Una brama distinta

Eduardo Iémolo

A esta brama, la del año 2024, llegué de una manera diferente. Suelo planificar minuciosamente estas salidas, que como todo cazador deportivo sabe, se dan mágica y regularmente a cada inicio del otoño, en esa especie a la que seguimos y admiramos, el cervus elaphus. Normalmente comienzo varios meses antes, contactando conocidos guías, analizando servicios, precios, propuestas, ofertas, sitios más apetecibles… comparando y sopesando las conveniencias…compartiendo y consultando con amigos cazadores. Y es lógico, el lance se da solo una vez al año, y en estas épocas, nos toca vivir una realidad muy diferente a la que nos relataba Carlos Rebella en sus jugosas narraciones. No es común recibir invitaciones, y las salidas resultan muy costosas, por el acceso a los sitios disponibles, los servicios que deben contratarse y el precio al que se tasan los eventuales trofeos que la suerte y el destino nos deparen. No resulta novedad que las estadías se cotizan en dólares y un trofeo de 12 puntas en adelante tiene un valor de al menos 600 unidades de esa moneda. En esta lid las crisis de nuestro bendito país no hacen mella, por lo que los amantes de esta actividad nos vemos hoy con infinidad de dificultades.

Pero como relataba inicialmente, este año fue diferente, a una semana del inicio de la temporada no tenía nada organizado, no había logrado conectar a muchos de mis contactos y se avecinaba un año más sin poder concretar una salida. Haber cumplido los 50 años sobre fines del 2023, con fiesta, amigos y reuniones, sumado a la proximidad de fin de año, la visita en receso de verano de mis hijas y las vacaciones estivales, había acumulado distracciones que no logré sobrellevar para planificar una salida de caza apetecible como la de otros años. Pero me aguardaba una sorpresa que no hubiera imaginado.

En una conversación casual, mi amigo Bernardo me cuenta que está comenzando a oír brama en su campo. En las cercanías de Victorica, Bernardo tiene una fracción de monte bellísimo, en una zona del caldenal pampeano con gran fama por la obtención de preciados trofeos de ciervo colorado. Yo ya había visitado aquel establecimiento, disfrutando con él de largas y tempraneras caminatas por sus picadas y cuadros. Admirando nuestra naturaleza pampeana y todo el esplendor que ella nos ofrece en todos los sentidos. Pero lo cierto es que no había tenido la suerte de cruzarme en ese sitio con ningún cérvido ni jabalí para despuntar el vicio. En esta oportunidad Bernardo no podría ser de la partida por numerosos compromisos laborales, pero me insistió en que viajara y probara suerte en el campo, el encargado estaría ese fin de semana y qué gustoso me esperaría para acompañarme. Debo confesar que se me planteó un conflicto de atracciones y rechazos. La invitación era por demás tentadora, pero no acostumbro y no me gusta ir a un sitio donde no esté el dueño o su responsable directo. Más aún en el caso de Bernardo, con quien tenemos una hermosa amistad que se remonta a la infancia, coincidimos en estos gustos cinegéticos, y esa combinación hace potenciar el disfrute de una salida de estas características. Pero en esta oportunidad él no podría estar y esta aventura, de aceptarla, se me planteaba en soledad.

Estar próximos al plenilunio de Marzo, situación que para estas escapadas significa coronar las posibilidades de combinar acecho y rececho en una misma oportunidad, hicieron que me convenza y acepte tan preciada invitación, no sin lamentar la ausencia de mi amigo, con quien hubiera sido pleno el disfrute de esta salida.

Así me dispuse a preparar mi equipo el día anterior a la partida. Un equipo que siempre está listo y queda pronto al momento del regreso del viaje anterior. La limpieza de las armas, el acopio de las vainas, municiones, el orden de la documentación, entre otras tareas, son esenciales para tener una experiencia libre de sobresaltos y quebrantos. No obstante esto, alisté una mochila con lo estrictamente necesario, y quité los cerrojos a mis dos rifles para completar el procedimiento. Al día siguiente, y luego de mi jornada habitual de trabajo de un viernes, inicié el viaje hacia un fin de semana no imaginado siete días antes. Me esperaban 5 horas de manejo, pero desde los primeros kilómetros ya estaba disfrutando el periplo.

