ENTRE TIGRES Y BOAS

Por Carlos Rebella

Estaba obsesionado por atrapar la imagen del felino más grande de América, el yaguareté, o jaguar. Lo había intentado en Salta, Chaco, Formosa, Misiones, Paraguay, Brasil, Bolivia, y hasta la lejana Colombia, pero ni los dioses paganos, Diana y Artemisa, ni San Uberto, me alumbraron el camino.

Varios intentos infructuosos con el mismo objetivo, demostraban que, sin una infraestructura adecuada, era casi misión imposible, aunque como ha ocurrido tantas veces, el azar permite muchas veces tomas espectaculares. Pero si hay algo que caracteriza a los cazadores, es la tenacidad, que raya frecuentemente con la inconciencia. Geoge Mallory, alpinista británico, intentó tres veces escalar el Everest, sin éxito, hasta que perdió la vida en una de sus laderas heladas. Y cuando le preguntaban el porqué de su obsesión por alcanzar la cima, respondía invariablemente:

“…porque está allí…”.

También Lionel Terry, en su libro Conquistando lo Inútil, analiza el desempeño síquico de los deportistas que afrontan peligros, con motivaciones complejas: alto nivel de riesgo y bajo nivel de beneficio. Dañar nuestro cuerpo intencionalmente, puede parecer demencial para los profanos, pero es una contingencia calculada.

Valgan estas divagaciones para justificar – si fuese posible – que los monteros continuemos, desde hace cientos de miles de años, con una actividad estéril, más allá de puntuales comunidades aisladas geográficamente, que aún practican la caza de supervivencia.

Entre estos y otros circunloquios, – pretextos tal vez – preparé por enésima vez mis petates: en mi sub consiente, lo más importante era estar cazando, aunque fuere con una cámara fotográfica. No había muchos destinos con olor a yaguareté que no hubiera visitado, de modo que decidí reincidir en el chaco paraguayo, antesala de Amazonia, y uno de los paraísos faunísticos donde reina el gran gato pintado. Habían pasado casi tres años, desde el último empeño en tierras guaraníes, a las que llegué gracias a los buenos oficios de un colega de aventuras formoseño, Néstor, sin cuyo apoyo no hubiera sido posible. Fue así que, luego de múltiples preliminares vía Internet, volvimos a planificar ese baño de humanidad Orteguiano, lejos del mundanal ruido, y cerca de la Naturaleza.

Claro está que cargaría con la mochila más pesada: cruzar el Pilcomayo, y cabalgar varias leguas en medio de la selva, hasta el rancho de Auriel, quien fuera entonces mi baquiano, para ultimar detalles si aceptaba. Y cuando hubo logrado su objetivo, recibí el mensaje halagüeño: teníamos fijada hora y día para reunirnos, en el mismo vado.

Los 1100 kilómetros que separan Buenos Aires de la capital de Formosa – Hermosa, según la locución latina que eligieron los conquistadores – se hicieron cortos, y al anochecer temprano de un abril desusadamente frío, llegué a la casa de mi cófrade, en un country suburbano. Imposible describir la alegría al abrazarnos, saludar a su gente, y sentarnos debajo de un gigantesco jacarandá, que esperaba la floración primaveral. Junto a la parrilla, su hijo trajinaba con el asado, mientras nosotros actualizábamos la agenda, recordando antiguas aventuras, las últimas cacerías, y la vida de  Auriel, Señor del Viento, según su mitología guaraní, con quien compartiría las próximas dos semanas. Confirmando que entré con el pie derecho, supe que el río, caprichoso y dependiente de las lluvias en el altiplano boliviano, se podía atravesar caminando, según había comprobado pocos días atrás. Una circunstancia engañosa, pues hay épocas en que alcanza más de seis metros de profundidad.

Las horas de sueño me revivieron, y el festival de colores que apareció en la ventana, me deslumbró: el sol acariciaba las crestas de lapachos, urundays y quebracho, desplegando un infinito telón de ramas verdes meciéndose al compás del viento. Flores que no temen al invierno, llenaban el espacio de color y perfume, prometiendo una jornada gloriosa.

