las primeras, hasta que cayó, fue arrollado y recibió numerosos puntazos en distintas partes del cuerpo. Desesperado, comenzó a gritar para atraer la atención de su esposa que, armada con un grueso garrote, corrió en su ayuda asestándole al aspudo un fuerte golpe que lo ahuyentó momentáneamente. Hubo primeros auxilios, llegó ayuda solicitada por radio, y por fin fue trasladado al hospital de Bariloche, donde debió sufrir varias semanas de internación. Por un milagro, el incidente no se convirtió en tragedia… ¿Qué había ocurrido? Por increíble que parezca y después de convivir con ciervos durante toda su existencia, confió en Papero olvidando que, en época de apareo – cuando ocurrió el percance – la conducta puede mutar diametralmente como consecuencia de diversas modificaciones de su sistema hormonal, que alteran hábitos naturalmente pacíficos, provocando accesos de furia que descargan contra lo que hallan más cerca, sean hombres, matorrales o pares.

La historia viene a cuento para evocar un episodio con tintes similares, sucedido en el Cordón Sierra de La Ventana, un paradisíaco rincón bonaerense de majestuosa belleza y geografía variada: valles tan fecundos como extensos; lomadas que apenas se elevan del suelo y altos cerros como el Tres Picos y el Napostá, que empinan orgullosos sus crestas a 1.239 y 1.100 metros, frecuentemente coronadas por nieve. Nuevamente disfrutaba de la hospitalidad de mi amigo, conde Adolfo von Arnin, que regenteaba la antigua estancia Cerro Napostá Grande, sustento de la Fundación Hogar Rudolf Funke. Corría la época en que el ciervo dama, (paleto o gamo según la región), abundante y saludable, lucía sus cuernas en forma de palma en todo su esplendor, presta para los combates que libran durante los pocos meses de apareo. Días en que, estimulados por el estro que despide su cuadrilla, lanza el inconfundible bramido, un profundo ronquido gutural que, aún no sabemos, significa reto o reclamo amoroso.

Mi llegada no causó sorpresa en el mayordomo, que me recibió con habitual afecto a pesar que en esa oportunidad deseaba vivaquear al pie de la montaña, y disfrutar cabalgando o a pie, de la soledad y el silencio. Como el tiempo apremiaba para estirar las lonas antes de la noche, luego de los saludos de rigor continué hacia los altos picos.

Conocía cierto recodo de un arroyo que corría entre álamos y castaños, donde soñaba desde hacía tiempo acampar entre trinos de pájaros, rumor de aguas turbulentas y, sobre todo, voces cervunas y guampas entrechocando… Así fue que, al caer la noche, carpa con ante carpa, y amplio living tensado entre horquetas, flameaban suavemente al ritmo de la brisa fresca que llegaba desde la sierra. Con la noche, el largo viaje y trabajo forzado pasaron la cuenta: sin apetito, me zambullí en la mullida bolsa.  

Desperté con las primeras luces que se colaban a través de la tela, oyendo las últimas voces de los padrillos que se apagaban para el receso diurno, cuando se llaman a silencio, ocupan sus encames o, algunos, continúan flirteando.

Luego de un suculento desayuno, tomé rumbo al alberge a cargo, posiblemente, del único puestero alemán que, con casi 80 años, ensillaba todos los días para su trabajo campero. Mi veterano amigo teutón, acriollado como nativo sin perder su acento, me recibió desde lejos agitando los brazos afectuosamente. Luego de un fuerte apretón de manos, entré a la casa, ciertamente distinta de los ranchos criollos donde, entre mate y mate, recordamos tiempos idos. Por último, hablamos de caza, brama, recechos y la necesidad de un montado seguro. Pero el hombre ya estaba alertado por radio: señaló a la ventana, desde donde se veían en el palenque un zaino ensillado con recado, y mi alazán a pelo, que poco más tarde trasladó de tiro hasta mi dormidero

Tarde para el rececho diurno, dediqué el día a tratar de capturar alguna trucha criolla. Una de más de un kilo me tuvo lástima, y se entregó para la cena antes del retiro.