El tráfico y el deterioro del pavimento demoraron mi llegada una hora después de lo que hubiera preferido. Llegué al casco de la estancia a las 19hs, estando aún el sol arriba sobre el oeste y asomando una pesada e incompleta luna por el este, recibiéndome amistosamente en aquellos lares.

Juan, el encargado del establecimiento, me estaba esperando con unos mates más que oportunos para el caso. Es notable como nuestra gente de campo tiene incorporada la hospitalidad y la camaradería de manera natural a sus formas y gestos. Era mi primer contacto con este hombre de no más de 30 años, conocedor de las labores agropecuarias, de las duras heladas invernales y los abrazadores soles de enero en esos campos. Bastaron unos cuantos verdes bien cebados y un corto intercambio de ideas y experiencias para entablar el entendimiento que el apremio requería; caía la noche y debía moverme al sitio que Juan me recomendara para apostarme y aprovechar esa luna incomparable para el acecho.

Asi fue cómo surgió el lugar indicado, una aguada con corrales a unos 8kms de la casa, y hacia ese sitio me dirigí prontamente, desgranando los últimos minutos de luz de aquel agitado viernes. Me acerque lentamente en el tramo final, apagando las luces y descendiendo del vehículo a unos quinientos metros de los corrales. Caminé ese tramo a paso tranquilo, evitando hacer ruidos y tratando de incorporarme al lugar, observando los árboles, las plantas, los alambrados y todo lo que me circundaba mientras caían los últimos rayos oblicuos del sol. Al llegar al punto señalado, identifiqué el bebedero al que debía vigilar, enfrentado a unos caldenes distantes unos 40 metros. Detrás de esos legendarios protagonistas de nuestro monte decidí ubicarme, aprovechando que una leve brisa me favorecía para guardar el sigilo y mantenerme fuera del olfato de eventuales presas. A las 20hs me encontraba sentado, buscando la comodidad de mis apoyos e iniciando el proceso de inmersión con el lugar.

Ese momento es único y lo disfruto siempre de un modo particular. Las personas que vivimos en la ciudad, como es mi caso, estamos acostumbrados a los ruidos, el bullicio, las bocinas, no importa el día ni la hora, siempre estan presentes. Y lo están de tal manera que terminamos incorporándolos a nuestra vida, al punto que los normalizamos. Cuando tenemos la oportunidad de detenernos en un lugar alejado de la urbe, como lo es un campo de nuestro caldenal, en un estado de quietud y espera, como lo es el acecho, advertimos esa sutil diferencia. Los sonidos de la naturaleza reemplazan mansamente los ruidos de la ciudad, nuestro cuerpo y alma dan cuenta de ello. En ese estado podemos oír el trinar de aves buscando sitio donde dormir, insectos que tambien hacen lo suyo, como grillos o chicharras, las ramas de los caldenes que suenan frotándose ocasionalmente o alguna chaucha que cae de manera casual. En ese estado me invade la paz y agradezco a Dios cada vez que sus designios me permiten gozar ese espectáculo.

Quienes disfrutamos el acecho apostado, sabemos que el secreto está en permanecer en silencio, tratando de mimetizarse con el lugar, acostumbrando nuestros ojos a la paulatina disminución de la luz solar, y agudizando nuestra pobre visión nocturna, que, en una noche de luna llena, podemos llevar al máximo de su aprovechamiento. Poco a poco se entra en estado de alerta y atención plena. No solo es la vista, que podemos auxiliar con el uso de binoculares, sino el oído, que estará expuesto a cada vibración, bramidos, rezongos, mugidos, aullidos y tantos sonidos de nuestra fauna con actividad nocturna. A partir de ese punto nos entregamos a la espera y a la suerte de toparnos con un animal digno de coronar una noche cinegética.