Luego del desayuno, me acerqué a la cercana ciudad capital, con una larga lista de vituallas. Como lo que se olvida se lamenta, la nómina era larga: desde agua en cantidad, so pena de beber las poco confiables que acumulan pozos y arroyos, hasta latas, paquetes y condimentos. El carguero y las maletas de cada jinete, serían más que suficientes para trasladar una pizca de confort, adonde todo es precario y la ayuda inalcanzable.

Pasado el día de sociales, el amanecer siguiente nos sorprendió traqueteando un callejón abierto en el monte, que nos llevó a la vera del cauce internacional. Llegamos cuando clareaba, y termo en mano, nos sentamos para que corriera el tereré, mate frío que se estila por esos pagos, que sorbí por compromiso. No debimos esperar demasiado: desde las sombras del bosque que se perfilaba enfrente, surgió nuestro hombre, con su poncho floreado, sombrero aludo, y dos caballos de tiro, uno ensillado con recado criollo, y el otro con arneses de carguero. Levantando un abanico de gotas que brillaban como pequeños diamantes, los cascos golpeaban las piedras, resbalando sobre el musgo verdoso. En cuatro trancos, su mano huesuda, curtida por el astil del hacha y el tiempo, se estrechó con afecto entre las nuestras. Estaba igual: delgado, ojos negros, profundos y brillantes, la melena asomando por debajo del chambergo, ajustado al mentón con la presilla, y su infaltable rebenque, forrado con cuero de carpincho. Continuó por un largo rato la rueda matera, y luego nos abocamos al minucioso acondicionamiento de la carga en las chiwas, guarnición campera similar a las que utilizan nuestros criollos sureños. Se trata de un juego de dos armazones, de caña o metal, que apretujan el equipaje como un emparedado, y se cuelgan sobre los flancos del carguero. Acondicionamos los elementos menos frágiles, cuidando de balancear su peso,  dejando los más vulnerables para  las maletas, o alforjas, que penden sobre los ijares: prismáticos, equipo fotográfico, caramañola y demás.

Inexorablemente, llegó la hora de despedirnos. Nos volveríamos a ver, casi dos semanas después.

Cuando me aferré a los bastos para montar, primer gol en contra: el lugar del mullido cojinillo de oveja que remata el recado, lo ocupaba un viejo cuero de cabra que habían perdido casi todo el pelo, duro como suela… Quienes han cabalgado largas distancias, saben que no es un inconveniente menor, pero estaba en el baile y había que bailar, esperaba solucionarlos al llegar.

El imponente Chaco Paraguayo nos abrió la puerta de un sendero abrazado por ramas y enredaderas, un túnel verde, húmedo y oscuro, que nos llevó lentamente hacia el interior profundo, donde el hombre, aún, no ha clavado sus manos alevosas. Helechos gigantes, orquídeas marchitas, frutos ignotos y flores de invierno, aparecían donde posara la vista; innúmeros pájaros multicolores chillaban, alarmando a pecaríes y corzuelas que, como saetas, cruzaban la huella; vadeamos infinidad de arroyos y arroyuelos, mansos y cristalinos, y nos detuvimos un par de veces para dar un respiro, abrevar a los montados y controlar carga y cinchas. Era enriquecedor escuchar a mi ladero identificando, en un aceptable español con tropiezos guaraníes, los cantos y voceríos que traía la brisa.

Hacia el mediodía, oímos el ladrido de los perros, que nos habían presentido, y poco después, en medio de un amplio solar despejado, aparecieron rancho y aljibe. Nada había cambiado, excepto una blanqueada de cal, la canaleta nueva para llevar el agua de lluvia al aljibe, y a un tambor en una ochava, del que asomaba un largo palo semi podrido.   

