Raza de Valientes


Por Carlos Rebella.

Creo que nada es más esclarecedor, para esta crónica de recopilación de datos, que reproducir una carta que me enviara el Dr. Agustín Nores Martínez, como una manera de mostrar al lector mi intimidad con uno de los actores más importantes en la historia del Dogo Argentino, y a través de ella, presentarme aportando información seria, desinteresada y objetiva, ya que nunca desarrollé actividades comerciales que implicaran venta o intermediación de perros, sin que esto signifique – ni remotamente – una sospecha peyorativa sobre esta actividad, que considero imprescindible, sin que escapen a las generales de la ley: hay criadores y monteros buenos y malos.

Esta contribución viene a cuento, para intentar aclarar, entre otras cosas, la tan trillada historia acerca de quien es el padre de la única raza canina criolla, que nos enorgullece a todos.

Se han publicado, en varios medios cinófilos, abierta o solapadamente, notas que insinúan o aseguran que el Dr. Agustín Nores Martínez, se adjudicó méritos que no le correspondían.

Para poner las cosas en su justa medida, comenzaré por transcribir algunos párrafos del prólogo de su libro “el Dogo Argentino”

 

… Pero de cualquier forma y para evitar en el futuro errores de información, he decidido publicar este folleto, ya que los años no pasan en vano, y habiendo desaparecido mi hermano Antonio, el verdadero creador de la raza, que puso en ella sus conocimientos científicos y su gran pasión cinófila, me corresponde hacerlo en misión clarificadora, y para que ninguna duda quepa en el futuro, en lo atinente al origen y formación del Dogo Argentino. Quiero, asimismo, dejar aclarada otra circunstancia que me incumbe. En muchas publicaciones se me atribuye la formación de la raza, pero repito, el verdadero creador y formador del Dogo fue mi hermano mayor, quien además de sus conocimientos y pasión cinófila, utilizó todo su fervor de cazador empedernido… He sido testigo personal de los sacrificios que significaron para él, la formación de la Nueva Raza, sus desvelos, sus sinsabores, sus desfallecimientos y sus esperanzas hasta la culminación de su obra. Pensando en ello y viendo el fruto de sus esfuerzos, no he querido que su sueño, hecho realidad, se desvaneciera, y por eso, desde su fallecimiento, he continuado con su obra de selección – ya que a su muerte la raza estaba perfectamente definida – obteniendo el reconocimiento oficial de la raza, llevando con seriedad los registros genealógicos, y tratando de obtener el standard que fijamos hace muchos años…”

 

Hasta aquí, un verdadero gesto de caballero, que aventa calumnias y suspicacias de mentirosos interesados. En adelante, estimado lector, permítame repasar los acontecimientos comprobados, documentados, y en lo posible con testigos, dejando de lado subjetividades e intereses comerciales.

Respetando la cronología en la historia del Dogo, creo que debemos comenzar por escuchar a su creador, el Dr. Antonio Nores Martínez, prestigioso médico, que comienza uno de sus jugosos artículos, publicados por la decana Revista Diana en 1944, diciendo:

 

“… La pelea entre perros, practicada en la provincia de Córdoba y otras, tienes sus raíces en Inglaterra, donde no solo se los enfrentaba entre sí, sino contra toros bravos, y hasta contra hombres audaces que aceptaban el combate. Hasta dónde esas costumbres estaban arraigadas en la sociedad europea, lo muestra el hecho que Goya, pintó una tela que tituló “Echan perros a los toros”, que se encuentra en el museo del Louvre…”

 

Los libros de Don Antonio, donde constan las citas que transcribo, “El Dogo Argentino” – editado en Córdoba en 1977, y “El Dogo Argentino” editado en Buenos Aires en 1989, casi imposibles de conseguir, pueden obtenerse para lectura, sin embargo, en los archivos de la Biblioteca Nacional, ubicada en la calle Agüero 2502 Capital Federal. El primero está registrado: Ubicación Física 52 AH555108, Nº Inventario 00214449, y el siguiente, Ubicación Física 52CG154138, Nº Inventario 00198785.

Los textos y sus interesantes conclusiones muchas veces citadas por su hermano Agustín, destacan lo siguiente:

 

“…Por mi parte, estoy convencido que el perro de presa, como el atleta, debe guardar un canon entre lo morfológico, armonía, proporción y la funcional correlación armónica…El Dogo debe ser pesado entre las razas de presa, para que a los livianos, les gane con el peso, y a los pesados con la calidad de la herencia…Se cumple así lo enunciado por el Dr. Agustín Nores Martínez en su artículo “Herencia Ancestral y Gimnasia Funcional en el Perro”, (Diana, 1944), sintetizada en la fórmula (P+M)x E, es decir padre más madre, por educación o gimnasia funcional, fórmula válida para todas las especies, ya que es una Ley General: Herencia + Educación. Termina diciendo: “Por este esbozo de nuestra labor, podemos decir, sin ambages, que se ha logrado una nueva raza…”

 

La primera aparición del Dogo Argentino (aún no reconocido como raza) en una exposición, fue en La Rural de Palermo, Buenos Aires, en Julio de 1963.

Al año siguiente, el 21 de mayo de 1964, el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Dr. Juan O Farrel, da cuenta de las conclusiones de la Sub Comisión de Caninos manifestando:

 

“… Que ha estudiado cuidadosamente la presentación del Club de Criadores del Dogo Argentino, como así también los ejemplares expuestos en las últimas dos exposiciones, concluyendo en que no existe duda, que se ha llegado a la creación de una nueva raza canina, con características típicas y de gran utilidad para el campo argentino…”

 

 Acto seguido se abren oficialmente los Registros Genealógicos de la Sociedad Rural Argentina, para recibir al Dogo Argentino.

Mas tarde, la Federación Cinológica Argentina, encomendó a una Comisión de Notables, el estudio de los antecedentes presentados por el Club de Criadores del Dogo Argentino, que solicitaba el reconocimiento oficial de la raza. El Sr. presidente de la Federación, se expide en los siguientes términos:

 

“… Según la definición clásica, raza es el agrupamiento de individuos de la misma especie que adquieren, bajo la influencia natural, o por la intervención humana, características morfológicas comunes que trasmisibles por herencia…

 

Quienes asumimos la responsabilidad de firmar el despacho favorable, de la Comisión de Pedigree de la Federación Cinológica Argentina, ante el pedido de reconocimiento, creemos que los extremos mencionados se han cumplido. Para ello, no solo ha bastado la observación de la estructura de un buen grupo de Dogos Argentinos, en Exposiciones, domicilios particulares o cuanta oportunidad se tuvo para examinarlos debidamente, sino que se han recibido testimonios fehacientes de poseedores de dichos animales, y todos ellos han resultado concomitantes como para que se haga fe que, realmente, se ha conseguido fijar características raciales que diferencian a estos individuos, de otros de la misma especie…

Para apreciar la evolución de la misma, es necesario partir, no de la fecha en que se redacta el standard, (ya que la raza estaba ya formada), sino de la antigua existencia del “Perro de Pelea Cordobés”, que data de fines del siglo XIX, y que habiendo una cierta firmeza a principios del siglo XX, es favorecido por una prolija selección de ejemplares, a los que se fortalece con el aporte de sangre de otras razas, la mayoría de las cuales no le son genéticamente extrañas, pues ya habían participado de su formación… El Dr. Antonio Nores Martínez es quien redacta el standard oficial definitivo, y si bien en la actualidad se ha logrado una mayor tipicidad en la raza, desde aquella época los Dogos Argentinos, han demostrado tener características morfológicas e intelectuales que los distinguen y se repiten en sus crías.