En ese éxtasis estaba yo, mientras comenzaban a moverse hacia el agua vacas y terneros, que obviamente me alertaban y exigían mi atención, aunque solo hasta identificar y discernir que no constituían el objeto de aquella espera. Pero aquel soliloquio no iba a extenderse demasiado, alrededor de las 22hs, mientras recorría el campo visual con los prismáticos, teniendo la luna casi en lo más alto del cielo, pude distinguir una silueta, que desde muy detrás de una isleta de renuevos, se movía sigilosamente de derecha a izquierda. Me detuve unos segundos para asegurar aquel objeto y pude confirmar que se trataba de un ciervo colorado, calculando una distancia de unos 90 metros. En ese instante una tropilla de caballos salvajes desató una carrera bajo mi pecho. La adrenalina no la puedo controlar e invade mi cuerpo cada vez que estoy en una situación semejante. En ese torbellino, hice un esfuerzo en concentrar mi atención, y pude advertir que se trataba de un macho, que con movimientos muy medidos exhibía su grueso cuello y el boso velludo, mientras caminaba hacia la aguada. Por un momento quedó su cabeza expuesta a los plateados rayos lunares, que fueron suficientes para reflejar las puntas blancuzcas de su cornamenta. Que no tuve la habilidad de contabilizar, aunque si confirmar que era apetecible para un disparo. Lentamente baje los binoculares y apronte mi CZ-550, que había permanecido apoyado al caldén que me escondió durante aquella espera. Cuando hice el encare y saque el seguro, calculé que el ciervo ya estaba llegando al agua, y estuve en lo cierto, lo divisé justo cuando empezaba a dar cuenta de aquel abrevadero. Sin demora coloqué la cruz de mi retículo en el codillo y dejé que el gatillo me sorprenda desatando todo el poder del calibre 30-06. El estampido me afectó más de lo usual, y de seguro fue porque mi compañero el caldén estaba muy próximo y a la derecha del disparo, por lo que la onda, respondiendo a alguna ley de la acústica que desprecié en aquel momento, había reflejado el ruido hacia mi oído. Salvando ese detalle tuve la certeza que el golpe había llegado a destino. Al sentir del impacto, mi ciervo tomó impulso en el bebedero con toda su fuerza, dando un fuerte brinco en el agua y provocando una lluvia de gotas que se alzó más allá de su talla y reflejando la luz de la luna como pequeños diamantes. Aquel impulso redundó en una corta y torpe carrera hacia el fondo del corral, cuyo alambre perimetral no logro atravesar. La lente de la mira me permitió seguir todo ese periplo, ni bien pude reponerme del fogonazo del disparo.

La quietud y el silencio que prosiguieron, me vieron caminando lentamente hacia el final del corral, traspasando algunos alambres con paciencia y cuidado. Un torbellino de sentimientos pujaba por ganar el protagonismo del momento, felicidad por terminar con una mala racha de varios años sin colorados, agradecimiento, alegría, y tambien preocupación, hasta tener la certeza de haber sacrificado un ejemplar digno, de manera rápida y limpia. Debo confesar que también congoja, porque no puedo negar mi lado sensible, que me expone ante el sabor amargo de la muerte. Razón por la que siempre brego por tiros seguros y que minimicen el drama y la agonía del fin.

Ya sobre mi ciervo pude confirmar que se trataba de un animal adulto con una cornamenta en retroceso, pero aceptable, un candil perdido en las lides de la brama, un bello perlado y grosor destacable, sumando 11 puntas. El 30-06 había hecho su trabajo, entrando sobre la paleta izquierda, entregando toda su energía y sin rastros de salida.
Aquel día terminaba de la mejor manera, y di gracias al cielo de que sea así. Aunque terminar es una simple expresión, luego de eso volví a la casa para buscar la ayuda de Juan, que me esperaba con un asado al pozo. Sorpresa para este gaucho, que jamás lo había probado, y tuve la suerte de saborear como broche de oro de aquel día, que no finalizó hasta entrada la madrugada, después de cargar, cinchar, trasladar, despanzar el animal y otras labores, que bien conocemos los cazadores y que no son tan interesantes de relatar.

Aquel viaje se completó con otro ciervo obtenido al rececho la mañana siguiente, caminando las picadas del campo en busca de bramidos que nunca se dieron. Pero estar en el lugar y el momento correcto me pusieron a tiro un lindo ciervo selectivo de 9 puntas que puse a merced del Savage 308, ágil y ligero compañero de caminatas.

Las labores que siguieron aquel sábado consumieron mis energías y las de Juan. Cuereo, desposte y embolse de la carne nos abocaron el resto de la jornada. Fuimos dos, contra dos dignos representantes de la especie, y obtuvimos más de 60kg de carne limpia por animal. Gran faena y aprovechamiento total de los frutos de nuestra tierra.
El domingo temprano estaba en la ruta, rumbeando el regreso a mi hogar, rebosante de alegría y pleno de experiencias y momentos para compartir con mis amigos y afectos.

Fue una brama distinta, sin brama, pero con una vivencia imborrable que siempre recordaré.

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