Sentidos Salvajes

Por Carlos Rebella

La aventura insuperable que nos brinda la actividad más antigua que anida en los genes del hombre, la caza, a menudo nos plantea interrogantes que no siempre podemos explicar desde nuestra condición de cazadores, y en ese caso, debemos recurrir, inevitablemente, a la opinión de los científicos, un detalle no menor que debieran tener en cuenta las autoridades de turno, cuando legislan y administran nuestra fauna silvestre. Uno de esos aspectos se refiere a sus sentidos fenomenales, que demandan algo más que astucia para superarlos. No hay duda que las armas, miras telescópicas, municiones, telémetros y demás artilugios modernos, facilitan el milenario arte venatorio, a pesar que las Entidades que normatizan y regulan la actividad – el Conseil International de Chasse entre otras – han puesto límites éticos para equilibrar la justa venatoria, y evitar que se convierta en simple matanza.

Volviendo a la hegemonía sensorial que los animales oponen a nuestro esfuerzo, superar a esas auténticas máquinas de supervivencia, que han excedido la prueba del tiempo, exige imaginación, trucos, estudio de su hábitat, análisis de las condiciones atmosféricas y conocimiento de sus capacidades y limitaciones, más allá del folclore y la fantasía.  

 

LA VISTA  

Comencemos por su capacidad visual – diurna y/o nocturna – que ha sido desde siempre motivo de polémicas interminables, basadas en incidentes puntuales, cuentos de fogón o el eterno me contaron…

Tomando como ejemplo a los astados, cada cazador puede aportar su verdad sobre la técnica para un approach exitoso, aunque pocos se han preguntado: ¿qué percibe el ciervo cuando mira?

Esta premisa de la que mucho se habla y poco se sabe, merece un análisis que separe la paja del trigo – o si se quiere – la verdad de los mitos. Si bien hay cazadores que llevan hasta sus calzoncillos camuflados, no es menos cierto que, en países con tradición milenaria en el tema, es obligatorio el uso de indumentaria de colores vivos, para protegerse de posibles accidentes provocados por algún inexperto, que primero dispara y luego confirma… Esto no implica que el brillo o el reflejo de caños y miras no deban ser debidamente ocultados a la luz del sol o la luna.

El formidable avance de la ciencia oftalmológica, ofrece a los eruditos nuevas dimensiones de investigación, traducidas en resultados inesperados.

Los profundos estudios del Dr. Andrew Allen, reproducidos por el Shooting Times and Country Magazine, permitieron arribar a una serie de conclusiones que despejan numerosas incógnitas. 

La pregunta del millón, que Allen se planteó al iniciar su trabajo, fue breve y precisa: ¿qué ve el ciervo cuando mira?

“… Mientras todo a su alrededor permanece estático – explica – el ciervo no logra ver casi nada con su visión diurna, pero por la noche se transforma radicalmente, acrecentándola por sobre lo normal. La visión tricromática que detentamos los humanos, solo nos permite una percepción excelente de día, pero muy pobre durante la noche.

Como las aves, gozamos de la mayor agudeza visual del reino animal, captando con claridad todas las imágenes que nos rodean. El ciervo, en cambio, posee visión “dicromática” durante el día, que le permite vislumbrar algunos tonos de amarillo y azul, y “monocromática” de noche, cuando solo reconoce formas y siluetas difusas, suficientes para hallar el camino y evitar toparse con obstáculos en la oscuridad más absoluta. Cuando nosotros no vemos nada o casi nada, él continúa distinguiendo las formas borrosas más importantes. A corta distancia, sus ojos pueden diferenciar desdibujadamente arbustos, rocas o árboles, pero a más de 20 metros no pueden diferenciar a una persona de un poste de alumbrado. Los humanos ven a todo color, ya que logran analizar alrededor de 250 colores puros, entre ellos el rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta; cerca de 17.000 colores mixtos, y unos 300 tonos de gris. Las aves, a su vez, pueden hacerlo con 280 colores puros, incluyendo ultravioletas (invisibles para los humanos), 2.000 colores mixtos y 450 tonos de gris. El ciervo en cambio, es casi ciego a los matices: a corta distancia apenas goza de una tosca y parcial visión del color, limitada a la brumosa percepción del gris y el sepia…”

Ahora bien, ¿qué fundamentos posee el autor para afirmar tantas exactitudes, en un campo acotado, aparentemente, por la imposibilidad humana de poder ver a través del ojo del ciervo?