Con estos argumentos, la Federación Cinológica Argentina, abrió los Registros Genealógicos del Dogo Argentino, donde asentó al legendario Kob de las Pampas con el número 1, considerado como un arquetipo de la raza.

El reconocimiento internacional llegó varios años después, cuando la F.C.I. (Federación Cinológica Internacional), entidad fundada en el año 1911 por Alemania, Austria, Países bajos, Bélgica y Francia, y a la que están asociados 88 países, inscribe, en el año 1973, al Dogo Argentino como nueva raza canina Argentina.   

Sería largo y árido detallar las características del cráneo, la cabeza (Nores distingue a ambas), cuerpo, color y medidas. Creo que, para los dogueros y cazadores con jauría, basta con citar que el standard de nuestro perro se sintetiza en su tamaño: 60-65 centímetros de altura y 40-45 kilogramos de peso. Los aspectos morfológicos del standard, son los que tienen en cuenta los jueces al evaluar ejemplares en las exposiciones, y los criadores, para seguir manteniendo el fenotipo.

Sin embargo, aún con un standard perfectamente definido, y aceptado por las entidades madres de la cinofilia, las acciones de algunos criadores y cazadores, que reproducen o utilizan al Dogo Argentino, se han dividido entre quienes lo respetan a rajatabla, y quienes creen que pueden modificarlo.

Al respecto cabe una reflexión comparativa: a nadie se le ocurriría comprar una Ferrari para alterar luego sus características. Si deseo una Ferrari, debo respetarla hasta en sus mínimos detalles, y ni por asomo pretender corregir la plana del Comendatore Don Enzo.

Con nuestro Dogo sucede algo parecido.

Cuando la raza estaba en los umbrales de la fama, muy lejos de los esfuerzos de Toño Nores Martínez, allá por 1920, muchos cazadores de verdad, aquellos que aceptaron el a puro dogo y cuchillo, y la reproducción impoluta, se abrazaron al Dogo Argentino con el cariño y la admiración por un perro que, no solo satisfacía sus necesidades cinegéticas, sino también sentimentales. No es secreto para nadie, que el Dogo atrapa al amo por su docilidad, valor, decisión para el ataque y fidelidad, entre otras virtudes.

Pero cuando más necesitaba la raza consolidar su standard, las necedades de ciertos criadores, o propietarios cazadores, introdujeron mutaciones estructurales, mediante la inyección de nueva sangre, o distintas proporciones de las que ya estaban en los genes del Dogo.

Para algunos era lento y no alcanzaba a la presa en la medida deseada; para otros era venteador y no rastreador; para los de más allá, las patas eran cortas para andar por el monte, y así sucesivamente, muchos de los que de una u otra forma recibieron o compraron Dogos, agregaron su granito de arena para alterar el standard y perjudicar a la raza. Bien a la criolla, éste cruzaba con galgo con pretextando lograr velocidad; aquel con Pointer en busca de olfato, y el de más allá con ovejero, para que fuera manso… Todas estupideces irresponsables y torpes.

Cazadores, criadores, puesteros y hacendados, creyeron – de buena fe – que el Dogo poseía las increíbles condiciones reconocidas, aceptadas y demostradas en todo el mundo, pero que además debía saber inglés, francés y computación, sin razonar ni comprender, que todo lo que podía dar cada raza aportante, ya está inserto en sus genes, y cada búsqueda de nuevas virtudes, sería en desmedro de las originales.   

No pensaron, tampoco, en las nefastas consecuencias que, como un efecto dominó, desataría una competencia por ver quien corregía más defectos de nuestro ilustre perro.

Así comenzaron a aparecer Dogos livianos, ultralivianos, pesados o ultrapasados, venteadores o rastreadores, cabezones o agalgados, en una avalancha de experimentos que inundó al país con perros out-standard.

Paradójicamente, los ejemplares de la raza en estado de pureza, están en el exterior, o en uno de los extremos de la traílla que sujeta una señora gorda, paseándose por el centro de Buenos Aires, ya que muchos criadores perros verdaderamente puros, para las grandes ciudades, – el mejor mercado – sin apuntar a la caza, el monte, el jabalí o el puma: fabrican animales con irremediable destino ciudadano y exposición.

He recorrido durante más de medio siglo, en mis cacerías con jauría o sin ellas, decenas de estancias donde me encontré con una clara estela de degradación de la raza, con amos que, tristemente ufanados por su obra, mostraban ejemplares que de ella solo tenían vestigios, luego de ser cruzados hasta el hartazgo con otras. Comprobé, in situ, el accionar de cazadores que se jactaban de dogueros, con jaurías que eran una melange irreconocible. ¿Perros malos o inútiles?

Por cierto, no.

Muchos eran aguerridos, valientes y resistentes, capaces de enfrentar adversarios más grandes y fuertes.  Pero no eran Dogos Argentinos

Podrá parecer una exageración, pero aquellos que se creyeron capacitados para alterar la genética del Dogo impunemente, y lo digo respetuosamente, hubieran empleado mejor su tempo, creando una nueva raza a su gusto y paladar.

Recordemos que la antesala de la creación del Dogo fue la necesidad de un perro superador del Perro de Pelea Cordobés, que los Nores usaron hasta el cansancio para cazar todo tipo de animales de pelo. Y no era un Dogo. El objetivo de ellos no fue modificarlo, SINO CREAR UNA NUEVA RAZA, tarea a la que dedicaron buena parte de su vida.

Cuando consideró que las cualidades del famoso perro de pelea cordobés, no llenaban las necesidades de la caza en el monte, lo utilizó como BASE para intentar crear a una nueva raza, NO PARA TRANSFORMARLO.

Fue una tarea ciclópea si las hay, ya que, en aquellos lejanos días, convencer a las acartonadas autoridades de la cinefilia nacional e internacional, para que reconozcan a una nueva raza, era casi una utopía.

Así, con un objetivo fijado cuidadosamente, y una fina planificación táctica y estratégica, basada en aspectos científicos y prácticos, imaginaron las necesidades del perro que soñaba.

Estudiando las características de las distintas razas, y de la experiencia acumulada a lo largo de sus vidas de cazadores, supieron que era necesaria una raza criolla que, por sus condiciones somáticas, temperamentales, agudeza de sentidos, proporciones físicas, conformación del cráneo, modo de cazar, velocidad dentro del monte, valor para la lucha, entusiasmo para perseguir a la caza de pelo, y luchar contra ella hasta el último aliento, fuera útil para la caza mayor de nuestro país.

