Luna de Oro

Por Carlos Rebella

Pocos días antes de recibir al 2020, decidí regresar a los andurriales que se dilatan desde el Rio Colorado, hasta el confín de Santa Cruz, un cazadero extraordinario, que me seduce desde hace más de medio siglo, y guarida de los mejores trofeos de jabalí del país.

Y luego de perseguir durante una larga jornada al horizonte inalcanzable, llegué a las puertas de Patagonia, más de 1.000.000 de kilómetros cuadrados de desierto, soledad y horizontes inalcanzables, reino indisputable de una increíble fauna salvaje. El medio ambiente, aparentemente poco propicio permite, sin embargo, el desarrollo de uno de los reservorios más importantes de fauna silvestre del país, donde moran pumas, guanacos, gatos de monte y maras entre otros; incontables aves, desde el gigantesco ñandú, hasta lechuza de vizcachera y jote negro; reptiles y serpientes acechando sus presas ocultas tras las matas colapiches y choiques, y enormes lagartos que reptan a la caza del sustento. Inmunes al hábitat yermo y arbustivo, donde asoman pequeñas manchas de chañares y piquillines, los animales, sedientos todo el año, sobreviven. El hirsuto jabalí, dispone de armas naturales y mañas adquiridas para hidratarse. Una de ellas fruto de su fenomenal aparato olfatorio, que detecta sin error a las napas superficiales, y haciendo buen uso de su afilada jeta, y los no menos aguzados colmillos, cava pozos inverosímiles hasta la capa freática, donde resume al agua. Con el mimo sentido innato, puede oler tubérculos y rizomas enterrados, cuyas raíces extraen el relente escondido en la tierra, hasta dos metros de profundidad. Conocen cada cactus y cada arbusto que, aparentemente estériles, contienen el líquido vital, y aprovechan, como todos los seres vivientes del desierto, el rocío, efecto de las grandes oscilaciones térmicas día-noche, que superan los 30º. Otros, como el guanaco, puede pasar muchos días sin beber, y hasta consumir agua salada. En fin, uno de los últimos reductos casi impolutos, para conservar lo que aún no hemos destruido.  

Con la luna creciente invitando a la primavera, dejaba atrás los últimos mojones del largo viaje, recordando mis primeras armas en la región, cuando casi no se conocía la palabra coto. Fue casualmente en un pequeño campo cercano, nido inexplorado de grandes trofeos, donde logré abates cuyas fotos, relatos y detalles, publicadas a su tiempo, lo sacaron del anonimato… Pero en cierta oportunidad, al dueño y amigo se le soltó la cadena. El episodio comenzó un atardecer precedente al plenilunio, cuando luego de acercarme a un precario apostadero, disimulado en el follaje de un gigantesco caldén, convinimos en que me rescataría un par de horas después de medianoche. Quiso la desdicha que, unas horas después, el clima cambiara, viró el viento, y se desató una tormenta de viento y agua que me pescó sin techo ni reparo… Como hombre de campo, era seguro que intuyó el temporal mucho antes que se desatara, y que ya estaría en camino. Esperé ansioso, muchos minutos que se hicieron horas, hasta que dejé de mirar el reloj: él y el peón que lo acompaña, estarían durmiendo la mona, después de dar cuenta de mis botellas de Pinot Noir. Para ser breve, aparecieron a las nueve de la mañana, con cara de perro apaleado, y disculpas mentirosas. Sin mediar palabras regresé, cargué mi equipo y me despedí hasta nunca, sin rencores y a mano: los hice famosos, y coseché mi siembra.

Recordando la anécdota, ya descolorida por el tiempo, llegué a Río Colorado, una bella ciudad al noreste de la provincia de Río Negro, bañada por el río homónimo. Allí tenía cita con Aldo Guido, compañero de mil aventuras venatorias, que llegaba desde San Martín de los Andes para compartir la cazada. Luego de abrazos y cuentos, repostamos combustible y, plano en mano, pisamos la terrosa pero perfecta ruta 50, con rumbo sur. Buscábamos el coto de caza La Luna, ubicado en una comarca de naturaleza bravía, donde todavía hay miles de leguas abiertas, pastoreo y aguadas compartidos, y hacienda cautiva apenas por la marca.

