Cuyin Manzano
el reino de lo posible

SUSTENTABLE, CONCRETO Y REAL.

Dentro del vasto y poco delimitado universo de la conservación, el término “sustentable”, recitado y recetado hasta el hartazgo, es una suerte de estandarte de la declamación ecológica, quedando confinado el concepto, las más de las veces, a la mera invocación de proyectos, tan demagógicos como irrealizables y con muy pocos puntos de contacto con la realidad.
Sustentable es, entre otras cosas, aquella práctica que se convierte en sostén del desarrollo socio–económico de una comunidad, otorgando así una nueva visión del desarrollo humano en oposición con el actual modelo sostenible en donde ese mismo desarrollo es el costo de un proceso económico. También es para destacar que dentro de lo sustentable ocupan un lugar preponderante los saberes ancestrales y los valores éticos y estéticos del grupo involucrado, en contraposición con los parámetros económicos –impacto ambiental, deuda ecológica, etc.–, que son las habituales herramientas de un desarrollo sostenible. En definitiva, lo sustentable es una conducta de valoración no unívoca, que reconoce intereses y necesidades diversas excediendo así la excluyente lógica del mercado de la oferta y la demanda en la que habitualmente se desarrolla nuestra realidad. Tal vez por ello sea tan difícil pensar dentro de una “lógica” sustentable y más trabajoso aun el concretar acciones que tiendan hacia dicho fin, pero la sustentabilidad es, por sobre todo, posible, y cuando un proyecto supera el marco teórico de su génesis y se concreta a partir de la modificación de la vida de los que participan en él podemos entonces afirmar que se ha dado un paso en la dirección correcta.