Continúa el Dr. Allen: “…una mirada rápida al cerebro del ciervo, da la primera pista: comparado con el del ser humano o el lobo, por ejemplo, se comprueba que es más pequeño. Al tener mucho más aguzados los sentidos de oído y olfato, los lóbulos que los contienen ocupan gran parte de la sesera, dejando un diminuto espacio para los que corresponden a la vista, que son los que analizan la información que llega a los ojos. Por lo tanto, al tener tan poco espacio para la computadora visual, el análisis que ejecuta es muy simple y primitivo. El biólogo alemán Féliz von Uexkull, dibujó una serie de imágenes acerca del mundo, visto a través de los ojos del ciervo. Fue el primero en llegar a la conclusión, que todas las especies viven “dentro de su propio universo”. Hace muy pocos años, se crearon ciertos electrodos, tan sensibles y diminutos, que pueden grabar la electricidad (ignición) de las células nerviosas, dentro del cerebro de los animales. Al prestar atención a los mensajes, mientras viajan a lo largo de las fibras nerviosas, descubrieron con precisión “qué” ve exactamente el ciervo. El ojo del animal puede ser ópticamente idéntico al del hombre, y sin embargo ver al mundo totalmente distinto, porque su cerebro está tejido de forma distinta. Si así es la historia, encontraríamos pocos motivos para que el ciervo tenga ojos, pero éstos están lejos de ser totalmente inútiles. Los diminutos lóbulos visuales, están colmados de detectores de movimiento, que suplantan a los detectores de formas y colores. Cuando en el bosque todo permanece quieto, en el momento en que un acechador camuflado se mueve, dispara un imaginario gatillo oculto en su cerebro, y una alarma comienza a sonar con insistencia. Además, no solo es diestro para detectar esos movimientos, lo es también para diferenciar el ruido del follaje agitado por un intruso, o naturalmente por la brisa. El ciervo puede reconocer los patrones de movimiento de los predadores, aunque no su forma detallada, y si los detecta a cierta distancia, no descubrió su forma sino un meneo extraño, que lo alertó, lo que, agregado a su increíble oído y olfato, redondea un verdadero seguro contra cualquier agresión. La olfacción del ciervo es un millón de veces más aguda que la nuestra: ¡nosotros podemos oír el tic-tac de un reloj, a pocos centímetros, mientras que él puede hacerlo a 25 metros! Los humanos viven en un mundo de visiones, casi el 80% de la información que llega al cerebro, acerca de lo que nos rodea, la recibe a través de los ojos, apenas un 2% por los oídos y menos de eso por el olfato. Por lo tanto, nos inclinamos a creer que los animales con dos ojos, miran como nosotros y viven en un mundo de imágenes como nosotros, pero la vista, para ellos, es de una importancia relativa…”

 

Hasta aquí tenemos la erudición de Allen y sus colegas para explicarnos científicamente este fenómeno que ha ocupado desde siempre la atención de los cazadores.

Pero sería incompleto el espíritu de estos comentarios sin referirme al aspecto exterior de los glóbulos oculares, ya que ocuparme del aspecto interior sería una irreverencia ante los investigadores.

Observemos detenidamente el del ciervo colorado, donde predominan los tonos marrones con el iris oblongo y más oscuro; el de la cabra salvaje, alargado, de mayor tamaño y enmarcado en una zona con tintes anaranjados; el del ciervo dama, rectangular y más pequeño; el del puma, similar al humano, con iris redondo y aureola blanca con fondo amarillo y el del gato montés, alargado, en posición vertical, muy oscuro y con fondo amarillento. El denominador común de la retina, excepcional, es la cantidad de bastoncillos que permiten su colosal capacidad de visión nocturna. Es tan largo el listado de diferencias como la cantidad de especies que nos rodean.

En la mayoría de los animales salvajes, los ojos están dirigidos hacia adelante, que posibilita una visión binocular, capacitada para calcular con gran exactitud la distancia a que se encuentra el objetivo. De acuerdo con tanta información, habrá que rever nuestras costumbres, ya que la inmovilidad absoluta resulta ser más efectiva que los ropajes camuflados, propios de funciones militares que reclaman defensa contra la vista humana, no de animales.

 

EL OLFATO

Las narinas u orificios nasales del jabalí, antílope y cérvidos, poseen entre ocho y diez millones de células receptoras, mientras que el hombre solo dispone de la mitad: un dato contundente que destaca las diferencias siderales que se deben afrontar durante el lance cinegético. Sin embargo, esa ecuación desde ya asombrosa, se desvanece cuando mencionamos que, ante situaciones de bajas concentración de olores (tufos muy tenues), estos mamíferos logran un millón de veces más eficacia que el humano, cosa que les permite olfatear – con viento favorable – aromas extraños, a más de 200 metros.