Ya junto al palenque, bajo un enorme quebracho blanco, desensillamos en medio de la algarabía de los perros, festejando la llegada del amo. Desarmamos las chiwas, y uno a uno entramos los bultos al monoambiente, a resguardo de meadas y mordiscos. El patrón atizó el rescoldo de la estufa-cocina-matera, le acercó leña, colgó de un gancho la misma pava ennegrecida por mil fuegos, y en una olla sumergió dos piches charqueados, para enternecerlos. Me recibía con un menú a toda orquesta…

Luego liberó a los animales, que ganaron el monte, y se dispuso para ayudarme con la instalación de mi tienda. Me alegraron dos cosas: una, que el sitio elegido para el vivac, el mismo, estuviera alisado, limpio y rodeado por un seto espinoso contra canes, y otra que hubiera calentado agua, porque recordó que el mate me gusta caliente. Como primera medida, un pedido que traía desde hacía horas en la cabeza y el culo: un acolchado cojinillo. Fue como si le pidiera un helado: apenas podía ofrecerme algunos de los que colgaban del alambrado, apolillados y duros como garrote. Como dije, lo que se olvida se lamenta: extrañaría mi cómoda silla patera.

Cuando los vientos que estiran la lona se tensaron, la colchoneta inflada, y la bolsa cama y mis bártulos en su lugar, nos sentamos en sendos tocones. Auriel restregaba las mulitas, tratando de ablandaras, y yo poblaba los estantes vacíos con latas y botellas, dejando carne, quesos, y algunos vegetales, protegidos en la fiambrera plegadiza de campaña. Poco más de una hora después, nos atracamos con la exquisita carne de las mulitas, hervidas y adobadas con salmuera, con su caparazón como plato.   

Aunque la deseaba, evité la siesta: quería caminar por los alrededores, y llegar hasta un charco cercano, uno de tantos oasis alimentados por surgentes naturales. Aunque muy próximo a la casa, no era imposible que el jaguar lo utilizara, y, en ese caso, sería un buen lugar para acecharlo. Un sendero abierto por las cabras nos llevó hasta el ojo de agua. Era la evidencia de la increíble fauna de pelo y pluma que habita ese santuario. Según las huellas, parecía que el mundo silvestre se daba cita para abrevar, incluidas las de nuestro amigo, pero antiguas. Muchas eran viejas conocidas, pero algunas, curiosas, eran interpretadas, acercando historias con pasado esotérico. Así, relataba que mucho tiempo atrás, tanto que no se podía medir, hubo una guerra con la tribu Tupí, y entre muchos, un guerrero joven y hermoso, Fané, fue derrotado y encadenado. Sucedió que Ñambuí, la princesa hija del cacique vencedor, se enamoró del mancebo, provocando la ira del padre, que los separó para siempre. La niña, desconsolada, comenzó a vagar por la espesura, contando sus desdichas a los árboles, que le respondían con el murmullo de sus hojas. Hasta que, al fin, Ñambuí desapareció. Entonces, luego que los guerreros enviados a buscarla fracasaran, encargó la tarea a su mago, que la halló, inmóvil como una estatua, sin lágrimas en los ojos, y murmurando que solo regresaría cuando pudiera sentir y hablar nuevamente. Tiempo después el brujo, el único que sabía dónde estaba, volvió a verla, para llevarle la noticia que el Tupí había muerto. Ella se estremeció, y de sus labios brotó un triste lamento desgarrador. Desde entonces, por las tardes y transformada en Urutaú, el pájaro vaga eternamente, llorando por el bosque. Entre esa y otras historias, llegó la noche, comimos los alimentos perecederos, y disculpándome, le anuncié que me retiraba a descansar. Estaba fundido.

Me despertó la luz del nuevo día, filtrándose por la lona de la vieja carpa Cacique que, agitada por la brisa, parecía aplaudir el brillante amanecer. Luego de remolonear unos minutos, me vestí sin prisa: dedicaría el día al ocio, y a discutir planes con mi amigo montero. Apenas corrí el cierre, me recibió un coro de ladridos y los gritos de Auriel calmando a la perrada, alborotada por el intruso. Me acerqué, y me dio los buenos días con un mate caliente, – no olvidaba mis gustos – mientras él colmaba el suyo con agua de pozo. A un costado, desde un plato enlozado con negros lunares, una torre de tortas fritas invitaba. Antes de seguir con el rito matero, fui en busca de un trozo de galleta, me acerqué con prudencia, y les arrojé algunos mendrugos desde lejos. Mientras les hablaba suavemente, me fui acercando, y pronto comían de la mano y conocían mis olores: ya éramos amigos…