Obtenidos estos resultados – que lejos de ser pocos, son asombrosos – ¿qué objeto tiene modificar su standard? ¿Es creíble que, con solo adicionar sangre de galgo, pointer o bull dog, inventaríamos al Superperro?

No es extraño que ya por 1960, los creadores alertaran sobre el standard del Dogo con estas palabras:

”… Como en todas las razas caninas, y en especial con el Dogo Argentino, por ser una raza que hace poco tiempo aparece en las exposiciones, comienzan a manifestarse discrepancias entre los jueces, respecto a cómo debe ser y a cómo no debe ser la cabeza, el cuello, la cola o el cuerpo …”

 

 LA GESTACION DEL DOGO ARGENTINO

Muy sintéticamente, y tomando datos e información del libro de Agustín, se puede afirmar que una de las condiciones liminares que debía tener el nuevo perro, era recibir sangre de razas que conservaran indubitablemente condiciones típicas, y que fueran capaces de transmitirlas a sus descendientes.

“… Pero era necesario, partir de una base, que poseyera por lo menos alguna de las condiciones esenciales, para después, lograr que las distintas razas aportaran sus cualidades innatas, dentro del biotipo, hasta obtener esa especie de cocktail que se buscaba…”Decía Don Antonio, Toño para sus amigos.

Y todos sabemos que esa base, ese principio biológico, fue el Perro de Pelea Cordobés.

En la provincia de Córdoba – como en otras – eran comunes las peleas de perros y las riñas de gallos, costumbres incorporadas a nuestro medio por los colonizadores españoles.

En ellas descollaban varias cruzas de Mastín Español con Bull Terrier, o de Bull Terrier con Bull Dog, y otras en las que se notaba la influencia del los Boxer Alemanes.

De esa mezcla heterogénea e improvisada, surgió una selección natural que se dio en llamar el Viejo Perro de Pelea Cordobés, extraordinario para el combate, de tremendo valor y resistencia, capaz de morir combatiendo. Sin embargo, no reunía condiciones de olfato, oído y velocidad en el monte, y era extremadamente feroz con sus congéneres, lo que imposibilitaba la caza con jaurías, que peleaban continuamente.

Pero en cambio tenían una herencia ancestral extraordinaria: una gimnasia funcional de siglos que lo hacían portadores de valentía inaudita.

A este perro, cuyo manto era casi siempre blanco, o con algunas manchas grises, se le fueron incorporando distintas corrientes de sangre para evitar la consanguinidad.

Entre ellas, el Gran Danés Arlequín o Dogo de Hulm, para darle más alzada y buena cabeza; el Bull Dog Inglés, Bull Terrier, para acrecentar su valor, intrepidez, resistencia, insensibilidad al dolor y tenacidad en la lucha; el Boxer, con su vivacidad e inteligencia, para darle facultad de asimilación de aprendizaje sobre  ataque, defensa o guía de ciegos; el Mastín de los Pirineos, importado desde los Estados Unidos de Norteamérica, que acercó rusticidad, acentuó el manto blanco, le dio fuerza, resistencia y, en especial, una adaptación a todos los climas, típico de esa raza de montaña; el Pointer Inglés es el principal responsable del olfato del Dogo, y a él se debe la cualidad de venteo que lo caracteriza, y le evita rastrear con la nariz pegada al suelo, como los Hounds o Bassets, lo que hace que se desorienten y tarden más tiempo en llegar a la presa; el Irish Wolf  Hound le incorporó velocidad, y es el que, junto al Gran Danés y el Dogo de los Pirineos, le dio la talla definitiva; el Dogo de Bordeau, quizá no muy puro, que había en Córdoba y se usaba para peleas entre perros, se introdujo por su fuerte mandíbula, potente cabeza y gran valor. … Para evitar la consanguinidad y sus efectos nocivos, fue necesario formar varias familias, que surgieron de dos grandes ramas, que el creador del dogo llamó la familia Araucana, y la familia Guaraní.

Con el correr de los años, y al extenderse las ramas del tronco común, se fueron abriendo las corrientes y ya no hubo peligro de los excesos de consanguinidad. Esta larga experiencia llevó muchos años y muchas generaciones, reservando para crías a los ejemplares que más se acercaban al standard de la raza que redactó el Dr. Antonio Nores Martínez en 1928.

Al mismo tiempo que se inyectaba nueva sangre, se sometía a los nuevos ejemplares a una gimnasia funcional intensa y apropiada, haciéndolos cazar continuamente en nuestros montes del Centro, Norte y Sur de la República, tratando de que al hacerlo, fueran olvidando el instinto atávico de pelear entre ellos, tan arraigado en el Viejo Perro de Pelea Cordobés.

Las continuas luchas contra jabalíes, zorros, gatos de monte, pumas, etc., exacerbaron su encono contra estas especies, y el resultado final – luego de años y esfuerzos – fue que el Dogo es un instintivo cazador de dichas especies, a las que busca, persigue, acomete, y mata con extraordinario entusiasmo y atavismo.

Cabe destacar que las hembras son tan encarnizadas y resueltas para la lucha como los machos. Nores dixcit…”

 

DAY DE TREVELIN

He citado al Kob de las Pampas, que tuve la suerte de conocer en los últimos días de su vida, como uno de los arquetipos de la raza.

Pero como si el Dogo estuviera predestinado a trascender mundialmente, no solo por su estirpe y su condición de única raza argentina, sino por sus características físicas y funcionales, sería injusto omitir en esta reseña la vida, obra y muerte de Day de Trevelin, lo que no significa ignorar a centenares de ejemplares extraordinarios, nacidos en criaderos diseminados por todo el país.

Antes bien, este recuerdo abona el de todos los que pasaron por los caniles dogueros, corrieron en montes y cordilleras, vadearon ríos y desafiaron los fachinales más escabrosos, enfrentaron pumas, zorros y jabalíes, y dejaron en los cazadores que seguían su rastro, las emociones más puras y los recuerdos más duraderos de su amigo perro.

Day fue hijo de Uturunco, o Uturunco de Santa Isabel, como se lo llamó para identificar su procedencia, un muy buen Dogo que le regaló Francisco Nores a fines de 1950, a Agustín Nores Martínez, que lo trasladó a Esquel para cría y caza, ya que era un perro increíble.

Todo comienza cuando Agustín le presta un perro a Don Elías Owen, su vecino y gran amigo, como una muestra más de su generosa apertura para difundir la raza, obsequiando animales a lo largo y lo ancho del país. Ese can, fue el padre de Day. Owen, a quien Agustín no vacila en llamar … el cazador de jabalíes más completo…, cruza a Uturunco con Cholila del Chubut, y con la lechigada, nace Day de Trevelin, nombre del pueblo nativo de Owen.

Tuve la inmensa satisfacción de conocer a Don Elías en su estancia patagónica, y compartí algunas cazadas en las que me sentía un enano junto a esos dos monstruos de la montería criolla, sin mencionar a los perros, que a la sazón, eran la elite de la raza. Cabalgando estribo a estribo, empacamos al jabalí que sería mi primero a puro dogo y cuchillo, frase que Agustín hizo famosa.