Cuando llegamos al último de los carteles que guían al viajero, y luego de atravesar la tranquera, enfrentamos la cuidada huella que en pocos minutos nos llevó hasta la vieja casona. Allí nos recibió Francisco Sansó, Pancho para los amigos, un joven cordial y hospitalario, que en pocos minutos se ocupó de instalarnos en las cómodas habitaciones destinadas a los cazadores, amplias, calefaccionadas en invierno, y frescas en verano, que conformaban un oasis en medio de la nada. Habíamos cruzado numerosos correos, y a pesar de no conocernos personalmente, en pocas horas, entre mates, anécdotas y la bonhomía de Aldo, perecíamos viejos amigos. El día terminó compartiendo una opípara cena, y la jugosa charla posterior para conocer los detalles del campo y su infraestructura, mientras nos relamíamos admirando decenas de fotos de trofeos que adornaban las paredes. Debo confesar, que los pormenores resultaron impresionantes. El cazadero, 35.000 Hs. de campos marginales, era – sin duda – regenteado por hombres con dos yemas, que, aunque castigados eternamente por las escasas lluvias, plagas y adversidades, lograron, con esfuerzo y pericia, mantener activos más de 20 atalayas con agua y cereal abundante, nada fácil si pensamos que necesitan 3000 litros diarios, 5000 kilos de maíz mensuales, vehículos y muchas horas hombre, para evitar que los jabalíes emigren hacia otros rumbos. Todo a puro tesón y garra de Francisco y sus tíos, Mariano y Pedro, que además cuecen corderos al asador como nadie… Ya con la cabeza en la almohada para el esperado descanso, concluí en que, más allá del éxito o fracaso, en ese campo nada se improvisaba ni dejaba al azar.  

Al día siguiente, suculento desayuno mediante, fuimos invitados a presenciar la rutina diaria: desde el tanque remolcado por la impecable 4×4, cada espera recibió su chorrera, grano, y una rociada de gas oil sobre postes cercanos, donde los moros gustan rascarse para ahuyentar piojos y liendres. Al terminar, con la mesa servida para los colmilludos, nos quedaba elegir el puesto de cada uno, tarea difícil, porque todos era atractivos y confiables. Al fin, nos decidimos por pálpito, pues como sabemos los veteranos, la mitad de la cacería es pura suerte. Con buenos motivos para el optimismo, regresamos para el almuerzo, y luego la inevitable siesta que hace más llevadera la vigilia. Pero al despertar, malas noticias: el cielo se había encapotado, ocultaría la luna, y nos dejaría a oscuras, o casi. Pero no había viajado tanto para desistir, y confiaba en que, al asomar, y como tantas veces me ocurrió, su potente fuerza cósmica, capaz de influir en mareas y pariciones, entre otras cosas, despejaría el cielo. Me aferré a esa esperanza, acopiamos los bártulos y zarpamos… 

No demoramos en llegar hasta al escondite que había elegido Aldo, sólidamente construido a más dos metros de altura, y perfectamente orientado: Selene asomando de lado, para no encandilar, y ventana levadiza para cubrir reflejos peligrosos. Deseándonos buena caza, nos despedimos, y sin pérdida de tiempo cubrimos la legua hasta mi puesto, similar, confortable, aseado y con campo de tiro privilegiado. Pancho me alcanzó el .300 y la mochila, y luego de convenir la hora de regreso, partió mostrando el pulgar hacia arriba. Por fin solo, con el sol aún alto, llené el cargador con tres cartuchos – recarga made in Gonzalo Diaz Beruti – provistos con puntas Sierra Game King 165 grains. Una pequeña granada que había probado con éxito mi hijo Gustavo, un mes antes y en otras latitudes, abatiendo un extraordinario verraco Medalla de Oro.  

Las últimas horas de luz, me regalaron el espectáculo que no por repetido, desmerece: decenas de aves y roedores se acercaban al estanque, recelosos y vigilantes, hasta que llegaron las primeras sombras: los predadores abandonan las madrigueras, y salen de caza. Poco después, en su reemplazo, comenzó el desfile de los carniceros, la otra cara de la moneda. Mientras terminaba su reinado agonizando en el horizonte, no dejaba de vigilar el cielo, que parecía confirmar el folklore: el disco argentado se abría paso lentamente entre el celaje, rasgando pequeñas grietas, hasta que, como un gigantesco faro mordisqueado, como la manzanita de Apple, comenzó el brillante acenso hacia el cénit. Disfrutando cada minuto de la emoción de estar cazando, recorría con los prismáticos el manto de arbustos achaparrados que me rodeaba, y se extendía, como una alfombra escabrosa en la nada.  