Después de dialogar largo rato sobre temas intrascendentes, llegó el momento de ir al grano. Con el antecedente del revés de años atrás, y conociendo las reglas del juego, insistió, como entonces, en que era muy difícil sorprender al capiango en terreno adecuado para la foto. Suponiendo que la jauría lograra que la enfrente, el enfrentamiento pasaría en terreno propicio para el gato: maleza, retaguardia cubierta y amagues, con poca luz y mucho movimiento. Como nada de eso era novedoso, mis únicas expectativas se reducían a lograr que, acosado, adopte su táctica más frecuente: trepar al árbol más cercano, y esperar a que sus adversarios se cansen, dando tiempo para lograr imágenes como las que abundan en Internet, pero propias. Y esa sería la opción que me llevó tan lejos, y buscaríamos durante el nuevo intento, para bien o para mal.

Entre tanto, llegó a hora del almuerzo, una tira de asado que pasó, de la heladera de tela mosquitero, a la parrilla. El intervalo fue ocasión propicia entregar los presentes, un cuchillo Victorinox, encabado con asta de ciervo, y un típico sombrero negro, con cinta tejida. Así se pagaban entonces las atenciones, y no por pijotería, sino porque así nomás era la cosa… Encantado, pasando cien veces la yema del pulgar por el filo, me agradeció entregando una moneda a cambio: así lo dice la tradición…  Luego de la siesta, recorrimos los alrededores, nos animamos hasta una vizcachera cercana, desierta pero densamente poblada, según los cientos de pisadas que se dirigían a las cuevas, desde donde, por momentos, se oían sus voces cavernosas. Teníamos carne fresca, deliciosa y cercana. Transcurrió el día, apacible y tranquilo, llegó el atardecer, y con él un concierto salvaje de la selva cercana. Los primeros monos aulladores, y las bandadas de cotorras, que buscaban sus nidos, poblaron el aire de melodías indescriptibles.

Mi segunda aurora en el chaco paraguayo, fue muy distinta. Apenas asomé, con ropa de trabajo y el equipo, noté que ya estaban los caballos palenqueados, bufando suavemente ante la inminente partida. Mi prioridad era conseguir cojinillo, – así se llama al cuero de oveja que hace confortable el asiento, pero el lanar no es conocido en la zona, y por eso usan el de chivo, que se apelmaza prontamente. Debí arreglarme con un sueter y una frazada plegada. Llené una de mis maletas con fiambre y galleta, equipo de mate y suero antiofídico polivalente, y en la otra el equipo fotográfico. Como los cowboys, sobre el cinturón me ajusté la cartuchera con el .357 magnum, y para proteger a las piernas de ramalazos y espinas, me calcé un par de perneras de cuero prestada. Por último, detrás de los bastos, y sobre el anca, até a los tientos mi capa de agua. 

Después de soltar a la jauría exaltada, que calmó con par chasquidos de látigo,  confirmé que, a pesar de ser cuscos bastardos, tenían un alto entrenamiento: se sometían mansamente a las órdenes, apenas chistidos, susurros, y algún zumbido de la lonja.

Rumbo norte, una hora después, tal vez más, el monte comenzó a ralearse y aumentó la visibilidad. Auriel no despegaba los ojos del camino, en busca de huellas, y yo aprendía, siempre se aprende de un buen baquiano… Cada una era objeto de un comentario:

 “…aquí va un tateto (npecarí)don Carlos; vea, un viracho(corzuela); por ái anduvo el capiango(yaguareté); ese es un pangüi (puma), y aquel un mboreví, (tapir)…”

Transcurrió el día, interrumpido por un par de horas de almuerzo y descanso, junto a un riacho, y en ese lapso detectamos muchas señas del pintado, demasiadas, diría, que negaban el estado crítico de la especie, por lo menos en el chaco paraguayo. Sin embargo, recientes, que pudieran levantar los perros, ninguna.   

