¿Por qué luchan y mueren los Dogos?

Por  Agustín Nores Martínez.

Me ha parecido oportuno concluir mi libro sobre el DOGO ARGENTINO transcribiendo este artículo que publiqué en la revista Diana, ejemplar de agosto de 1967, en que relato hechos reales, que prueban concretamente la utilidad de la raza, como colaboradora del hombre en la caza mayor y en la lucha contra los depredadores de nuestra ganadería.

Hace pocos meses, los periódicos y radios del país se hicieron eco y ocuparon extensamente de la forma heroica en que murió un Dogo Argentino, en lucha con un jabalí, en Choele Choel. Ese Dogo -Day de Trevelin – tuvo la suerte de luchar y morir en presencia de periodistas americanos y argentinos y fue filmado y fotografiado en acción. Ello dio trascendencia a su muerte y lo lanzó a la popularidad, tanto aquí como en el exterior, ya que en Estados Unidos también los periódicos se ocuparon de él.

Para quienes no han tenido la oportunidad de ver los dogos en acción y en lucha con un jabalí europeo, de afilados colmillos, les resulta sorprendente y hasta inusitado que un perro trabado en lucha con un animal que lo supera en muchas veces su peso y en armas de combate, no abandone la pelea, hasta vencer o morir. Pero esa es la consigna del Dogo Argentino.

La muerte de Day de Trevelin, hermoso ejemplar que hace cinco años enviáramos desde aquí a Biló, me trae a la memoria algunas anécdotas de luchas y muertes de dogos de las que hemos sido testigos presenciales o tenido noticias fidedignas.

Tratemos de recordar algunas.

Para Semana Santa del año pasado, al regresar a nuestra casa de Esquel en el Domingo de Pascua de un viaje en avión a Punta Arenas, nos encontramos que un camionero había traído y depositado en manos del servicio doméstico, un dogo prácticamente deshecho y con tantas heridas en su maltrecho cuerpo, que parecía imposible que sobreviviera a tanto traumatismo.

El perro no era de mi propiedad y al principio no lo reconocí, pues estaba desfigurado por lesiones e hinchado.

Llamé a uno de los veterinarios de Esquel, el doctor Nuñez, quien le prestó sus más solícitos cuidados y, ayudado por mí y un amigo, le cosimos las heridas y le hicimos las curas de emergencia. Poco a poco se fue recuperando, hasta que salió a flote.

A los pocos días pude ubicar a su dueño, el señor Pastor Pocha, capataz en la estancia de don Elías Owen, en Trevelin. En dicha estancia nació el ya famoso Day de Trevelin y allí me informaron de lo ocurrido.

Don Elías con su capataz Rocha, había salido de a caballo a revisar una hacienda al atardecer del día Viernes Santo y sólo llevaron a Olvido de Trevelin, uno de sus dogos, hermano de lechigada de Day, y a un ovejero. Enseguida que entraron al monte, el dogo olfateó un jabalí y se lanzó en su persecución. A los pocos minutos sintieron la lucha sorda del dogo y la bestia, mientras el ovejero con sus continuos ladridos les indicaba el lugar del drama. Anochecía y la penumbra no les permitía o hacía muy penoso el avecinarse hasta el trágico lugar de la lucha, sin más armas que sus cuchillos de campo.

Recordaron que pronto saldría la luna llena y a prudente distancia fueron siguiendo de a caballo en medio del bosque, la lucha del dogo con el jabalí, orientados siempre por los ladridos del ovejero, ya que el dogo, sin soltar la presa no emite ningún sonido y el jabalí, cuando es macho adulto, tampoco grita y pelea en silencio, sin hacer más ruido que el que se produce al sacudir el cuerpo del dogo contra los troncos y ramas, tratando de desprenderse de su atacante.

Transcurrió, así como media hora, rápido de decirlo, pero; que parece un siglo y son vitales cuando se está frente a una lucha tan desigual y en medio de un bosque cordillerano y de noche.

Salió al fin la luna llena y don Elías y su capataz pudieron arrimarse, echando los caballos contra el enorme jabalí y no sin riesgo pudieron tomarlo de una pata, mientras el malherido dogo lo sujetaba de la cabeza, y terminaron con él a puñaladas.

El dogo era una sola mancha roja que contrastaba con la albura de su pelo, que aquí conserva una blancura inmaculada, lavado por la nieve y el agua que en la cordillera tanto abunda.