El caso ‘Manzana de Plata’
Y esta sería la valuación que se puede aplicar al caso Cuyín Manzano, o Manzana de Plata de acuerdo a la lengua original. Este es un valle ubicado a 70 km al norte de Bariloche, en plena jurisdicción del Parque Nacional Nahuel Huapi, en el extremo noroeste de la Patagonia argentina. Se trata de un paraje habitado por algo más de 15 familias, descendientes directos de los primeros pobladores del área, la mayoría de ellos anteriores a la misma creación del Parque Nacional, asentadas sobre ambas márgenes del río que le da nombre en un valle de aproximadamente nueve kilómetros de longitud. La toponimia del lugar da testimonio de esa permanencia, el Arroyo Cornelio o el Cerro Chamorro, entre otros, muestran a las claras que esas familias se han desarrollado en el lugar desde principios del siglo pasado. Históricamente la economía de la región se basaba en la cría de ganado, tanto caprino como ovino y vacuno, una actividad que necesariamente colisionaba contra los intereses de conservación propios del área protegida. También, esta práctica intensiva dio como resultado un sobrepastoreo que generó un marcadísimo proceso erosivo que fácticamente hizo desaparecer la cobertura vegetal, produciéndose entonces la pérdida de importantes sectores de suelo en los que se avizoraron en su momento principios de desertificación, con el consecuente desmejoramiento general del área.
Ante tal estado de situación y tomando como antecedente las propuestas elaboradas por los organismos técnicos de la Administración de Parques Nacionales, desde el Parque Nacional se elaboró un proyecto que contemplara una solución a los dos problemas fundamentales que se presentaban: por un lado el grave y creciente deterioro del ecosistema, y la situación económica social de los pobladores por el otro. Y dicha solución se centraba en las actividades de caza mayor del ciervo colorado, una especie cuyo negativo impacto sobre la vegetación y especialmente sobre la regeneración del bosque nativo ha sido ampliamente comprobado. Considerada como una importante herramienta de conservación, la caza deportiva en un área protegida como lo es un parque nacional tiene como objetivo el control poblacional de las especies exóticas que se desarrollan en un ecosistema que no está concebido para contenerlas. En este caso el ciervo colorado, introducido hace ya más de 85 años, ha superado largamente la dinámica de una invasión tipo –introducción, establecimiento, colonización y explosión demográfica–, razón por la cual las únicas acciones a emprenderse son el evitar su dispersión y controlar numéricamente sus poblaciones. Se planteaba de esa manera una reconversión de actividades. A cambio de la reducción del ganado por parte de los pobladores, Parques les otorgaría la administración, gerenciamiento y comercialización de algunas de las áreas de caza. Como anécdota se puede señalar que el proyecto en cuestión fue formalizado en un Acta Acuerdo firmada el 15 de mayo de 2001 y rubricada por el gobernador de la Provincia del Neuquén, el entonces presidente del Directorio de Parques Nacionales y los pobladores ya nucleados en la Asociación de Fomento Rural de Cuyín Manzano.
Entonces la teoría se reemplazaba por la práctica, ya no había obstáculos que superar para desarrollar el proyecto, pero los acontecimientos políticos y sociales de la época, el traumático cambio de autoridades y la situación económica general del país convirtieron el auspicioso proyecto casi concretado en algo menos que una expresión de deseo, ya que los fondos necesarios no podían ser aportados, y la incertidumbre acerca del rumbo que se tomaría inmovilizaban cualquier acción. No obstante, y casi con obstinación, desde el Parque Nacional se continuó con el objetivo propuesto, se tomaron las medidas que debían tomarse y se concretó, finalmente, el 7 de febrero de 2001, fecha del remate de los turnos y áreas de caza deportiva del Parque Nahuel Huapi, en el que la Asociación de Fomento Rural de Cuyín Manzano recaudó lo obtenido en la subasta de las tres áreas de caza deportiva que le habían sido transferidas, con la obligación expresa de volcarlo en su totalidad en obras para toda la comunidad. La caza, motor socio-económico De allí en más la realidad del lugar cambió, la población masculina del paraje no debió ya emigrar hacia los centros urbanos cercanos para buscar empleos transitorios propios de la temporada turística, sino que sus labores se desarrollan en el lugar con todo aquello que tiene relación con la cacería, servicios de guía, alojamiento, traslados, servicios gastronómicos y demás. Se trataba entonces que aquellos que tenían un mero papel secundario, guías contratados por los cazadores, se encargaran por sí mismos, con el asesoramiento permanente del Parque Nacional, del negocio que la actividad cinegética genera. Igualmente, la caza actuó a manera de disparador de otras actividades que se incorporaron posteriormente con la finalidad de vencer la estacionalidad de un solo producto turístico, como pueden ser rutas a caballo, observación de aves, camping, avistajes de fauna, etc., las cuales se incorporaron como trabajos habituales a lo largo del resto del año en el lugar, el cual de este modo ya se encuentra inserto dentro del circuito turístico que brinda el Parque Nacional a sus visitantes. Desde el momento que la Asociación comenzó a recibir los fondos se estableció un seguimiento permanente por parte del organismo estatal. De lo hecho por la entidad podemos destacar: la prestación del servicio eléctrico para todo el paraje en forma gratuita, los vehículos de su propiedad atienden las demandas sociales de la población, se encargó del diseño y puesta en servicio de la página web de la localidad, contribuye económicamente con las iniciativas de los pobladores, reforestó con flora autóctona gran parte del suelo afectado, todo ello con los fondos provenientes de las