Day, joven aún, pasa a las manos de uno de los más célebres cazadores con Dogos de la época , mi entrañable amigo Don Amadeo Chiche Biló, oriundo de la localidad de Allen, Río Negro, que lo recibe obsequiado por Agustín para su criadero Malal Conajén, donde comienza una larga vida de perro cazador y reproductor, descollando como uno de los ejemplares con más condiciones de campo, y un prontuario de centenares de jabalíes cazados junto a su nuevo amo, que lo adoptó como su largo brazo para alcanzar, empacar y ultimar a cuchillo a las bestias.

Pero como dice el refrán: tanto va el cántaro a la fuente…

En un recodo del destino, Day halló la muerte peleando como un titán contra un enorme verraco que, haciendo prevalecer la ventaja de triplicarlo en peso, y una involuntaria prolongación de la prendida, que lo agotó, recibió heridas que, a pesar de los esfuerzos de Biló para controlarlas, resultaron mortales.

Day no estaba solo, a pocos metros, un experto operaba la filmadora que atesoró el épico momento, guardando imágenes que llegaron al mundo cinófilo, acrecentando, si fuera posible, la fama del Dogo Argentino más allá de nuestras fronteras.

El impacto que causó la película que mostraba el encuentro montero, en E.E.U.U., hizo que la fábrica de armas Winchester, a la sazón asociada a Biló para introducir cazadores desde el país del norte, erigiera un monolito en el lugar de la lucha, en homenaje al valor del inestimable perro.

Como bien remarcó Agustín Nores Martínez “… el monumento es también para otros tantos Dogos que, en anonimato y silenciosamente, como verdaderos soldados de frontera, han cumplido con fidelidad la consigna de la raza que, como un sueño de niñez, les impusimos con mi hermano hace tantos años: triunfar o morir en el combate…” 

Lejos estaba de imaginar la trascendencia que tendría el perro al que contribuyó en gestar, y el futuro, que lo llevó a pasear su estampa por medio mundo.

No puedo olvidar mis estadías en su Nido de Cóndores, un paradisíaco rincón patagónico, enclavado como un mirador natural sobre la ciudad de Esquel. Allí aprendí mis primeras letras acerca de nuestro perro y la caza de montería, que, en esa lejana época, desconocía más allá de algunas leyendas que se tejían a la distancia.

Conocí al legendario Kob, enorme y bello perro con la cara surcada por infinitas cicatrices que, como condecoraciones, recordaban sus cruces con los pumas, y a quien Agustín acompañó cariñosamente en el retiro del guerrero, hasta el último día de su vida. También a Napoleón, su puma criado de cachorro, manso como cualquiera de sus perros, que vivía dentro de su casa, alternando el sofá del estudio, con trifulcas amistosas con un enorme jabalí, que compartía su hábitat. 

Con Agustín recorrí los pantanos de Fofo Cahuel, las planicies desérticas de la provincia, y un viaje inhumano a bordo de su viejo Jeep Willis, que arrastraba el remolque cargado con perros para presentar en una Exposición de la Sociedad Rural de Palermo. Su inveterada costumbre de conducir a muy poca velocidad, convirtió en un martirio los días que demoramos en arribar a Buenos Aires, ya que podía bajarme a caminar a la vera del vehículo, durante alguno de los repechos cordilleranos.

Alojé a mi amigo y sus perros en mi casa, ocupando una gran terraza y la bohardilla, desde donde – seguramente inquietos en un ambiente desconocido, lanzaban por las noches sus cavernosos lamentos, extraños para los perros domésticos del barrio, que aullaban aterrados…

La presentación en la Rural, uno de los recintos más selectos de la sociedad porteña, fue casi sainetesca: los perros, ignotos pero invitados especiales, tenían reservado un inmenso stand, donde los atraillamos guardando las distancias, ya que entre ellos había bastantes resquemores por el liderazgo de la cuadrilla. Rodeados por centenares de sus pares, desde mínimos Chihuahua, hasta gigantescos San Bernardo, todos preparados y acicalados durante meses para el evento, con peluquería y cosmética incluida, irrumpieron los Dogos. Esos guerreros que no conocían más peluquería que el viento andino, ni más champú que la lluvia y la nieve. Llegaban desde su reducto natural, y podría decirse que, hasta días atrás, andaban correteando jabalíes y pumas. Su manto níveo, que me llevó a bautizarlos en alguna nota como los ángeles blancos, estaba surcado por arañazos de alpataco, y cicatrices que dejaron garras y colmillos, todo un horror para las señoras emperifolladas y caballeros refinados, que protegían a sus perritos ante la presencia de los forasteros desconocidos, como si el diablo estuviera presente.

Y sí que lo estaba. Uno de los que por primera vez entraron a los muros con tanta historia, era precisamente Diablo, un perro de características extraordinarias, que desató el peor de los escenarios: enfrentado desde siempre con el Day, líder indiscutido a quien en varias oportunidades le disputó el reinado, aprovechó la rotura de su cadena para atacarlo. Day, sujeto a la suya, apenas podía defenderse y quedó mal herido durante la pelea. Imagine el lector semejante episodio en ese lugar cuasi sagrado, para los cinófilos de guante blanco. El incidente no quedó allí para los contendientes. Day no olvidó el ataque. Por la noche, – debo aclarar que debíamos llevarlos y traerlos desde el predio a mi domicilio todos los días, 40 kms. – los aseguramos dentro de la bohardilla, y al retirarnos, luego de un día agotador, Agustín me invitó a dejar entornada la puerta y la luz encendida. Intrigado, esperé a su lado pacientemente, hasta que mi amigo me codeó: en el recinto, unos 80 m2, y como en un cuadrilátero para boxeo, Day, en un rincón, magullado y dolorido, y en el opuesto Diablo. En medio del silencio, Day comenzó a gruñir sin despegar la cabeza apoyada en sus manos extendidas sobre el piso, mientras Diablo, increíblemente, temblaba como una hoja mirando de soslayo, seguramente pensando en la venganza, que meses más tarde se concretó, con una justa devolución de atenciones.

Hablar de las décadas y leguas junto a Agustín, Biló, Horacio Rivero Nores, el inefable Pedro Turco Julián, y tantos otros que me regalaron su amistad y enseñanzas, llevaría completar un libro. Mucha agua corrió desde aquel primer encuentro con los ángeles blancos en el Nido de Cóndores. El Dogo llegó a lo que es, tímidamente nacieron las primeras Asociaciones de dogueros en el país, se extendieron por el mundo, y como ocurre con los humanos, comenzó la competencia, leal y de las otras. No enturbiaremos esta historia y anécdotas, que solo pretende llevar una voz – hay otras tal vez más autorizadas – a los amantes de nuestro perro, para aportar datos comprobables, para que cada cual saque sus conclusiones. Espero que tan largo raconto, sirva para algo más que para granjearme antipatía o aprobación.