No hay duda que tomando precauciones, más hijas de la práctica que de la ciencia, podemos competir con relativo éxito, ya que avanzando con el viento en la cara, estamos a salvo de semejante coraza olfativa. No obstante, los animales silvestres se mueven en su medio ambiente, que no es el nuestro. Por eso, el rececho iniciado según el manual, fracasa ante un cambio repentino de la brisa, el vuelo de un pájaro alarmado, la rama que estalla bajó la bota, el rasguño de la ropa contra la maleza, el ignoto grito de alarma, u otros accidentes o descuidos involuntarios.

No podemos soslayar, por otra parte, que las bestias han sobrevivido durante milenios, confrontando cada minuto de su vida con sus predadores, y desarrollando otras facultades y argucias que acrecen a las innatas: el búfalo consiguió dominar el arte de la emboscada; el antílope utiliza las praderas como otero, y pace indefectiblemente durante breves lapsos, alternados con movimientos vigilantes; el jabalí sabe rodear una y otra vez los aguajes y comederos en busca del peligro; otros han logrado que sus crías dominen, a pocos de nacer, el arte del camuflaje y la inmovilidad absoluta, que interrumpen solo ante el indescifrable llamado materno; huellas ancestrales, controlan sus desplazamientos tras los rastros odoríferos de sus congéneres, despertando su apetito sexual en épocas precisas, cuando el efluvio del estro de la hembra, anuncia su inminente ovulación.

                       

                                                      EL OÍDO

La frecuencia auditiva (medida en herzios) que pueden captar nuestros adversarios monteros, oscila entre 500 y 12.000, disponiendo de músculos autónomos para mover los pabellones auditivos hacia todas las direcciones, sin necesidad de volver la cabeza. Los felinos como el puma, detentan una estructura auditiva excepcional: a pesar de tener orejas pequeñas y redondeadas, disponen de la denominada bula timpánica, que contiene al laberinto y los huesos del oído medio, divididos en dos cámaras de aire independientes, que aumentan sideralmente su capacidad auditiva.

 

Carlos Rebella.

La aventura insuperable que nos brinda la actividad más antigua que anida en los genes del hombre, la caza, a menudo nos plantea interrogantes que no siempre podemos explicar desde nuestra condición de cazadores, y en ese caso, debemos recurrir, inevitablemente, a la opinión de los científicos, un detalle no menor que debieran tener en cuenta las autoridades de turno, cuando legislan y administran nuestra fauna silvestre. Uno de esos aspectos se refiere a sus sentidos fenomenales, que demandan algo más que astucia para superarlos. No hay duda que las armas, miras telescópicas, municiones, telémetros y demás artilugios modernos, facilitan el milenario arte venatorio, a pesar que las Entidades que normatizan y regulan la actividad – el Conseil International de Chasse entre otras – han puesto límites éticos para equilibrar la justa venatoria, y evitar que se convierta en simple matanza.

Volviendo a la hegemonía sensorial que los animales oponen a nuestro esfuerzo, superar a esas auténticas máquinas de supervivencia, que han excedido la prueba del tiempo, exige imaginación, trucos, estudio de su hábitat, análisis de las condiciones atmosféricas y conocimiento de sus capacidades y limitaciones, más allá del folclore y la fantasía.  

 

LA VISTA  

Comencemos por su capacidad visual – diurna y/o nocturna – que ha sido desde siempre motivo de polémicas interminables, basadas en incidentes puntuales, cuentos de fogón o el eterno me contaron…

Tomando como ejemplo a los astados, cada cazador puede aportar su verdad sobre la técnica para un approach exitoso, aunque pocos se han preguntado: ¿qué percibe el ciervo cuando mira?

Esta premisa de la que mucho se habla y poco se sabe, merece un análisis que separe la paja del trigo – o si se quiere – la verdad de los mitos. Si bien hay cazadores que llevan hasta sus calzoncillos camuflados, no es menos cierto que, en países con tradición milenaria en el tema, es obligatorio el uso de indumentaria de colores vivos, para protegerse de posibles accidentes provocados por algún inexperto, que primero dispara y luego confirma… Esto no implica que el brillo o el reflejo de caños y miras no deban ser debidamente ocultados a la luz del sol o la luna.