Al clarear, luego del café y galleta criolla, encimé sobre el lomo los aperos de la infaltable montura patera: sudadera, mandiles, carona, silla y cinchón; cojinillo, sobrepuesto y pegual, y arrolladas en la capa impermeable, frazada y bolsa cama. Un conjunto de enseres que parecen excesivos, pero no lo son tanto cuando hay que dormir a cielo abierto. Además, funda de suela para el rifle y prismáticos colgados del borrén; maletas sobre los ijares y lazo para que el nochero paste a sus anchas.

Todo a bordo y vituallas para un par de días, a la hora en que el sol pintaba las crestas remotas, cruzaba la interminable pradera que lleva al pie del Tres Picos, donde comienza el empinado repecho cubierto de guijarros, rocas y matorros. Zigzagueando para aliviar el esfuerzo, caminando cuando los paredones exigían rodeo, y vadeando torrenteras, con el último brinco hice cumbre sobre una meseta que se estiraba 2.000 metros, hasta un pequeño bosque de eucaliptus. Allí desensillé para el resuello de mi compañero y dar un vistazo desde la orilla. Creí que detrás continuaba la sabana, pero en realidad ocultaba el borde de un barranco que caía a pique hasta un pequeño valle. El balcón natural permitía observar   un amplio espacio donde, por primera vez en la temporada, me recibió el espectáculo de un grupo de ciervos: ocho hembras, un macho líder y otro joven. El añoso barbudo lucía cuernas anchas y largas, dentadas con una serie de puntas irregulares. Duró poco: el viento en la espalda les llevó el aviso de peligro y emprendieron la retirada.

Retorné a la fragante arboleda que entonaba su canción al ritmo de la brisa. Los gigantescos árboles que se alzaban más de 20 metros, mostraban sus troncos gruesos como un tonel, cubiertos de surcos sangrantes de savia roja: heridas de cuernas que afilan para sus batallas que, de paso, las tiñen con hermoso color caoba.

Una buena opción era seguir el borde de la barranca hacia el este, y detenerme para ver que había tras el cercano recodo. Al voltearlo, noté que el valle continuaba, tan extenso y fértil, que alfombraba – 500 metros abajo – parte de las 7.000 hectáreas del Establecimiento: llanos verdes o marrones; ojos de agua reflejando astillas diamantinas; vacunos y equinos pastoreando; un tractor bufando sobre la melga; galpones plateados y, como maqueta diminuta, el casco de la estancia y el gigantesco parque que la abraza.

Hacia el poniente, la roca milenaria mostraba una herida que caracoleaba hacia el pico del Napostá, una tremenda obra de ingeniería para acceder a la planicie de altura más grande del Cordón montañoso. Miles de hectáreas cubiertas por pastos naturales, antes inaccesibles, fueron conquistadas para engorde del ganado, que puede trepar por el sendero.  Se necesitaron, más allá del ingenio y esfuerzo, miles de cartuchos de dinamita que volaron millones de toneladas de roca. Removerlas y aplanar la huella, fue una tarea que demandó meses de arduo trabajo.

Volví a la realidad, despertado por la voz ronca de un ciervo invisible que llamaba desde la ladera que se precipitaba a mis pies. Había que ocultarse y comenzar a buscar caza, al fin y al cabo, el motivo que me llevó tan lejos y tan alto……

Inicié el descenso protegiéndome entre chilcas, en dirección a un paleto no muy lejano, con buen viento. De pronto, un sonoro relincho surgió de la nada: un guanaco líder, alertado por mi olor, lanzó su grito advirtiendo a la tropa y cortando el bramido que recechaba. Esperé media hora hasta que se calmó el ambiente, volvió a toser el ciervo y al reiniciar la marcha, veo al camélido en pose para la foto.

No sin sorpresa, dos hembras se incorporaron de su echadero a menos de 60 metros. mirando hacia mí, intrigadas. Alcé en cámara lenta los prismáticos y, a otros tantos, las guampas del señor dormitando. Un ejemplar de segunda cornamenta, angostas y delgadas… El bufido de las doncellas, lo hizo saltar como un resorte cuesta abajo. Seguía la mala racha…

Tres días más tarde, frustrado, regresé a la carpa para un alto en la huella: cazador y caballo necesitaban reponerse. Al llegar, encendí fuego y saqué carne de la fiambrera plegable. Estaba un tanto ennegrecida y exhalaba un leve tufillo, pero previa lavada, terminó en exquisito asado que precedió a una larga siesta y una tarde de ocio.