Es posible que el tiempo tenga la última palabra…

                                                                                                                    


Por Carlos Rebella

Creo que nada es más esclarecedor, para esta crónica de recopilación de datos, que reproducir una carta que me enviara el Dr. Agustín Nores Martínez, como una manera de mostrar al lector mi intimidad con uno de los actores más importantes en la historia del Dogo Argentino, y a través de ella, presentarme aportando información seria, desinteresada y objetiva, ya que nunca desarrollé actividades comerciales que implicaran venta o intermediación de perros, sin que esto signifique – ni remotamente – una sospecha peyorativa sobre esta actividad, que considero imprescindible, sin que escapen a las generales de la ley: hay criadores y monteros buenos y malos.

Esta contribución viene a cuento, para intentar aclarar, entre otras cosas, la tan trillada historia acerca de quien es el padre de la única raza canina criolla, que nos enorgullece a todos.

Se han publicado, en varios medios cinófilos, abierta o solapadamente, notas que insinúan o aseguran que el Dr. Agustín Nores Martínez, se adjudicó méritos que no le correspondían.

Para poner las cosas en su justa medida, comenzaré por transcribir algunos párrafos del prólogo de su libro “el Dogo Argentino”

 

… Pero de cualquier forma y para evitar en el futuro errores de información, he decidido publicar este folleto, ya que los años no pasan en vano, y habiendo desaparecido mi hermano Antonio, el verdadero creador de la raza, que puso en ella sus conocimientos científicos y su gran pasión cinófila, me corresponde hacerlo en misión clarificadora, y para que ninguna duda quepa en el futuro, en lo atinente al origen y formación del Dogo Argentino. Quiero, asimismo, dejar aclarada otra circunstancia que me incumbe. En muchas publicaciones se me atribuye la formación de la raza, pero repito, el verdadero creador y formador del Dogo fue mi hermano mayor, quien además de sus conocimientos y pasión cinófila, utilizó todo su fervor de cazador empedernido… He sido testigo personal de los sacrificios que significaron para él, la formación de la Nueva Raza, sus desvelos, sus sinsabores, sus desfallecimientos y sus esperanzas hasta la culminación de su obra. Pensando en ello y viendo el fruto de sus esfuerzos, no he querido que su sueño, hecho realidad, se desvaneciera, y por eso, desde su fallecimiento, he continuado con su obra de selección – ya que a su muerte la raza estaba perfectamente definida – obteniendo el reconocimiento oficial de la raza, llevando con seriedad los registros genealógicos, y tratando de obtener el standard que fijamos hace muchos años…”

 

Hasta aquí, un verdadero gesto de caballero, que aventa calumnias y suspicacias de mentirosos interesados. En adelante, estimado lector, permítame repasar los acontecimientos comprobados, documentados, y en lo posible con testigos, dejando de lado subjetividades e intereses comerciales.

Respetando la cronología en la historia del Dogo, creo que debemos comenzar por escuchar a su creador, el Dr. Antonio Nores Martínez, prestigioso médico, que comienza uno de sus jugosos artículos, publicados por la decana Revista Diana en 1944, diciendo:

 

“… La pelea entre perros, practicada en la provincia de Córdoba y otras, tienes sus raíces en Inglaterra, donde no solo se los enfrentaba entre sí, sino contra toros bravos, y hasta contra hombres audaces que aceptaban el combate. Hasta dónde esas costumbres estaban arraigadas en la sociedad europea, lo muestra el hecho que Goya, pintó una tela que tituló “Echan perros a los toros”, que se encuentra en el museo del Louvre…”

 

Los libros de Don Antonio, donde constan las citas que transcribo, “El Dogo Argentino” – editado en Córdoba en 1977, y “El Dogo Argentino” editado en Buenos Aires en 1989, casi imposibles de conseguir, pueden obtenerse para lectura, sin embargo, en los archivos de la Biblioteca Nacional, ubicada en la calle Agüero 2502 Capital Federal. El primero está registrado: Ubicación Física 52 AH555108, Nº Inventario 00214449, y el siguiente, Ubicación Física 52CG154138, Nº Inventario 00198785.

Los textos y sus interesantes conclusiones muchas veces citadas por su hermano Agustín, destacan lo siguiente:

 

“…Por mi parte, estoy convencido que el perro de presa, como el atleta, debe guardar un canon entre lo morfológico, armonía, proporción y la funcional correlación armónica…El Dogo debe ser pesado entre las razas de presa, para que a los livianos, les gane con el peso, y a los pesados con la calidad de la herencia…Se cumple así lo enunciado por el Dr. Agustín Nores Martínez en su artículo “Herencia Ancestral y Gimnasia Funcional en el Perro”, (Diana, 1944), sintetizada en la fórmula (P+M)x E, es decir padre más madre, por educación o gimnasia funcional, fórmula válida para todas las especies, ya que es una Ley General: Herencia + Educación. Termina diciendo: “Por este esbozo de nuestra labor, podemos decir, sin ambages, que se ha logrado una nueva raza…”

 

La primera aparición del Dogo Argentino (aún no reconocido como raza) en una exposición, fue en La Rural de Palermo, Buenos Aires, en Julio de 1963.

Al año siguiente, el 21 de mayo de 1964, el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Dr. Juan O Farrel, da cuenta de las conclusiones de la Sub Comisión de Caninos manifestando:

 

“… Que ha estudiado cuidadosamente la presentación del Club de Criadores del Dogo Argentino, como así también los ejemplares expuestos en las últimas dos exposiciones, concluyendo en que no existe duda, que se ha llegado a la creación de una nueva raza canina, con características típicas y de gran utilidad para el campo argentino…”

 

 Acto seguido se abren oficialmente los Registros Genealógicos de la Sociedad Rural Argentina, para recibir al Dogo Argentino.

Mas tarde, la Federación Cinológica Argentina, encomendó a una Comisión de Notables, el estudio de los antecedentes presentados por el Club de Criadores del Dogo Argentino, que solicitaba el reconocimiento oficial de la raza. El Sr. presidente de la Federación, se expide en los siguientes términos:

 

“… Según la definición clásica, raza es el agrupamiento de individuos de la misma especie que adquieren, bajo la influencia natural, o por la intervención humana, características morfológicas comunes que trasmisibles por herencia…

 

Quienes asumimos la responsabilidad de firmar el despacho favorable, de la Comisión de Pedigree de la Federación Cinológica Argentina, ante el pedido de reconocimiento, creemos que los extremos mencionados se han cumplido. Para ello, no solo ha bastado la observación de la estructura de un buen grupo de Dogos Argentinos, en Exposiciones, domicilios particulares o cuanta oportunidad se tuvo para examinarlos debidamente, sino que se han recibido testimonios fehacientes de poseedores de dichos animales, y todos ellos han resultado concomitantes como para que se haga fe que, realmente, se ha conseguido fijar características raciales que diferencian a estos individuos, de otros de la misma especie…

Para apreciar la evolución de la misma, es necesario partir, no de la fecha en que se redacta el standard, (ya que la raza estaba ya formada), sino de la antigua existencia del “Perro de Pelea Cordobés”, que data de fines del siglo XIX, y que habiendo una cierta firmeza a principios del siglo XX, es favorecido por una prolija selección de ejemplares, a los que se fortalece con el aporte de sangre de otras razas, la mayoría de las cuales no le son genéticamente extrañas, pues ya habían participado de su formación… El Dr. Antonio Nores Martínez es quien redacta el standard oficial definitivo, y si bien en la actualidad se ha logrado una mayor tipicidad en la raza, desde aquella época los Dogos Argentinos, han demostrado tener características morfológicas e intelectuales que los distinguen y se repiten en sus crías.

