2001

Carlos Medina

Esa noche no durmió.
Como todas las noches previas a una cacería, no pudo pegar un ojo, se levantó a las 5 y apagó el despertador que había puesto a las 7. Prendió la cocina, puso la pava, y ensilló el amargo; mateó.
Las pilchas y el equipo ya estaban cargados en la chata desde la tarde anterior, cargó el mate y arrancó.
Pasó el túnel ya aclarando y la helada era brava, la ruta era un encanto al brillo de ese sol que tímidamente iba asomando al levante…a la derecha y al frente, porque iba «pal lado de sauce luna».
Llegó a la estancia cerca de las 11. El ruso andaba «pal campo» así que mateó con la doña mientras ella preparaba el guiso, y charlaron del gobierno, de la lluvia y bueyes perdidos y cordones umbilicales. Cuando llegó don ruso, se dieron la mano y un fuerte abrazo, de amigos, se habían conocido hacia un par de años, una mañana en que el «cazador», andaba rastreando un padrillo baleado de la noche anterior en lo de López, un vecino con el que el ruso no se llevaba para nada bien, sin embargo, se toparon, encargado y cazador en la costa del arroyo donde había cruzado el chancho, y la mala relación entre vecinos no fue obstáculo para que después de una breve presentación, siguieran el rastro juntos y con ayuda de «patrón», el ovejero del ruso, encontraron no lejos, al barraco estirado y de panza hinchada, con un tiro atrás de la última costilla. Panza…pero muerto!
Así se conocieron, y la invitación fue natural e inevitable, cordialidad campera y entrerriana, sello y marca de esa gente. Hoy, caía devuelta como tantas veces a lo largo de esos dos años, a campear algún hocicudo, si la suerte lo acompañaba.
Almorzaron el guisardo casero, el ruso se fue a siestear, y él se fue a las chacras a bichar el rastrerío. Habían algunos rastros (chanchas y cachorros) de la última lluvia de la semana anterior, pasadas bien marcadas y en uso ¡pero él quería uno tosco!
Revisó dos chacras de rastrojo de soja sin ver ningún rastro potable, paso el badén del arroyo donde dos años antes conociera al ruso y entro a «las 75», la tercer y ultima chacra, que también tenía soja trillada. Sobre la primer costa que venía revisando lo encontró! Un pasadero clarísimo y bien trillado, de un padrillo, «de los de antes». El corazón se le apuró y una cómplice sonrisa se le dibujo en los labios, mientras sus dedos acariciaron la culata del viejo Mauser.
Ya estaba, no hacía falta revisar más, ése era el chancho que el quería.
Se volvió a la chata a buscar el equipo y prepararse para la noche, ya eran las 16:30hs. Llegó a la F-100 y sacó de atrás del asiento la vieja mochila de lona verde, desteñida y remendada por todos lados. revisó el contenido: la eskiltuna con la chaira, la maglite, los viejos bushnel de 7×50, una cajita de FM 7,65 guerreras con la punta limada, la brújula, la campera del ejército, gorro de lana y una cobija, sacó del portatermo un paquete empezado de «9 de oro», y una botellita de agua. Listo!
Volvió a «las 75», ya eran casi las 6 de la tarde, el sol bajaba rápido.
La pasada estaba sobre un alambrado que iba de este a oeste, y la casi nula brisa que soplaba era del sur, del lado del monte. ¡Inmejorable!
Unos ciento cincuenta metros hacia adentro de la chacra, había un algarrobo. No era cerca para apostarse, pero era el único lugar donde esconderse dentro del rastrojo, sin modificar nada, no quedaba otra…
Entre el chilcal que había bajo el viejo árbol, armó «la cucha». Tiró al piso la cobija doblada, saco todo de la mochila y lo acomodó bien a mano. Probó las pilas de la maglite (encintada con aisladora para que no haga ruido cuando la apoye contra el rifle), colgó los prismáticos en una rama, tanteó el filo de la cuchilla y otra sonrisa se le piantó… ¡Afeitaba, como debía cortar un cuchillo «de cazador»! Tomó en sus manos el viejo 1891, compañero tantas aventuras, acarició su maltratada madera con el mismo amor con el que acariciaba a su perro, abrió el cerrojo (ya pulido por el uso), e introdujo 4 balas, de las «customizadas en casa», cerró el cerrojo subiendo una bala, y volvió a levantar la manivela. -Así lo dejó a su lado-.
Las sombras empezaron a hacerse largas. El frio empezó a hacerse sentir.
Desde su improvisado observatorio, veía perfectamente todo lo que quería ver, sin dejar de estar bastante bien oculto. La luna estaba casi a pleno, así que veía a simple vista la pasada del puerco todo el tiempo, de todos modos, cada tanto le pegaba una relojeada con los prismáticos a todo el entorno.
Y oscureció -pero no oscureció- cuando la luna alcanzó un poquito más de altura, la noche se puso tan clara como el día. La helada empezó a brillar sobre el rastrojo con ese plateado que solo los cazadores conocen, y que se marida con el silencio ensordecedor de la noche en el monte, concierto mudo, que regocija el alma, y hace agradecer estar ahí, vivo, solo, y cazando.