Para abreviar, la primera semana se diluyó sin pena ni gloria, más allá de   cientos de pantallazos y videos de la infinita flora y fauna nativas: lapachos madurando sus primeros pimpollos; la asombrosa mburucuya, flor nacional paraguaya; rododendros, lirios, orquídeas y mariposas. Saltando como lo que son, infinidad de monos, desde el diminuto titi al enorme aullador, cruzaban veloces entre las ramas, gritando cada cual en su idioma. Corzuelas que pasaban como saetas, enormes papagayos y una piara de pecarí que se detuvo un segundo para mirarnos, era una mínima parte del exuberante reservorio nativo, amenazado a corto plazo por un nuevo aserradero que, según Auriel,  se estaba construyendo a menos de 100 kilómetros, sobre un desmonte impiadoso, pero autorizado a cortar solo árboles caídos o secos, una limitación que nadie controla…   

Entre tantas anécdotas que atesoraba en mi diario, no puedo omitir una graciosa. Resulta que, para el mate mañanero, llenábamos la pava con agua del tanque esquinero del rancho, el del puto palo que lucía como un mástil sin bandera. Como lógicamente contaminaba el agua – como si fuera posible – lo saqué y eché a un costado. Al otro día, mientras lo acompañaba a buscar los caballos, el paraguayo, como al pasar, me dijo:  

“¿no vió el palo que estaba en el tambor, don Carlos?

“Si chamigo, discúlpeme, pero creí que ensuciaba al agua y lo saqué, ¿por qué?  

La respuesta me provocó una carcajada que no pude contener:

“…. Y ahora, ¿Qué jepoy (bajadero) tendrá el gato para tomar agua…?”

La siguiente semana no comenzó mejor. Luego de un finde de descanso para nosotros y los animales, me propuso rumbear hacia cierta laguna, donde abundaban los carpinchos, uno de los platos predilectos del felino. Sin embargo, luego de 20 años monteando tras ellos, noté que los perros no estaban en condiciones, y así se lo hice saber a mi amigo. Aseguró que estaba consciente de ello, y que no objetó para tratar de lograr el cometido. Habían sufrido casi una semana de trajín, y sus plantas y patas mostraban huellas dolorosas. Como acompañante, junto a los cascos, nos acompañó el jaguá casero, un cusco veterano, que más tarde demostraría su valentía. Tres horas de tranco después, apareció la inmensa laguna. En sus aguas, un espejo calmo y amarronado, deambulaban varios capibaras. El sendero que recorrimos terminaba en una boca que se replicaba en todo el perímetro lacustre, donde asomaban numerosos túneles abiertos en la selva por los animales. Desmontamos, y caminando con los caballos de tiro, recorrimos la costa del monte, analizando las huellas de los visitantes. Poco después, ¡bingo! Con una sonrisa de oreja a oreja, señaló con el dedo una pisada aún húmeda de un felino, que, afirmó, era el yaguareté. No había dudas que eran de felino, pero durante mis intentos anteriores, más allá de otras fronteras, había comprobado que la del puma y jaguar, son casi idénticas, un dibujo perfecto de cuatro dedos, y la almohadilla de apoyo, en ese caso de un ejemplar joven. Como a duras penas podía contener al perrito, evitando que se lanzara antes de tiempo, montamos y comenzó el vía crucis. El fachinal era casi impenetrable, y había que machetear sin pausa para avanzar con exasperante lentitud. Unos 500 metros adelante se bajó, y pasó los dedos por una mancha mojada:  una meada aún caliente. Se decidió, soltó el perro, y en segundos desapareció ladrando: para mis adentros, pensé que puma o tigre, se quedaría sin perro… Pero al rato, los ladridos cambiaron el tono, y Auriel anunció triunfalmente:

 “¡- lo tiene está empacado -!