Despanzaron la presa, que se trataba de un enorme jabalí macho adulto, y lo cargaron sobre uno de los caballos. Mientras tanto, el dogo desapareció y por más que lo llamaron, no pudieron dar con él. Pensaron que habría muerto, ya que el dogo al sentirse morir o muy herido se esconde en la maleza y con la tristeza natural al hecho, regresaron al casco de la estancia.

Pasó toda la noche del viernes, el sábado y el domingo por la tarde, venía un camionero por la ruta de Valle Frío, encontrando que regresaba en dirección a la estancia el dogo y que apenas caminaba. Pensó que era de mi propiedad y por eso lo trajo hasta mi casa de Esquel.

El dogo Olvido de Trevelin había luchado solo, mano a mano, más de media hora, de noche, en medio del bosque, con un jabalí que lo aventajaba mucho en peso y malgré estar muy herido por los colmillazos de la bestia y magullado por los golpes contra los troncos.

Felizmente pudo recuperarse y a los quince días se lo llevé a su dueño, ya completamente restablecido.

Muchas veces más fue malamente herido, cazó innumerables pumas y jabalíes, antes y después del hecho narrado, hasta que hace pocos meses fue muerto al fin, por un jabalí, cazando en Río Grande.

Tres hermanos suyos, y, por ende, de Day de Trevelin, han muerto en iguales circunstancias, es decir, que de esa lechigada murieron cuatro en su ley, viviendo actualmente dos: Dele de Owen, que tiene el señor Biló, y Facundo, en nuestro poder. *

Cuando regresé hace diez años para establecerme definitivamente en Esquel, traje cinco dogos adultos, todos cazadores. Se los presté al mayor Sustaita, para cazar jabalíes y pumas en su estancia La Diana en El Corcovado. Su capataz Jaramillo cazó con ellos muchos jabalíes y pumas en un invierno.

Alicacha, un hermoso dogo nacido en La Pampa, fue muerto en la cordillera por un jabalí después de haber vencido ese mismo día a un puma, cuya cabeza guardo embalsamada como precioso trofeo.

La altura, la nieve y lo intrincado del bosque impidió a Jaramillo, que es un experimentado cazador y hombre de campo, llegar a tiempo para ayudar a Alicacha, que ya había muerto con la carótida seccionada. Los otros dogos estaban malamente heridos, pero se salvaron.

Al poco tiempo, una doga que iba en persecución de un zorro colorado, se tiró desde varios metros de altura contra el zorro, que se había refugiado en una cornisa de la montaña, y ambos se fueron al abismo, muriendo los dos en la caída. Guardo también la cabeza del zorro, que por su gran tamaño más parece la de un coyote americano.

Un hijo de esta pareja, nacido mientras estuvieron en El Corcovado y que Jaramillo obsequiara al estanciero vecino don Alberto Sánchez, fue también muerto por un jabalí después de haber cazado muchos y haber sido herido innumerables veces. El señor Sánchez tuvo la deferencia de preparar en un escudo los colmillos del jabalí que mató su dogo y obsequiármelos, los que guardo en mi colección.

Acabo de bajar de la cordillera del Percy al dogo Ñanco, que es de propiedad del estanciero don Juan Goya. Lo he traído para cría, pues es un extraordinario cazador. Su cuerpo cubierto de cicatrices, parece un samuray japonés. Tiene 4 años y me informan que ha cazado, en ese tiempo, muchos jabalíes, zorros y pumas.

Cuando me lo trajeron, venía de estar tres días caído en una quebrada de la montaña, a donde fue a parar tras un zorro. Lo encontró el puestero Avilés, que caza con él, y con el zorro ya muerto a su lado. Felizmente salvó su vida.

En la estancia que el Dr. Argentino Ventura tiene en El Corcovado, su encargado de apellido Corro tiene un dogo, Yack, que ha cazado innumerables jabalíes. Camina en tres patas, porque en una de las luchas le cortaron la pata derecha a la altura del garrón, la que además por falta de uso se le ha encogido.

Aún con esa insuficiencia física, continúa cazando y recorre diariamente los montes siguiendo a su amo. Hace poco me han obsequiado la piel de un puma muy grande, que lo mató en lucha mano a mano, en plena cordillera.