Gritaban los zorros, chistó una lechuza, cruzó un zorrino por al lado del algarrobo. Las horas pasaban y… nada.
Como a las 10 escuchó una chancha renegando con los lechones en la chacra de al lado- se rio en silencio imaginando la escena-.
Cerca de la medianoche oyó el alambre; el corazón se le apuró y los oídos se alertaron, pero el ruido no vino de esa pasada sino bien de la izquierda. Se incorporó medio entumecido para mirar hacia ese flanco, que no veía desde sentado y antes de terminar de asomarse, escuchó voces. estaban retando a un perro… La puteada le nació del fondo de las tripas, pegó un chiflido fuerte a la vez que alumbró corta y rápidamente con la linterna. Silencio un segundo y otro murmullo. Después nuevamente silencio. Los cazadores que venían entrando sin permiso desde el campo vecino, entendieron el mensaje y respetaron su prioridad. Se fueron
Igualmente, el hecho que anduvieran por ahí, y con perros, le produjo un gusto amargo. Una desazón muy parecida a las ganas de irse a la m…Tomó aire, se calmó, comió unas galletitas y siguió su vigilia. A las 2, la mala onda que le había producido la visita de «los perreros», más el frio, más el aburrimiento, pudieron más y decidió desistir en su espera e ir a caminar las otras chacras, a ver si podía tirar, aunque sea uno para no irse «zapatero».
El entrar en movimiento le produjo un alivio corporal después de tanto frio e inmovilidad. Así anduvo largo rato, mirando con sus viejos y rayados prismáticos todos los rincones de los potreros.
Encontró la chancha con lechones que había oído más temprano – flaca-.
Encontró otra cuadrillita donde había unos cachorrones gastronómicamente interesantes, y decidió entrarles. Se fue acercando en arco buscando acomodarse con el viento, y llegó a unos 80 metros. Bajo los prismáticos y descolgó el Mauser del hombro -los últimos metros los iba a caminar con el fusil en la mano-. ¡En ese preciso momento, un tero empezó a gritar en “las 75”, y enseguida otro! Algo, un instinto adquirido en tantos años de caza, una alarma le sonó en la cabeza. Automáticamente se colgó el rifle al hombro, dio media vuelta y encaró al tranco largo para la chacra del algarrobo. Pasó el badén del arroyo y se asomó con cuidado, se echó los largavistas a la cara, y lo vio.
¡Magnífico! A la luz de la luna ya bastante baja y con mucha menos fuerza que temprano. Por los prismáticos podía verlo perfecto, soberbio, hermoso padrillo de jabalí en todo su esplendor, hozando el rastrojo y tirando pasto para arriba como jugando.
El corazón se le disparó al galope…Bueno; calma se dijo y respiró hondo. Verificó el viento nuevamente y empezó a caminar muy despacio, estaba a unos 180 metros. Caminó los primeros 50 metros sin parar, lo miró por los binoculares (porque ya no se veía a simple vista) y ahí estaba aunque iba hacia adelante, pero despacio siguió. A los 30 paró de nuevo (iba bien) y llegó a 70 metros. Descolgó el Mauser, lo buscó por la mira -no lo veía- ya eran las 5 de la mañana y la luna alumbraba muy poco para su humildísima tasco 4×40. A gatas lo veía por los prismáticos, pero por la mira, no.
Echó la mano a la cintura, y encontró el frio aluminio de la vieja y baqueteada linterna maglite «de 3 elementos”, la sacó con la derecha y la paso a la mano izquierda. Rodilla a tierra apoyó la linterna suavemente sobre la delantera de la culata del 7.65, encaró el rifle, lo bajó unos centímetros (para ver sobre la mira), y prendió la luz.
El padrillo levanto la cabeza al mismo tiempo que el hombre bajo la suya para que el ojo derecho encuentre el ocular de la mira. No pasó ni un segundo y el tiro atronó la noche, retumbó en el monte y se fue apagando. Accionó tan rápido el cerrojo nuevamente, que su sonido fue tapado por el eco del tiro – instinto- No hizo falta secundar.
El chancho pateaba frenéticamente haciendo volar pasto y palitos de soja, mientras giraba sobre sí mismo en los últimos estertores de la muerte.
Calma…
El hombre bajó el Mauser, se arrimó, admiró su trofeo.
Le sobrevino esa sensación de admiración y respeto que siente el verdadero cazador ante la presa muerta. Algo que para los ajenos parece un absurdo, un contrasentido, pero que no pretendemos que ningún profano comprenda.
Se sentó un rato a su lado.
Se paró, saco la cuchilla, le cortó los huevos, y lo despanzó. Apartó el tripero a unos 5 metros, y dio vuelta el chancho panza abajo para que los zorros que ya andaban ahí al lado meta grito, no estropeen la carne de los cuartos.
Limpió la eskiltuna y sus manos en el pasto mojado por el rocío, y se fue a buscar la chata.