Antes del amanecer, desde la cama, oí bramidos y cascos contra las piedras a pocos metros, solo cruzando el arroyo. Esperé a que clareara y salí al frescor casi invernal. Alrededor, todo eran gritos, ronquidos y atropelladas. Excitado por la inesperada oportunidad, – tantos días en el cerro y estaban al ace de la mano – con las primeras luces crucé temiendo resbalar en el musgo de las piedras, y apunté mis pasos hacia uno de los dos o tres más cercanos. Utilizando una fila de castaños para cubrirme, avancé confiado hasta que, en un claro, aparecieron algunas hembras ramoneando: el amo no estaba lejos… Con la culata apoyada en una horqueta, las miraba a través de la mira tratando de adivinar desde que ángulo entraría al visor mi rival. Pero ellas tenían otros planes: iniciaron el tranco y desaparecieron tras el semental que, poco después, lanzó sus últimos reclamos. Me consolé pensando que tenía nuevo cazadero y volvería a intentarlo, ya que la cuadrilla había copado ese territorio y regresaría. Lo mejor sería apostarme en medio de su bramadero, – no muy difícil de encontrar por sus huellas y destrozos – y esperarlos mucho antes de la noche: con suerte y el tenue resplandor de las estrellas, tentaría al destino…

Seis de la tarde. Con el termo, mate y comida para la larga espera, vería si apostado lograba lo que no recechando.

Atardecía cuando comenzaron a los bramidos, aislados en el día, que anunciaban que los ciervos abandonaban las rocas y alturas para atacar sembrados y castañas. Casi a medianoche, podía escucharlos rompiendo ramas, haciendo sonar las cuernas y berreando desaforados, pero algo salió mal. Cuando las hembras sobrepasaron mi posición, el viento hizo lo suyo: desbandada y más bronca.

Comenzaba la segunda semana, era necesario cambiar de monta y – con el rabo entre las patas – recurrir a la baquía de Otto.

Abril agonizaba, y el frío se hacía sentir cuando llegué a su casa a mediodía, justo para el asado… Almorcé con el veterano, asombrado por mi fracaso temporal, y ufano por la cantidad de ciervos de buenas cabezas que había visto durante sus recorridas. Por último, le pedí caballo y, si estaba disponible, me guiara durante algunos días. Luego de hablar por radio con su jefe, y sin objeciones, convinimos en volver a encontramos en el campamento por la mañana.  

Lo esperé con unos mates, planeamos, ensillé mi nuevo flete, y sin olvidar nada, sobre todo abrigo, a media mañana encaramos hacia la nueva etapa.

No me atrevía a fijar el rumbo. Con las riendas sueltas, fui tras él hacia el norte, escalando una loma que conducía al linde con la vecina estancia Cerros Colorados, propiedad de mi amigo Martínez de Hoz. Si había que saltar alguna valla, no sería problema…

A unos 500 metros de altura, comenzaron los problemas: zanjones y farallones competían para obligarnos a grandes rodeos, caminar con las bridas en la mano y resbalar a cada paso por la fina llovizna que comenzó a caer.  

Mi compañero desapareció sin aviso. Una hora después, volvió agitado y eufórico:  unos mil metros adelante, doblando un recodo y sobre una planchada de lajas, halló una manada guiada por un ciervo que las acorralaba, pero no bramaba. Rifle al hombro, asombrado por su agilidad y empeño, compruebo intrigado que en lugar de retomar la senda por la que llegó, comenzó a escalar un repecho. Un minuto después comprendí: Trataba de entrarles con buen viento desde la cima. Y así fue. Apenas la alcanzamos, al asomar la cabeza recibí un fuerte soplo en la cara. Pestañando por las diminutas gotas que azotaban los ojos, todo tomó color de rosa: el guampudo era de gran porte y hermosas cuernas: mi ciervo… 

Zaino oscuro, con algunas motas blancas, las paletas anchas como una cuarta y ribeteada con numerosos pitones, rodeaba sin prisa al séquito, pero, por alguna razón en silencio. Cuanto busqué tantos días, Otto lo halló en medio…¿Suerte o baquía? Seguramente ambas cosas.