sucesivas temporadas de caza deportiva. Y este último año, como muestra del nivel alcanzado, ha sido seleccionada para realizar evaluaciones para la certificación del programa Buenas Prácticas Turísticas de la Secretaría de Turismo de la Nación. En definitiva, si bien las consecuencias ambientales de esta iniciativa las consideraremos en capítulo aparte, es dable destacar que la socialización de un recurso –esto no es más que colocar como beneficiarios directos a aquellos que participaban marginalmente del mismo– produjo en esta pequeña población rural de la Patagonia argentina efectos tan positivos como permanentes. Si bien algunos de los pobladores, una minoría que por cuestiones culturales o de edad continúan dedicándose a las labores rurales, al día de hoy más del 80% de los habitantes del lugar se dedican a la actividad cinegética y turística, lo que más allá de los beneficios que reporta el trabajar en su ámbito natural ha generado un cambio social con respecto a su identidad y pertenencia, un movimiento que se avizora por encima de las cifras o servicios que pudieran enunciarse. Este cambio se evidencia en acciones como la siguiente: existe en el lugar una escuela albergue, allí concurren alrededor de 35 niños hijos de los habitantes de la región y que permanecen durante la semana escolar en el establecimiento alojándose en el mismo. Algunos miembros de la Asociación, dedicados a la realización de artesanías, han elaborado, en conjunto con la escuela y sus docentes, distintos talleres para la enseñanza de esas mismas técnicas con las que confeccionan sus productos. De resultas de ello los talleres de telar y de asta de ciervo generan un rédito económico extra, que se reparte entre los alumnos y la escuela. Esto se concretó por fuera de cualquier ingerencia externa a la comunidad, lo hicieron ellos mismos con orgullo de su labor. El manejo del ciervo colorado: un cambio de paradigma Dentro del proyecto original se planteaba, al mismo tiempo de la cesión de las tres áreas de caza –Arroyo Quemados Norte, Cerro Lagunita y Cerro Cuyín Manzano–, que la Asociación debería contratar a un especialista el cual tendría que presentar un plan de manejo de la especie con resultados cuantificables a los tres años de comenzado el emprendimiento, pero los acontecimientos políticos y económicos antes aludidos conspiró contra esto, debiendo realizarse dicho plan desde la oficina de caza deportiva del Parque Nacional. Desde allí se comenzó en forma continuada hasta el presente un minucioso registro de los ejemplares cazados y la constante interacción con los miembros de la Asociación. La superficie de las áreas cedidas alcanza aproximadamente las 12.000 hectáreas de la zona que registra la más alta densidad de ciervo colorado en el Parque. Durante muchos años se había cazado mucho y mal, a tal punto que las pirámides poblacionales del ciervo se encontraban absolutamente truncadas, encontrándose algunos pocos ejemplares de gran edad y desarrollo y un gran número de ejemplares de escaso valor deportivo. En síntesis, había más ciervos, pero de escasa puntuación, lo que no sólo atentaba contra un desarrollo del producto turístico, sino que era contrario al objetivo de conservación que era el origen de la actividad cinegética en el área protegida. Fue entonces que se hizo necesario elaborar la capacitación necesaria para que los habitantes de Cuyín Manzano pudieran acceder a la categoría de guías del Parque Nacional, lo que sumó a sus conocimientos empíricos el manejo de nueva tecnología (GPS comunicaciones) como así también la forma de comercializar las áreas bajo su gestión, con materias de curso como Costos y Marketing. También a partir de allí se convirtieron en interlocutores válidos para la confección de los cambios reglamentarios que se suceden temporada tras temporada, al tiempo que se puso un mayor énfasis en el retiro paulatino del ganado doméstico del valle. De esta manera se creó una doble vía de control de exóticos –ganado doméstico y cérvidos introducidos–, demostrando que dicha práctica puede ser perfectamente complementaria entre sí y ser desarrollada en toda aquella zona donde se tenga presencia de cérvidos o suidos exóticos, resultando de su implementación, además del beneficio ambiental implícito, una sustancial mejora económica para los actores vinculados al mismo, incluyendo la generación de los recursos necesarios para la propia implementación del programa. Pero ambientalmente hablando y tras más de cinco años, el suelo del valle comenzó a dar muestras de regeneramiento, como lo demostró el último monitoreo realizado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, llevado a cabo en el año 2007 y que calificó de “apto” el estado de la cuenca. También hay que señalar el mejoramiento de los trofeos en las últimas temporadas, llegándose incluso a registrar una medalla de oro del CIC en la medición del año 2007, lo que resulta más que significativo para un trofeo de la más pura ascendencia silvestre. Sin embargo y más allá de cifras o estudios, la consecuencia más notable del proyecto en marcha ha sido un cambio de mentalidad con respecto a la percepción que se tiene de la fauna silvestre entre los habitantes del lugar. El marco paradigmático actualmente en vigencia sobre la fauna determina que la supervivencia de ésta dependerá, exclusivamente, del valor económico que pueda generar. Sin embargo, en Cuyín Manzano no es así, el protagonismo que el ciervo ha cobrado para con la vida de la comunidad ha modificado la forma de considerarlo. Ya no sólo posee un valor económico, sino que se lo valora desde lo intrínsecamente social, pertenece al lugar de la misma manera que el paisaje y de esa manera se lo concibe, como el suelo y el bosque, distintas partes de un todo diverso y extenso que conforman el planeta en que vivimos.

 

Fernando Mendez Guerrero.

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