Con estos argumentos, la Federación Cinológica Argentina, abrió los Registros Genealógicos del Dogo Argentino, donde asentó al legendario Kob de las Pampas con el número 1, considerado como un arquetipo de la raza.

El reconocimiento internacional llegó varios años después, cuando la F.C.I. (Federación Cinológica Internacional), entidad fundada en el año 1911 por Alemania, Austria, Países bajos, Bélgica y Francia, y a la que están asociados 88 países, inscribe, en el año 1973, al Dogo Argentino como nueva raza canina Argentina.   

Sería largo y árido detallar las características del cráneo, la cabeza (Nores distingue a ambas), cuerpo, color y medidas. Creo que, para los dogueros y cazadores con jauría, basta con citar que el standard de nuestro perro se sintetiza en su tamaño: 60-65 centímetros de altura y 40-45 kilogramos de peso. Los aspectos morfológicos del standard, son los que tienen en cuenta los jueces al evaluar ejemplares en las exposiciones, y los criadores, para seguir manteniendo el fenotipo.

Sin embargo, aún con un standard perfectamente definido, y aceptado por las entidades madres de la cinofilia, las acciones de algunos criadores y cazadores, que reproducen o utilizan al Dogo Argentino, se han dividido entre quienes lo respetan a rajatabla, y quienes creen que pueden modificarlo.

Al respecto cabe una reflexión comparativa: a nadie se le ocurriría comprar una Ferrari para alterar luego sus características. Si deseo una Ferrari, debo respetarla hasta en sus mínimos detalles, y ni por asomo pretender corregir la plana del Comendatore Don Enzo.

Con nuestro Dogo sucede algo parecido.

Cuando la raza estaba en los umbrales de la fama, muy lejos de los esfuerzos de Toño Nores Martínez, allá por 1920, muchos cazadores de verdad, aquellos que aceptaron el a puro dogo y cuchillo, y la reproducción impoluta, se abrazaron al Dogo Argentino con el cariño y la admiración por un perro que, no solo satisfacía sus necesidades cinegéticas, sino también sentimentales. No es secreto para nadie, que el Dogo atrapa al amo por su docilidad, valor, decisión para el ataque y fidelidad, entre otras virtudes.

Pero cuando más necesitaba la raza consolidar su standard, las necedades de ciertos criadores, o propietarios cazadores, introdujeron mutaciones estructurales, mediante la inyección de nueva sangre, o distintas proporciones de las que ya estaban en los genes del Dogo.

Para algunos era lento y no alcanzaba a la presa en la medida deseada; para otros era venteador y no rastreador; para los de más allá, las patas eran cortas para andar por el monte, y así sucesivamente, muchos de los que de una u otra forma recibieron o compraron Dogos, agregaron su granito de arena para alterar el standard y perjudicar a la raza. Bien a la criolla, éste cruzaba con galgo con pretextando lograr velocidad; aquel con Pointer en busca de olfato, y el de más allá con ovejero, para que fuera manso… Todas estupideces irresponsables y torpes.

Cazadores, criadores, puesteros y hacendados, creyeron – de buena fe – que el Dogo poseía las increíbles condiciones reconocidas, aceptadas y demostradas en todo el mundo, pero que además debía saber inglés, francés y computación, sin razonar ni comprender, que todo lo que podía dar cada raza aportante, ya está inserto en sus genes, y cada búsqueda de nuevas virtudes, sería en desmedro de las originales.   

No pensaron, tampoco, en las nefastas consecuencias que, como un efecto dominó, desataría una competencia por ver quien corregía más defectos de nuestro ilustre perro.

Así comenzaron a aparecer Dogos livianos, ultralivianos, pesados o ultrapasados, venteadores o rastreadores, cabezones o agalgados, en una avalancha de experimentos que inundó al país con perros out-standard.

Paradójicamente, los ejemplares de la raza en estado de pureza, están en el exterior, o en uno de los extremos de la traílla que sujeta una señora gorda, paseándose por el centro de Buenos Aires, ya que muchos criadores perros verdaderamente puros, para las grandes ciudades, – el mejor mercado – sin apuntar a la caza, el monte, el jabalí o el puma: fabrican animales con irremediable destino ciudadano y exposición.

He recorrido durante más de medio siglo, en mis cacerías con jauría o sin ellas, decenas de estancias donde me encontré con una clara estela de degradación de la raza, con amos que, tristemente ufanados por su obra, mostraban ejemplares que de ella solo tenían vestigios, luego de ser cruzados hasta el hartazgo con otras. Comprobé, in situ, el accionar de cazadores que se jactaban de dogueros, con jaurías que eran una melange irreconocible. ¿Perros malos o inútiles?

Por cierto, no.

Muchos eran aguerridos, valientes y resistentes, capaces de enfrentar adversarios más grandes y fuertes.  Pero no eran Dogos Argentinos

Podrá parecer una exageración, pero aquellos que se creyeron capacitados para alterar la genética del Dogo impunemente, y lo digo respetuosamente, hubieran empleado mejor su tempo, creando una nueva raza a su gusto y paladar.

Recordemos que la antesala de la creación del Dogo fue la necesidad de un perro superador del Perro de Pelea Cordobés, que los Nores usaron hasta el cansancio para cazar todo tipo de animales de pelo. Y no era un Dogo. El objetivo de ellos no fue modificarlo, SINO CREAR UNA NUEVA RAZA, tarea a la que dedicaron buena parte de su vida.

Cuando consideró que las cualidades del famoso perro de pelea cordobés, no llenaban las necesidades de la caza en el monte, lo utilizó como BASE para intentar crear a una nueva raza, NO PARA TRANSFORMARLO.

Fue una tarea ciclópea si las hay, ya que, en aquellos lejanos días, convencer a las acartonadas autoridades de la cinefilia nacional e internacional, para que reconozcan a una nueva raza, era casi una utopía.

Así, con un objetivo fijado cuidadosamente, y una fina planificación táctica y estratégica, basada en aspectos científicos y prácticos, imaginaron las necesidades del perro que soñaba.

Estudiando las características de las distintas razas, y de la experiencia acumulada a lo largo de sus vidas de cazadores, supieron que era necesaria una raza criolla que, por sus condiciones somáticas, temperamentales, agudeza de sentidos, proporciones físicas, conformación del cráneo, modo de cazar, velocidad dentro del monte, valor para la lucha, entusiasmo para perseguir a la caza de pelo, y luchar contra ella hasta el último aliento, fuera útil para la caza mayor de nuestro país.