Pero no hay guiso de liebre sin liebre, después de tantos fracasos, no había que cometer errores…

Podía haber intentado un disparo desde el filo – 300 metros – pero preferí acortar distancias y lograr un tiro a mi medida. En tres o cuatro breves carreras entre camuflajes, encontré el apoyo ideal. Solo temía algún remolino inoportuno o un puto guanaco alcahuete… Plegué el sombrero sobre una pirca, apoyé la culata y metí la hermosa estampa en la mira, sin animarme a tirar en movimiento. Súbitamente, se acercó a una hembra pintada como un axis, y encabritándose sobre sus patas traseras, apoyó las otras sobre el lomo, apuntó el largo miembro erecto a la vagina, y con un solo empellón concluyó el coito que engendraría otra vida. Cuando se apoyó en el suelo, los 180 grains letales lo abatieron sin pena y con gloria.

Los ecos del estruendo, como aplausos, rebotaron entre paredones milenarios mientras recargaba otro cartucho. Atento a cualquier reacción inesperada, no oí a Otto que llegó agitado sin ahorrar felicitaciones. Ansioso, troté hasta el alambrado, crucé entre sus hilos y me aproximé lentamente. Un metro antes me detuve: respiraba. Apoyé el arma y me acerqué desde atrás, empuñando en la diestra el cuchillo, intenté aferrar una vara con la zurda, pero apenas lo rocé, lanzó un cabezazo con las fuerzas que le quedaban, asestando un astil de la paleta en medio de mi pecho. El golpe y el asombro me sentaron de culo, si bien un segundo más tarde apoyó definitivamente la cabeza en tierra…

No sabía dónde, exactamente, había recibido el pitonazo, pero al abrir la camisa, la camiseta mostraba una mancha de sangre a la altura del esternón, que se expandía rápidamente. Metí el dedo en la herida, y palpé lo que indudablemente era hueso…   

Otto llegó corriendo, ayudó a quitarme la ropa, – ya que un cosquilleo extraño impedía mover los brazos parcialmente – dejando la herida a la vista. Afortunadamente, el alemán llevaba a la espalda mi mochila, donde estaba el botiquín de campaña. Lavamos lo mejor posible el buraco (agujero) taponamos con polvo desinfectante y emparchamos con gasa y cinta adhesiva. La incomodidad pasó rápidamente, como la descarga de adrenalina, y luego de un rato de relax, asumimos que todo fue una desgracia con suerte: unos centímetros más abajo estaban órganos vitales, y si pasaba entre las costillas, el corazón.   

Poco pude hacer para colaborar con el estoico baquiano a prueba de fuego, que rápidamente desmembró la cabeza, me ayudó a montar y tomó el tranco por el mejor atajo. Sobró tiempo para reflexionar sobre los cuidados y precauciones que demanda una buena faena venatoria, entre ellos cuidar el pellejo… Me lamentaba, entre otras cosas, no haber plasmado la imagen de mi trofeo, pero mi estado lastimoso y sangriento no era el mejor para la foto.

Al arribar a la estancia me dolían hasta las pestañas: por increíble que parezca, el dolor se extendía hasta las piernas… Nos recibió el encargado, que viendo tanta sangre en la ropa, imaginó lo peor. Lo tranquilizamos relatando brevemente los episodios y consecuencias. Apeé como si tuviera los años de mi colaborador, y por fin me senté bajo una eterna ducha caliente. Curaciones de verdad, un par de horas de reposo, y milagrosamente, antes de la cena. estaba en la galería con un trago en la mano.

Al otro día, dos peones fueron por la carneada, otros dos me acompañaron para levantar el campamento y, siguiendo el consejo de mis amigos, reposé todo ese fin de semana que marcó el término de la accidentada cacería.

Obviamente, no podía regresar sin abrazar – le placiera o no – al factótum que hizo posible el abate, me socorrió y regresó a salvo. Jamás olvidaré su abnegación y coraje.

Suscribite al canal de Cazador en
YouTube

Suscribite al canal de Cazador en YouTube

Suscribite a nuestro canal de YouTube y descubre con nosotros distintos cotos de caza de la República  Argentina.
Conocerás el establecimiento, los servicios que ofrece, las especies a cazar y toda la información que el cazador quiere saber.

Seguinos también en