Fue increíble. Tomó la delantera, encarando una endemoniada maraña de helechos, higueras con cien raíces colgando como una red, y troncos caídos. Lo seguí como pude, zigzagueando, tratando de no dejar un ojo en Paraguay y apretando las rodillas. Cuando oí el primer rugido no dudé: era el jaguar que chilaba con voz extraña, distinta a la que emite cuando pelea. Hasta que, a través de un resquicio en la maleza, vimos al valiente perro ladrando hacia un matorral enredado, sin acercarse demasiado. Se me quemaron los papeles, no entendía porque la fiera se había empacado.

“…no se abaje don…“

me gritó mi compañero, mientras lo azuzaba. Había llegado la hora de la verdad. No era la primera vez que lograba acercarme tanto. En otras dos  estuve a menos de diez metros, viéndolo fugazmente entre la maraña, pero siempre con diez o doce canes tratando de sujetarlo, rodeado y defendiéndose. La extraña circunstancia me desconcertaba: era evidente que el perro no se atrevía a pasar la raya, y que el tigre apenas ronroneaba sin furia. ¿Pensaría comérselo? De cualquier forma, era una oportunidad y trataría de lograr mi foto. Mientras manoteaba dentro de la maleta, veo al paisano empuñando un enorme revolver cromado: el muy zorro, nunca me dijo que estuviera armado… No era mucho, pero sentí cierta protección y me decidí. Logré apuntar el lente para regular el zoom, pero con el caballo caracoleando y las riendas tironeando entre los dedos, esperaba un milagro. Hasta que, súbitamente y como un flash, vi parte de la cara amarillenta y moteada, a través de una ventana entre las ramas: hice cliquear varias veces el obturador antes que desapareciera de mi vista. Segundos después, reapareció como una sombra fugaz, capture dos imágenes, y con ello culminaron diez días de empeño. Frustrante.

Haberme relajado, y aceptar la salida con un perro, fue una boludez imperdonable, y quiso la suerte que coincidiera con el día afortunado, pues con la manada completa, hubieran sido muchas las posibilidades de que la enfrentara o, lo más probable, se enhorquetara. Nos aproximamos al escuchar los ladridos lejanos del pichicho, siguiendo el olor de la fiera. Auriel gritó su nombre varias veces, y al rato esta junto a su caballo. Cuando otra vez nos envolvió el silencio, despojado de su pachorra natural, y con arma aun en la mano, se lamentaba:

“la cagamos angirú (amigo), hubiéramos traído los perros…”   

Eran nada más que buenas intenciones, pues de haber sido así, hubiera sido una matanza… Sentados en el pasto, agitados por la emoción y el cansancio, quedamos largo rato sin palabras. No había mucho para decir.

Desde el matorral donde se había parapeteado la bestia, llegaba su penetrante  tufo almizclado característico, y de otra larga orinada contra las ramas. Concluimos en que era un cachorro inexperto, pero yo estaba seguro de que, si no llegábamos, hubiera ultimado de un solo zarpazo al perro. Aunque nunca sabremos exactamente los motivos de su conducta.

Retornamos a la picada principal, y lentamente desandamos el camino. Apenas llegamos, baldeamos los caballos, les untó con grasa las patas, heridas por golpes y espinas, y por fin, con la misma ducha, nos bañamos en bolas, en medio del patio polvoriento…

Más o menos repuestos, nos prendimos en una larga mateada, repasando cada minuto del lance, aceptando que mi largo viaje había fracasado. Mi amigo, entusiasta a pesar de todo, insistía en que, dejando que la jauría descansara un par de días, valía la pena volver a intentarlo. Pero sabía que esas heridas demoran bastante en cicatrizar, y mi tiempo expiraba. De última, no sería la primera, ni la última vez que la onca me vencía.

Aunque falta contar algo sobre el leitmotiv del encabezado.

La mañana que marcó el fin de la aventura, me sorprendió remoloneando en la bolsa, desilusionado, pero satisfecho por tantas correrías y avistamientos increíbles. Cuando me despabilé, me asomé al sol que comenzaba a calentar, y até a los canes: debía sacar de la carpa mis bártulos, y protegerlos de sus orines.