Por casualidad llegó ese día a su estancia el Dr. Ventura y viendo al dogo tan malherido, le practicó las curas necesarias y le salvó la vida. Cuando me relató el hecho, estaba impresionado todavía por la descripción que en el lenguaje simple del hombre de montaña le hizo el amo del perro, relatándole la lucha que éste había tenido en lo más abrupto de una quebrada, abrazado al león, mientras aquél se veía imposibilitado de prestarle ayuda con su cuchillo, por la distancia y la maraña del bosque.

Como ese dogo tiene ya ocho años y es un semi inválido, que sigue el caballo de su dueño y recorre el bosque a fuerza de coraje y entusiasmo, pero sin duda a costa de ingentes sacrificios, se lo he pedido a su propietario y lo tengo en mi poder, para utilizarlo como padre y a fin de que tenga una vejez tranquila y sin penurias. Es un verdadero héroe de guerra, por sus cicatrices y amputaciones.

En mi vida de diplomático he conocido muchos hombres que tenían sus pechos llenos de condecoraciones y cruces, inclusive que ostentaban con jactancia el pequeño botón de la Legión de Honor. Que me perdone el Derecho Internacional y sus voceros, pero tengo para mí, que muchos de esos condecorados no tendrán mayores méritos que este valiente e ignorado pero aguerrido y meritorio luchador de la cordillera austral.

Sin duda que los grandes poetas como Lord Byron y William Spencer le habrían dedicado gustosos algunos de sus sentidos poemas, como los que dedicaron en sus tiempos a los nobles Maida y Gelert, respectivamente.

En carta que he recibido del señor Jordana Baro, propietario de la estancia Río Meseta, en Puerto Santa Cruz, que llevó hace algunos meses una pareja de dogos, me relata lo siguiente: Su hijo salió al campo de a caballo con los dos dogos, que aún no habían cumplido el año. Muy alejados ya del casco de la estancia, cada dogo tomó un rastro y se perdieron tras los mismos. Ante la imposibilidad de seguirlos, regresó el hijo, solo, para volver con su padre en busca de los perros. Al cabo de algunas horas de búsqueda, los encontraron, muy alejados uno del otro. Y cada uno había muerto su puma, y estaban echados al lado de sus respectivas presas.

Y para terminar estos relatos, me referiré a una fotografía que ilustra este libro. La perra que aparece muerta en primer término (pág. 48), en el medio, estaba prendida con su boca, como tenaza, de un muslo del jabalí, ya muerto. Como al decirle que soltara la presa no lo hacía, la movimos y cayó de lado. Estaba ya muerta y no había soltado. Cualquier comentario huelga.

Cansaría al lector si me pusiera a recordar todos los casos de mi conocimiento en que nuestros dogos han luchado «to the end» o han muerto en pelea. Es su destino. Pero todos estos fieles y valientes compañeros de caza que acabo de recordar, como tantos otros que escapan al recuerdo o a mi conocimiento, no tuvieron la suerte de morir delante de periodistas o «cameramen», como el valiente Day de Trevelin, y murieron en el anonimato, como el soldado desconocido, que ofrenda su vida por la Patria sin dejar su nombre para la estatua o para la historia. Son ya innumerables los Dogos Argentinos que «han muerto en la forma heroica con que lo hizo Day de Trevelin, dejando sus cuerpos inertes, bañados de sangre, verdaderos mojones blancos y rojos de coraje criollo, a lo largo y lo ancho de nuestra Patria.

Es a esos dogos que mueren silenciosamente, que no tiene más tumba que la verde gramínea de los campos vírgenes, ni más mortaja que la nieve, ni más lápidas que los cohiues y alerces milenarios o el picacho de nieves eternas, a quienes quiero rendir mi emocionado y agradecido recuerdo.

Confieso sin hesitaciones que cada vez que me entero que un dogo ha muerto en su ley siento, junto con la tristeza inherente al hecho penoso, esa especie de orgullo que deben haber sentido las madres espartanas cuando, al despedir a sus hijos que iban a la guerra, les decían, al entregarles el escudo: Vuelve con él o muere sobre él . . .

Sabe Dios que, hasta la fecha, todos los dogos han sabido triunfar en la lucha o caer como Day de Trevelin. Por eso el monumento que la casa Winchester levanta a ese dogo, será también un monumento a tantos otros dogos que, en el anonimato, silenciosamente, como soldados de fronteras, han cumplido con fidelidad la consigna de la raza, que, como un sueño de niñez, les impusimos hace más de cuarenta años con mi hermano Antonio: TRIUNFAR O MORIR EN EL COMBATE.

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