El formidable avance de la ciencia oftalmológica, ofrece a los eruditos nuevas dimensiones de investigación, traducidas en resultados inesperados.

Los profundos estudios del Dr. Andrew Allen, reproducidos por el Shooting Times and Country Magazine, permitieron arribar a una serie de conclusiones que despejan numerosas incógnitas. 

La pregunta del millón, que Allen se planteó al iniciar su trabajo, fue breve y precisa: ¿qué ve el ciervo cuando mira?

“… Mientras todo a su alrededor permanece estático – explica – el ciervo no logra ver casi nada con su visión diurna, pero por la noche se transforma radicalmente, acrecentándola por sobre lo normal. La visión tricromática que detentamos los humanos, solo nos permite una percepción excelente de día, pero muy pobre durante la noche.

Como las aves, gozamos de la mayor agudeza visual del reino animal, captando con claridad todas las imágenes que nos rodean. El ciervo, en cambio, posee visión “dicromática” durante el día, que le permite vislumbrar algunos tonos de amarillo y azul, y “monocromática” de noche, cuando solo reconoce formas y siluetas difusas, suficientes para hallar el camino y evitar toparse con obstáculos en la oscuridad más absoluta. Cuando nosotros no vemos nada o casi nada, él continúa distinguiendo las formas borrosas más importantes. A corta distancia, sus ojos pueden diferenciar desdibujadamente arbustos, rocas o árboles, pero a más de 20 metros no pueden diferenciar a una persona de un poste de alumbrado. Los humanos ven a todo color, ya que logran analizar alrededor de 250 colores puros, entre ellos el rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta; cerca de 17.000 colores mixtos, y unos 300 tonos de gris. Las aves, a su vez, pueden hacerlo con 280 colores puros, incluyendo ultravioletas (invisibles para los humanos), 2.000 colores mixtos y 450 tonos de gris. El ciervo en cambio, es casi ciego a los matices: a corta distancia apenas goza de una tosca y parcial visión del color, limitada a la brumosa percepción del gris y el sepia…”

Ahora bien, ¿qué fundamentos posee el autor para afirmar tantas exactitudes, en un campo acotado, aparentemente, por la imposibilidad humana de poder ver a través del ojo del ciervo?

Continúa el Dr. Allen: “…una mirada rápida al cerebro del ciervo, da la primera pista: comparado con el del ser humano o el lobo, por ejemplo, se comprueba que es más pequeño. Al tener mucho más aguzados los sentidos de oído y olfato, los lóbulos que los contienen ocupan gran parte de la sesera, dejando un diminuto espacio para los que corresponden a la vista, que son los que analizan la información que llega a los ojos. Por lo tanto, al tener tan poco espacio para la computadora visual, el análisis que ejecuta es muy simple y primitivo. El biólogo alemán Féliz von Uexkull, dibujó una serie de imágenes acerca del mundo, visto a través de los ojos del ciervo. Fue el primero en llegar a la conclusión, que todas las especies viven “dentro de su propio universo”. Hace muy pocos años, se crearon ciertos electrodos, tan sensibles y diminutos, que pueden grabar la electricidad (ignición) de las células nerviosas, dentro del cerebro de los animales. Al prestar atención a los mensajes, mientras viajan a lo largo de las fibras nerviosas, descubrieron con precisión “qué” ve exactamente el ciervo. El ojo del animal puede ser ópticamente idéntico al del hombre, y sin embargo ver al mundo totalmente distinto, porque su cerebro está tejido de forma distinta. Si así es la historia, encontraríamos pocos motivos para que el ciervo tenga ojos, pero éstos están lejos de ser totalmente inútiles. Los diminutos lóbulos visuales, están colmados de detectores de movimiento, que suplantan a los detectores de formas y colores. Cuando en el bosque todo permanece quieto, en el momento en que un acechador camuflado se mueve, dispara un imaginario gatillo oculto en su cerebro, y una alarma comienza a sonar con insistencia. Además, no solo es diestro para detectar esos movimientos, lo es también para diferenciar el ruido del follaje agitado por un intruso, o naturalmente por la brisa. El ciervo puede reconocer los patrones de movimiento de los predadores, aunque no su forma detallada, y si los detecta a cierta distancia, no descubrió su forma sino un meneo extraño, que lo alertó, lo que, agregado a su increíble oído y olfato, redondea un verdadero seguro contra cualquier agresión. La olfacción del ciervo es un millón de veces más aguda que la nuestra: ¡nosotros podemos oír el tic-tac de un reloj, a pocos centímetros, mientras que él puede hacerlo a 25 metros! Los humanos viven en un mundo de visiones, casi el 80% de la información que llega al cerebro, acerca de lo que nos rodea, la recibe a través de los ojos, apenas un 2% por los oídos y menos de eso por el olfato. Por lo tanto, nos inclinamos a creer que los animales con dos ojos, miran como nosotros y viven en un mundo de imágenes como nosotros, pero la vista, para ellos, es de una importancia relativa…”

 

 

Hasta aquí tenemos la erudición de Allen y sus colegas para explicarnos científicamente este fenómeno que ha ocupado desde siempre la atención de los cazadores.