Luego nos enredamos en la última mateada, fue en busca de los caballos, y los ató al palenque para ensillarlos. Uno a uno fui sacando los bártulos de la tienda, el último, la lona para cubrir la carga. Cuando la alcé, faltó un pelo para el infarto. Desde el suelo, a menos de un metro, una serpiente del grosor de mi brazo, me miraba con sus ojillos malignos, siseando con su lengua bífida que asomaba y desaparecía como una saeta. Tiré la lona al carajo, y llamé al cumpa a los gritos. Cuando se acercó y le expuse el motivo, largó la carcajada. La boa constrictora – de ella se trataba – era una lampalagua no venenosa, que caza asfixiando a sus víctimas – incluido el hombre – con un abrazo rápido y mortal. Hacía casi dos años que convivían en armonía, y vagaba por los alrededores a su antojo, librándolo de liendres, ratas y cuises. Hasta manducó un pecaría de collar – más de 20 kilos -, entero, ya que no pueden masticar. En perspectiva luego de tantos años, el episodio resulta jocoso, pero cuando pienso que dormí, vaya uno a saber cuántas noches, con semejante lombriz a mi lado, me pone los pelos de punta.

Y llegó el momento inevitable. Con el carguero pronto y los montados dispuestos, apuntamos al cercano y oscuro corredor boscoso, por momentos iluminado por el sol que se filtraba entre el follaje, como doradas lanzas flamígeras.

Cuando llegamos a la costa del Aguaraý, nuestro Pilcomayo, Formosa me recibió desde lejos, agitando los penachos de los árboles. Vadeamos, y  convinimos en que Auriel cabalgaría hasta las cercanías del country, se contactaría con Néstor, y lo impondría del regreso anticipado. Yo esperaría su llagada, pues no sería prudente llegar a su casa con la facha que teníamos, montados y con un carguero… 

Como el tiempo era estable y no demasiado frío, inflé la colchoneta, y bajo un árbol encendí un fuego y disfruté de una noche espectacular, estrellada y diáfana. Dolce far niente, y a preparar una buena cena.

Apenas me había recostado cuando se oyó el motor de la camioneta que llegaba. Mi amigo, preocupado ante un posible conflicto con Auriel, dejó todo para rescatarme. Luego de aventar sus dudas, trabajamos largo rato cargando mis petates, y por último después de asegurar con sumo cuidado a los caballos emprendimos el corto viaje, esperando cruzarnos con Auriel en el camino. Y así fue. En un recodo, apareció al tranco cachazudo y se detuvo. Fue una larga y triste despedida, con un largo abrazo, y la promesa de un pronto retorno que, lamentablemente, nunca ocurrió.

Ya en la finca, me acosaron con infinitas preguntas que respondía con verdadero placer, ocultando la decepción. Quien, a pesar de todo posibilitó el intento, estaba desconsolado. Sabía de los desvelos que implicaban esos largos viajes, porque también recorrió muchos países cazando, su pasión sin límites.

No obstante, la mirada que tengo de nuestro deporte, es más conformista. Los regresos sin gloria han sido tantos, que ya no me intimidan ni desalientan, por el contrario, excitan la revancha, y enseñan a aprender de los errores. Cada día, hora y minuto, de las vivencias monteras y sus reveces, son parte de la incertidumbre, la duda, sin la cual, como la muerte del animal, la caza se evapora. Ortega dixit. Así sentía, posiblemente, aquel grupo de homínidos que, hace 300.000 años, según los restos hallados por afamados antropólogos, se encontraban a la vera de un río, en el valle de Riff, hoy Etiopía. Su tarea esencial, era afilar pacientemente pequeños trozos de vidrio volcánico que, fijados con trozos de tripa, al extremo de una vara de madera, fueron, después de la piedra, una de las primeras herramientas venatorias de nuestros parientes.

Nada mejor que recordar los versos de Kipling, que en su poema IF, el condicional inglés, sintetiza:

“…si puedes enfrentar el triunfo y la derrota, y tratar a esos dos impostores por igual… eres un hombre, hijo mío…”

  

Carlos Rebella.

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