Y el día tan esperado llegó

Mauricio Castiñeira

Vengo de muchos años cazando con rifle. Comencé de niño al lado de mi padre y me propuse aprender todo lo que él me transmitía en cada cacería. Fueron muchas horas apostado arriba de algún caldén, en tarimas improvisadas o directamente desde el suelo, las que me curtieron y enseñaron también. Aunque con el paso del tiempo, casi todas mis cacerías comenzaron a ser al rececho, no sólo en La Pampa, sino también en Río Negro y Buenos Aires, donde el terreno cambia y los animales tienen otros hábitos.

Esa forma de cazar, caminando despacio, leyendo el viento, usando el monte y el relieve para acercarme, me fue llevando de a poco a buscar un desafío todavía mayor. La caza con arco encajaba perfecto con ese estilo. Te obliga a estar más cerca, a ser más prolijo, paciente y, a darle al animal todas las ventajas posibles. Ahí entendí que era el camino que quería empezar a recorrer.

En diciembre de 2024, después de averiguar bastante, escuchar a quienes saben y probar varios arcos, me decidí por un Bowtech Solution usado, pero en excelente estado. Era una belleza, pero apareció un problema. No podía abrirlo. Configurado en 70 libras, era demasiado para mi poco entrenamiento y escasa experiencia.

Había leído del tema y elegí la opción más sensata, bajarle potencia hasta dejarlo en 60 libras. Ahí todo cambió. Por fin podía abrirlo con control y empezar a practicar. Arranqué tirando a blancos caseros hechos con lo que veía en internet, cartón, plásticos blandos, telas, hasta que con el tiempo fabriqué objetivos mejores que frenan bien la flecha y permiten sacarla sin demasiado esfuerzo.

Con los meses fui haciendo varios recechos sin éxito, pero me mantuve tranquilo. En una salida llegué a arrimarme a unos veinte metros de un jabalí, había ramas de por medio y preferí no soltar la flecha. Volví a casa con la calma de haber hecho lo correcto. Sabía que con el arco la efectividad es menor que con el rifle, pero también que la recompensa, cuando llegara, iba a valer el esfuerzo.

Hasta que llegó octubre. Los primeros días me tocaba volver a Peumayén, el coto de caza ubicado en la Provincia de Río Negro donde trabajo. Decidí llevar el arco para practicar en algún tiempo libre, y porque no, intentar algún rececho si se daban las condiciones.

En mi primer recorrida vi mucho movimiento de jabalíes (como siempre) en todos los apostaderos, pero eso quedaba para los clientes del coto. Además, mi primera cacería la soñaba recechando, y a plena luz del día. Eso complicaba aún más las cosas, pero si hay un lugar donde eso se puede hacer eso es en Peumayén, debido a la gran población de jabalíes y ese paisaje que intercala monte con espacios abiertos, abundante agua y mucha comida.

Cuando tenía un hueco en la agenda me daba una vuelta por los lugares donde creía que podía verlos u oírlos. Una tarde, en una de esas recorridas, los vi hozando en la punta de una laguna formada por la crecida del río, pero el monte cerrado de la zona y el sol cayendo me dejaron en claro que no podría llegarles. Me cuidé de que no me vieran y me retiré.

Al día siguiente volví a la laguna, aunque esta vez, antes de verlos, pude escucharlos. Me moví muy despacio hasta que los divisé. Noté que comenzaban a moverse hacia mi derecha, buscando internarse en un monte de tamariscos y olivillos. En la piara iban varias chanchas y lechones grandes, pero un overo me llamó la atención. Una pequeña alameda me serviría de escudo para avanzar sin que me vieran, así pude llegar al borde del monte donde se internaron. Con el viento a favor, busqué un claro donde supuse que podían salir y me quedé apostado. La lectura fue acertada y, para mi sorpresa, el primero que apareció fue el overo.

Tensé el arco, apunté y la flecha voló directa al animal.

Lo que siguió de asombró y mucho… En mi cabeza tenía toda la película creada donde me veía siguiendo el rastro de sangre, incluso hasta presintiendo el temor de no encontrar mi presa. Pero nada de eso pasó… La flecha impactó un poco más alto de donde apunté (entiendo que el tiro lo efectué más cerca que a las distancias a las que venía practicando), pero el animal apenas dio unos pasos, cayendo casi en el lugar.

Tras la estampida de la piara, el monte quedó en silencio. Fue ahí cuando me invadió esa sensación difícil de explicar, que sólo entiende quien vive con pasión esta actividad. Me tomé mi tiempo para repasar cada escena y disfrutar mi tan ansiado momento, saqué unas fotos y salí en busca de la camioneta para llevar el animal a despostarlo para aprovechar su carne con la familia y amigos, como siempre hago.

En mi vida de cazador este 2025 queda grabado para siempre. Mi hijo cazó su primer jabalí, un padrillo hermoso, con un Ruger .308 de un disparo impecable. Yo, por mi parte, cumplí mi primera cacería con arco compuesto.

Ahora, a seguir practicando e imaginando la próxima.

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