Pero sería incompleto el espíritu de estos comentarios sin referirme al aspecto exterior de los glóbulos oculares, ya que ocuparme del aspecto interior sería una irreverencia ante los investigadores.

Observemos detenidamente el del ciervo colorado, donde predominan los tonos marrones con el iris oblongo y más oscuro; el de la cabra salvaje, alargado, de mayor tamaño y enmarcado en una zona con tintes anaranjados; el del ciervo dama, rectangular y más pequeño; el del puma, similar al humano, con iris redondo y aureola blanca con fondo amarillo y el del gato montés, alargado, en posición vertical, muy oscuro y con fondo amarillento. El denominador común de la retina, excepcional, es la cantidad de bastoncillos que permiten su colosal capacidad de visión nocturna. Es tan largo el listado de diferencias como la cantidad de especies que nos rodean.

En la mayoría de los animales salvajes, los ojos están dirigidos hacia adelante, que posibilita una visión binocular, capacitada para calcular con gran exactitud la distancia a que se encuentra el objetivo. De acuerdo con tanta información, habrá que rever nuestras costumbres, ya que la inmovilidad absoluta resulta ser más efectiva que los ropajes camuflados, propios de funciones militares que reclaman defensa contra la vista humana, no de animales.

 

EL OLFATO

Las narinas u orificios nasales del jabalí, antílope y cérvidos, poseen entre ocho y diez millones de células receptoras, mientras que el hombre solo dispone de la mitad: un dato contundente que destaca las diferencias siderales que se deben afrontar durante el lance cinegético. Sin embargo, esa ecuación desde ya asombrosa, se desvanece cuando mencionamos que, ante situaciones de bajas concentración de olores (tufos muy tenues), estos mamíferos logran un millón de veces más eficacia que el humano, cosa que les permite olfatear – con viento favorable – aromas extraños, a más de 200 metros.

No hay duda que tomando precauciones, más hijas de la práctica que de la ciencia, podemos competir con relativo éxito, ya que avanzando con el viento en la cara, estamos a salvo de semejante coraza olfativa. No obstante, los animales silvestres se mueven en su medio ambiente, que no es el nuestro. Por eso, el rececho iniciado según el manual, fracasa ante un cambio repentino de la brisa, el vuelo de un pájaro alarmado, la rama que estalla bajó la bota, el rasguño de la ropa contra la maleza, el ignoto grito de alarma, u otros accidentes o descuidos involuntarios.

No podemos soslayar, por otra parte, que las bestias han sobrevivido durante milenios, confrontando cada minuto de su vida con sus predadores, y desarrollando otras facultades y argucias que acrecen a las innatas: el búfalo consiguió dominar el arte de la emboscada; el antílope utiliza las praderas como otero, y pace indefectiblemente durante breves lapsos, alternados con movimientos vigilantes; el jabalí sabe rodear una y otra vez los aguajes y comederos en busca del peligro; otros han logrado que sus crías dominen, a pocos de nacer, el arte del camuflaje y la inmovilidad absoluta, que interrumpen solo ante el indescifrable llamado materno; huellas ancestrales, controlan sus desplazamientos tras los rastros odoríferos de sus congéneres, despertando su apetito sexual en épocas precisas, cuando el efluvio del estro de la hembra, anuncia su inminente ovulación.

 

EL OIDO

La frecuencia auditiva (medida en herzios) que pueden captar nuestros adversarios monteros, oscila entre 500 y 12.000, disponiendo de músculos autónomos para mover los pabellones auditivos hacia todas las direcciones, sin necesidad de volver la cabeza. Los felinos como el puma, detentan una estructura auditiva excepcional: a pesar de tener orejas pequeñas y redondeadas, disponen de la denominada bula timpánica, que contiene al laberinto y los huesos del oído medio, divididos en dos cámaras de aire independientes, que aumentan sideralmente su capacidad auditiva.

 

Carlos Rebella.

Abrir chat