Me es difícil relatar una experiencia cinegética, porque creo nunca encontraré las palabras adecuadas que representen todas esas emociones que siento al cazar, pero intentaré hacer lo mejor posible…
A fines de agosto del 2013 me llama mi amigo Claudio -ex cliente- ahora amigo. Vale hacer esta salvedad, ya que nuestra amistad nace años atrás, mediante una cacería de ciervo colorado que compartimos, ocasión en que fundimos una amistad que perdura y haremos perdurar seguramente de por vida.
Me manifiesta el deseo de venir con su hijo Lautaro, para que cace su primer antílope en un campo en el que yo operaba, en Jagüel del Monte, La Pampa. “Liviana” tarea la que me encomendaba mi amigo, iniciar a su hijo en la caza mayor y con antílopes en los médanos del Jagüel… nada sencillo, pero con gusto acepté.
Llegamos juntos y de madruga a la estancia, donde lo primero que hicimos fue cargar energías con un buen desayuno, para luego cambiarnos y preparar nuestros equipos.
Antes de que amanezca ya nos encontrábamos próximos a una de las zonas con más tránsito de antílopes dentro del campo, por lo que decidimos dejar ahí la camioneta para comenzar nuestro rececho. Lautaro se echó al hombro su Browning .243 Win. y salimos en busca de su antílope.
Mi joven amigo nos sorprendió gratamente, abatiendo su primer antílope a brazo alzado y a una distancia de 180 m (medido por telémetro) de un disparo fulminante y letal.
Luego de los festejos y las felicitaciones correspondientes a su bautismo en la caza mayor, decidimos con Claudio aprovechar el resto del día para cazar nosotros, ya que hacía bastante no compartíamos una salida.
¡Y es acá donde quiero enfocar mi relato!
Tomamos la camioneta y nos trasladamos a otro sector del campo, donde conocía que también podíamos encontrar antílopes.
Una vez que descendimos, preparamos rifles y mochilas con lo justo y necesario e inmediatamente salimos a cazar.
Comenzamos subiendo hasta la punta de un médano para observar desde ahí con nuestros binoculares el movimiento de los animales. No habían pasado más que minutos, cuando observamos a unos 600 m nuestro, una de esas situaciones que muy pocas veces se presentan. Dos negros y grandes machos (rondarían los 50 cm de largo en sus cornamentas), caminando a la par y a tranco parejo, y a unos 100 m detrás de ellos, venía un bayo que era un “TORTÓN”.
De inmediato y notando que se nos alejaban cada vez más, decido que debíamos salirles al cruce y/o mínimo, acortar distancias de tiro. Tomamos una cañada sucia y comenzamos a correr en diagonal y agachados tras ellos, hasta llegar a una isleta donde yo creí, tendríamos buena distancia de tiro, pero quedamos cortos en nuestro intento… y con lo justo alcanzo a ver cuándo sus aspas desaparecían tras un médano a unos 200 m de donde estábamos.
Fuimos nuevamente tras ellos, salteando como podíamos las dificultades que implican recechar a estos animales en pelados médanos, aunque teníamos a nuestro favor que iban con viento de frente y su rumbo bien definido.
Hasta que en un momento dado, los machos comienzan a correr, creí que nos habían visto y huían de nosotros. También creí que no volveríamos a ver esas “tortas”.
Nuestro plan ahora era llegar hasta la loma del médano, donde los perdimos de vista y en base a lo que pudiéramos observar, decidiríamos si seguíamos detrás de ellos o no. La persecución nos había llevado a cruzar un cuadro completo (2.500 m), más de la mitad de un segundo. Corriendo y en gran parte agachados por esos pesados médanos. Ya el cansancio se hacía sentir…
Nos asomamos cuerpo a tierra y para nuestra sorpresa, ahí estaban. Los machos habían encontrado su manada y de seguro era el motivo por el cual corrieron cuando pudieron ventearla.
La “torta”, estaba a unos 120 m nuestro, de orejas caídas y cuello inflado, observando como sus compañeros correteaban hembras, pero sin intervenir ni sociabilizar con la manada.
Es acá cuando comienza nuestro cruce de palabras.
-Agustín: No quiero meterte presión…. Pero es de los que no se ven todos los días y puede ser el antílope de tu vida, no desaproveches esta oportunidad.
Claudio: No sé a cuál tirarle…
Agustín: Al bayo, es hermoso y muy largo.
Claudio: Noooo, tiene solo dos vueltas, los negros que están con las hembras, uno tiene tres y es muy grueso y el otro tres vueltas y media.
Agustín: Listo, tirale al que quieras que yo le tiro al bayo (mientras comenzaba a prepararme).
Fue la frase detonante (ya nos conocemos y sabe que cuando cazamos juntos, le doy la posibilidad de tirar primero a él, pero también sabe que cuando le digo que si no tira él, voy a tirar yo, es porque considero que es bueno) y lo desconectó de un disparo.
Cuando nos acercamos y pudimos apreciarlo detenidamente, notamos que no me había equivocado y estábamos frente a un muy buen antílope de la india, de los que no se cazan todos los días. Qué alegría teníamos, nos abrazamos y las lágrimas se apoderaron de nosotros. ¡Ni contar cuando puse la cinta y marcó 61 cm de largo!!!
Moraleja: ¡Hay bayos muy buenos y no siempre el largo de la cornamenta, va de la mano con la cantidad de vueltas!
Agustín Jensen
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