Obtenidos estos resultados – que lejos de ser pocos, son asombrosos – ¿qué objeto tiene modificar su standard? ¿Es creíble que, con solo adicionar sangre de galgo, pointer o bull dog, inventaríamos al Superperro?

No es extraño que ya por 1960, los creadores alertaran sobre el standard del Dogo con estas palabras:

”… Como en todas las razas caninas, y en especial con el Dogo Argentino, por ser una raza que hace poco tiempo aparece en las exposiciones, comienzan a manifestarse discrepancias entre los jueces, respecto a cómo debe ser y a cómo no debe ser la cabeza, el cuello, la cola o el cuerpo …”

 

 LA GESTACION DEL DOGO ARGENTINO

Muy sintéticamente, y tomando datos e información del libro de Agustín, se puede afirmar que una de las condiciones liminares que debía tener el nuevo perro, era recibir sangre de razas que conservaran indubitablemente condiciones típicas, y que fueran capaces de transmitirlas a sus descendientes.

“… Pero era necesario, partir de una base, que poseyera por lo menos alguna de las condiciones esenciales, para después, lograr que las distintas razas aportaran sus cualidades innatas, dentro del biotipo, hasta obtener esa especie de cocktail que se buscaba…”Decía Don Antonio, Toño para sus amigos.

Y todos sabemos que esa base, ese principio biológico, fue el Perro de Pelea Cordobés.

En la provincia de Córdoba – como en otras – eran comunes las peleas de perros y las riñas de gallos, costumbres incorporadas a nuestro medio por los colonizadores españoles.

En ellas descollaban varias cruzas de Mastín Español con Bull Terrier, o de Bull Terrier con Bull Dog, y otras en las que se notaba la influencia del los Boxer Alemanes.

De esa mezcla heterogénea e improvisada, surgió una selección natural que se dio en llamar el Viejo Perro de Pelea Cordobés, extraordinario para el combate, de tremendo valor y resistencia, capaz de morir combatiendo. Sin embargo, no reunía condiciones de olfato, oído y velocidad en el monte, y era extremadamente feroz con sus congéneres, lo que imposibilitaba la caza con jaurías, que peleaban continuamente.

Pero en cambio tenían una herencia ancestral extraordinaria: una gimnasia funcional de siglos que lo hacían portadores de valentía inaudita.

A este perro, cuyo manto era casi siempre blanco, o con algunas manchas grises, se le fueron incorporando distintas corrientes de sangre para evitar la consanguinidad.

Entre ellas, el Gran Danés Arlequín o Dogo de Hulm, para darle más alzada y buena cabeza; el Bull Dog Inglés, Bull Terrier, para acrecentar su valor, intrepidez, resistencia, insensibilidad al dolor y tenacidad en la lucha; el Boxer, con su vivacidad e inteligencia, para darle facultad de asimilación de aprendizaje sobre  ataque, defensa o guía de ciegos; el Mastín de los Pirineos, importado desde los Estados Unidos de Norteamérica, que acercó rusticidad, acentuó el manto blanco, le dio fuerza, resistencia y, en especial, una adaptación a todos los climas, típico de esa raza de montaña; el Pointer Inglés es el principal responsable del olfato del Dogo, y a él se debe la cualidad de venteo que lo caracteriza, y le evita rastrear con la nariz pegada al suelo, como los Hounds o Bassets, lo que hace que se desorienten y tarden más tiempo en llegar a la presa; el Irish Wolf  Hound le incorporó velocidad, y es el que, junto al Gran Danés y el Dogo de los Pirineos, le dio la talla definitiva; el Dogo de Bordeau, quizá no muy puro, que había en Córdoba y se usaba para peleas entre perros, se introdujo por su fuerte mandíbula, potente cabeza y gran valor. … Para evitar la consanguinidad y sus efectos nocivos, fue necesario formar varias familias, que surgieron de dos grandes ramas, que el creador del dogo llamó la familia Araucana, y la familia Guaraní.

Con el correr de los años, y al extenderse las ramas del tronco común, se fueron abriendo las corrientes y ya no hubo peligro de los excesos de consanguinidad. Esta larga experiencia llevó muchos años y muchas generaciones, reservando para crías a los ejemplares que más se acercaban al standard de la raza que redactó el Dr. Antonio Nores Martínez en 1928.

Al mismo tiempo que se inyectaba nueva sangre, se sometía a los nuevos ejemplares a una gimnasia funcional intensa y apropiada, haciéndolos cazar continuamente en nuestros montes del Centro, Norte y Sur de la República, tratando de que al hacerlo, fueran olvidando el instinto atávico de pelear entre ellos, tan arraigado en el Viejo Perro de Pelea Cordobés.

Las continuas luchas contra jabalíes, zorros, gatos de monte, pumas, etc., exacerbaron su encono contra estas especies, y el resultado final – luego de años y esfuerzos – fue que el Dogo es un instintivo cazador de dichas especies, a las que busca, persigue, acomete, y mata con extraordinario entusiasmo y atavismo.

Cabe destacar que las hembras son tan encarnizadas y resueltas para la lucha como los machos. Nores dixcit…”

 

DAY DE TREVELIN

He citado al Kob de las Pampas, que tuve la suerte de conocer en los últimos días de su vida, como uno de los arquetipos de la raza.

Pero como si el Dogo estuviera predestinado a trascender mundialmente, no solo por su estirpe y su condición de única raza argentina, sino por sus características físicas y funcionales, sería injusto omitir en esta reseña la vida, obra y muerte de Day de Trevelin, lo que no significa ignorar a centenares de ejemplares extraordinarios, nacidos en criaderos diseminados por todo el país.

Antes bien, este recuerdo abona el de todos los que pasaron por los caniles dogueros, corrieron en montes y cordilleras, vadearon ríos y desafiaron los fachinales más escabrosos, enfrentaron pumas, zorros y jabalíes, y dejaron en los cazadores que seguían su rastro, las emociones más puras y los recuerdos más duraderos de su amigo perro.

Day fue hijo de Uturunco, o Uturunco de Santa Isabel, como se lo llamó para identificar su procedencia, un muy buen Dogo que le regaló Francisco Nores a fines de 1950, a Agustín Nores Martínez, que lo trasladó a Esquel para cría y caza, ya que era un perro increíble.

Todo comienza cuando Agustín le presta un perro a Don Elías Owen, su vecino y gran amigo, como una muestra más de su generosa apertura para difundir la raza, obsequiando animales a lo largo y lo ancho del país. Ese can, fue el padre de Day. Owen, a quien Agustín no vacila en llamar … el cazador de jabalíes más completo…, cruza a Uturunco con Cholila del Chubut, y con la lechigada, nace Day de Trevelin, nombre del pueblo nativo de Owen.

Tuve la inmensa satisfacción de conocer a Don Elías en su estancia patagónica, y compartí algunas cazadas en las que me sentía un enano junto a esos dos monstruos de la montería criolla, sin mencionar a los perros, que a la sazón, eran la elite de la raza. Cabalgando estribo a estribo, empacamos al jabalí que sería mi primero a puro dogo y cuchillo, frase que Agustín hizo famosa.

