En estos párrafos voy a narrar una historia distinta a las que he venido relatando hasta el momento, ya que en esta oportunidad el cazador soy yo, y la presa, un viejo y esquivo ciervo dama que me desveló un buen tiempo.
Esto se remonta al año 2017, cuando con mi mujer y Estéfano, el hijo de ella, decidimos – propuesta laboral mediante – irnos a vivir a una estancia de campo, en el departamento de Utracán, La Pampa; donde me desempeño como encargado de un predio rural ganadero y a su vez, fijé las bases para mi organización de caza “Real Hunting”.
Como todo gran cambio, nos trajo sus ventajas y desventajas. Aunque para mí eran todas buenas… ¡Me desempeño en lo que me gusta y estoy en contacto permanente con la rica fauna del lugar! Para mi mujer no lo fue tanto… y entre otras cosas, se cargó con la tediosa tarea de tener que viajar todos los días de semana, 60 km hasta Gral. Acha, para llevar a Estéfano al colegio. Y es por acá donde comienza esta historia.
Cierto día de abril del 2019, mi mujer al volver a casa, luego de su cotidiano viaje escolar, me cuenta que había visto en una estancia vecina, un Ciervo Dama cortejando unas cuantas hembras. Mi asombro fue tal, que de inmediato comencé a hacer conjeturas. ¿De dónde había venido, donde se trasladaría, podría cazarlo…? El saber que era uno de los ciervos que más había anhelado cazar en campo abierto, me hacía fluir esa sensación que solo un cazador puede sentir.
Es sabido que el ciervo Dama comienza su brama, casi al instante preciso, en que termina la del Colorado, por lo tanto, el forastero estaba notablemente en celo y esto permitió que mi mujer lo viera paseando junto a sus chicas en 4 oportunidades consecutivas, sin importarle mucho más, que reproducirse.

Yo, a esta altura, no solo no podía dormir, sino que caminaba por las paredes, por la ilusión de cazarlo. Tomé el teléfono y llamé al propietario del establecimiento manifestándole mis intenciones. Pactamos un precio en caso de poder cazarlo y así me dio su autorización para ingresar a su predio a probar suerte.
Luego de varias salidas fallidas, donde no solo no lo vi, mucho menos lo escuché y tampoco encontré a su harem, me hicieron pensar varias cosas -mi mujer me había estado tomando el pelo o yo era un iluso en pensar que podía encontrarlo dentro de 20.000 hectáreas de campo abierto… También dentro de la psicosis que comenzaba a comerse mis ilusiones, pensé que, tal vez, otro cazador más afortunado me había primeriado, ya que siempre ella me comentaba verlo a tan solo 100 m o quizás menos, del alambre divisorio de la calle por la que se trasladaba.
Abril llegó a su fin junto con mis ilusiones de cazarlo. Nadie más volvió a verlo; a esta altura de seguro, su trofeo adornaría el fogón de algún afortunado.
¡Hasta qué! -Si no hubiese un “hasta qué” – esta historia no existiría. El 25 de abril del 2021 (dos años después) me llamó el propietario del campo para decirme que el Dama había regresado, lo habían visto entrar a comer a una avena guacha rodeado de sus chicas. Por supuesto le dije que esa misma tarde estaría en la estancia, y así fue como esta vez salimos juntos en su búsqueda. Las 5 de la tarde pasadas nos encontró recechando por uno de los montes que hacía costa a la avena, llevábamos poco más de 1.000 metros caminados, cuando pudimos observar a las novias del mozo pastando tranquilas, pero de él, ni rastro. Acortamos distancia y con la suerte echada, decidimos apostarnos a esperarlo. Los minutos comenzaron a correr junto con el ocaso. Un curioso cuis nos observaba preocupado, mientras una loica nos deleitaba con sus melodías, desde las últimas ramas del caldén que habíamos buscado como protección.

Las hembras seguían tranquilas pastoreando, aunque muy de a poco se nos iban alejando como ganando el monte. Mientras yo recorría por enésima vez el cuadro con mis binoculares, mi compañero me toca del brazo y susurrando me dice: – Ahí está-. Y me señala con el dedo. Venía a nos más de 100 m nuestro, orillando el alambre como buscando el pasadero. Muy lento levante el rifle y comencé a observarlo por la mira, y fue en el preciso instante que se detuvo para cruzar, que solté los furiosos y más ansiosos que yo, 165 grains de mi viejo .30-06. En una rápida carrera y unos pocos brincos, volvió a la espesura del monte…
Mi compañero me dijo, casi tan o más desilusionado que yo, – “erraste…”-. No podía creerlo, la cruz estaba en el codillo y al .30 lo conozco, creo que como a nadie más en mi vida, pero entendía que podía pasar, el clásico bolsazo del impacto, tampoco se escuchó.
Nos apresuramos para cortarle el rastro, y en cuanto llegamos al lugar donde había estado cuando disparé, observamos el gran caudal de sangre que iba perdiendo, estaba bien tocado y no iría muy lejos. Caminamos no más de treinta pasos cuando lo encontramos ya sin vida.
Lo observé, aprecié y rendí mi respeto a todo lo que ese viejo (ya casi sin dientes), esquivo y majestuoso Dama se merecía.

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