Day, joven aún, pasa a las manos de uno de los más célebres cazadores con Dogos de la época , mi entrañable amigo Don Amadeo Chiche Biló, oriundo de la localidad de Allen, Río Negro, que lo recibe obsequiado por Agustín para su criadero Malal Conajén, donde comienza una larga vida de perro cazador y reproductor, descollando como uno de los ejemplares con más condiciones de campo, y un prontuario de centenares de jabalíes cazados junto a su nuevo amo, que lo adoptó como su largo brazo para alcanzar, empacar y ultimar a cuchillo a las bestias.

Pero como dice el refrán: tanto va el cántaro a la fuente…

En un recodo del destino, Day halló la muerte peleando como un titán contra un enorme verraco que, haciendo prevalecer la ventaja de triplicarlo en peso, y una involuntaria prolongación de la prendida, que lo agotó, recibió heridas que, a pesar de los esfuerzos de Biló para controlarlas, resultaron mortales.

Day no estaba solo, a pocos metros, un experto operaba la filmadora que atesoró el épico momento, guardando imágenes que llegaron al mundo cinófilo, acrecentando, si fuera posible, la fama del Dogo Argentino más allá de nuestras fronteras.

El impacto que causó la película que mostraba el encuentro montero, en E.E.U.U., hizo que la fábrica de armas Winchester, a la sazón asociada a Biló para introducir cazadores desde el país del norte, erigiera un monolito en el lugar de la lucha, en homenaje al valor del inestimable perro.

Como bien remarcó Agustín Nores Martínez “… el monumento es también para otros tantos Dogos que, en anonimato y silenciosamente, como verdaderos soldados de frontera, han cumplido con fidelidad la consigna de la raza que, como un sueño de niñez, les impusimos con mi hermano hace tantos años: triunfar o morir en el combate…” 

Lejos estaba de imaginar la trascendencia que tendría el perro al que contribuyó en gestar, y el futuro, que lo llevó a pasear su estampa por medio mundo.

No puedo olvidar mis estadías en su Nido de Cóndores, un paradisíaco rincón patagónico, enclavado como un mirador natural sobre la ciudad de Esquel. Allí aprendí mis primeras letras acerca de nuestro perro y la caza de montería, que, en esa lejana época, desconocía más allá de algunas leyendas que se tejían a la distancia.

Conocí al legendario Kob, enorme y bello perro con la cara surcada por infinitas cicatrices que, como condecoraciones, recordaban sus cruces con los pumas, y a quien Agustín acompañó cariñosamente en el retiro del guerrero, hasta el último día de su vida. También a Napoleón, su puma criado de cachorro, manso como cualquiera de sus perros, que vivía dentro de su casa, alternando el sofá del estudio, con trifulcas amistosas con un enorme jabalí, que compartía su hábitat. 

Con Agustín recorrí los pantanos de Fofo Cahuel, las planicies desérticas de la provincia, y un viaje inhumano a bordo de su viejo Jeep Willis, que arrastraba el remolque cargado con perros para presentar en una Exposición de la Sociedad Rural de Palermo. Su inveterada costumbre de conducir a muy poca velocidad, convirtió en un martirio los días que demoramos en arribar a Buenos Aires, ya que podía bajarme a caminar a la vera del vehículo, durante alguno de los repechos cordilleranos.

Alojé a mi amigo y sus perros en mi casa, ocupando una gran terraza y la bohardilla, desde donde – seguramente inquietos en un ambiente desconocido, lanzaban por las noches sus cavernosos lamentos, extraños para los perros domésticos del barrio, que aullaban aterrados…

La presentación en la Rural, uno de los recintos más selectos de la sociedad porteña, fue casi sainetesca: los perros, ignotos pero invitados especiales, tenían reservado un inmenso stand, donde los atraillamos guardando las distancias, ya que entre ellos había bastantes resquemores por el liderazgo de la cuadrilla. Rodeados por centenares de sus pares, desde mínimos Chihuahua, hasta gigantescos San Bernardo, todos preparados y acicalados durante meses para el evento, con peluquería y cosmética incluida, irrumpieron los Dogos. Esos guerreros que no conocían más peluquería que el viento andino, ni más champú que la lluvia y la nieve. Llegaban desde su reducto natural, y podría decirse que, hasta días atrás, andaban correteando jabalíes y pumas. Su manto níveo, que me llevó a bautizarlos en alguna nota como los ángeles blancos, estaba surcado por arañazos de alpataco, y cicatrices que dejaron garras y colmillos, todo un horror para las señoras emperifolladas y caballeros refinados, que protegían a sus perritos ante la presencia de los forasteros desconocidos, como si el diablo estuviera presente.

Y sí que lo estaba. Uno de los que por primera vez entraron a los muros con tanta historia, era precisamente Diablo, un perro de características extraordinarias, que desató el peor de los escenarios: enfrentado desde siempre con el Day, líder indiscutido a quien en varias oportunidades le disputó el reinado, aprovechó la rotura de su cadena para atacarlo. Day, sujeto a la suya, apenas podía defenderse y quedó mal herido durante la pelea. Imagine el lector semejante episodio en ese lugar cuasi sagrado, para los cinófilos de guante blanco. El incidente no quedó allí para los contendientes. Day no olvidó el ataque. Por la noche, – debo aclarar que debíamos llevarlos y traerlos desde el predio a mi domicilio todos los días, 40 kms. – los aseguramos dentro de la bohardilla, y al retirarnos, luego de un día agotador, Agustín me invitó a dejar entornada la puerta y la luz encendida. Intrigado, esperé a su lado pacientemente, hasta que mi amigo me codeó: en el recinto, unos 80 m2, y como en un cuadrilátero para boxeo, Day, en un rincón, magullado y dolorido, y en el opuesto Diablo. En medio del silencio, Day comenzó a gruñir sin despegar la cabeza apoyada en sus manos extendidas sobre el piso, mientras Diablo, increíblemente, temblaba como una hoja mirando de soslayo, seguramente pensando en la venganza, que meses más tarde se concretó, con una justa devolución de atenciones.

Hablar de las décadas y leguas junto a Agustín, Biló, Horacio Rivero Nores, el inefable Pedro Turco Julián, y tantos otros que me regalaron su amistad y enseñanzas, llevaría completar un libro. Mucha agua corrió desde aquel primer encuentro con los ángeles blancos en el Nido de Cóndores. El Dogo llegó a lo que es, tímidamente nacieron las primeras Asociaciones de dogueros en el país, se extendieron por el mundo, y como ocurre con los humanos, comenzó la competencia, leal y de las otras. No enturbiaremos esta historia y anécdotas, que solo pretende llevar una voz – hay otras tal vez más autorizadas – a los amantes de nuestro perro, para aportar datos comprobables, para que cada cual saque sus conclusiones. Espero que tan largo raconto, sirva para algo más que para granjearme antipatía o aprobación.

Es posible que el tiempo tenga la última palabra…

 

                                                                                                                    

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