El charco, pisoteado por mil pezuñas, y el alambrado de siete hilos me hipnotizaban, y cada arbusto, que modificaba sus formas, acompañando la trepada del astro en el cielo, se me antojaba un padrillo inmóvil y fantasmal, ilusiones ópticas que abreviaban las horas. Hasta que algo ocurrió que no era un espejismo: la inconfundible y negra silueta de un viejo solitario, anca más baja que la cruz, jeta ahusada y crines como joroba peluda, salió de la noche, se detuvo junto al cruce esculpido por infinitos pezuñas y garras, y levantó el hocico, venteando. Los prismáticos me acercaron su imagen y la decepción, la altura – aunque no es definitoria – no se correspondía con la de un adulto, aunque no estaba solo, uno más se le apareó, y juntos reptaron entre el último alambre y el suelo. Parecía imposible que moles de más de setenta kilos, pudieran colarse en tan pocos centímetros… Pero la pareja estaba lejos de las expectativas: eran corpulentos pero jóvenes, y al abrir y cerrar las fauces, no se veían dientes. Llegaron a la poza, bebieron y comieron, y más tarde se revolcaron en el barro. De paso, se rascaron con fruición en el poste embadurnado. Vale la pena recordar – en su homenaje – que el descubrimiento de la relación entre el jabalí y el gas oil, fue descubierta por mi entrañable amigo Juan C. Moro, lamentablemente en los cotos del Señor, que, estudioso incansable del comportamiento de las bestias, comprobó – con una dosis de fortuna – el extraño atractivo. En cierta ocasión, mientras transitaba un sendero montero en busca de rastros, llamó su atención un pequeño claro junto a la picada, aplanado, con muchas cerdas negras y duras adheridas a la tierra: los chanchos se habían frotaron en el piso hasta dejarlo lustroso. Preguntándose el porqué, descubrió un filtro de combustible de tractor, desechado y abollado por mil mordidas. Los hocicudos habían descubierto, también accidentalmente, que untando su pelambre con el aceitoso gas oil, se desprendían de sus incómodas liendres. 

Miré el reloj, dos y treinta, y la tropa que me entretenía comenzó a incomodarme: pronto Pancho interrumpiría para el aventón, bajando el telón de la velada. Cuando se alejaron lentamente, supe que había perdido el primer round, pero la cacería apenas despuntaba y habría revancha. Llegó puntualmente, recogimos a mi compañero, que también había gozado de la presencia de dos piaras numerosas, jabalinas paridas y machos jóvenes que no le llenaron el ojo… Cuando avizoramos la vivienda iluminada a giorno por el poderoso equipo electrógeno, no imaginábamos que nos esperaba, a esa hora extrema, una suculenta cena. Otro de los servicios que distinguen al Establecimiento.   

Noche de paz en el silencio del yermo, y al levantarnos el mejor paisaje campero: a un par de metros, frente al fogón donde crepitaban las llamas, uno de los tíos asaba lentamente un cordero sureño. Mate y bombilla nos acompañaron hasta que, dorado como el bronce, nos regaló un almuerzo inolvidable…

En el segundo intento, con renovado entusiasmo, la caída del sol me encontró inmóvil en la silla, con el arma lista, cargada y sin seguro, esperando el destino. El fuerte viento que silbaba entre los tensores que aseguran la caseta, no fue inconveniente para que los convidados de siempre aparecieran en la noche clara como el amanecer. Dos jabatos, que se convirtieron en cuatro y la madre, comenzaron un show imperdible: casi media hora entre juegos de los pequeños, correctivos de la chancha cuando se alejaban, y ruidosos baños refrescantes. Luego se escabulleron como habían llegado… Obsequios de Natura. Seguí mi rutina, saltando con los binoculares del charco a la pasada, y del poste engrasado a las matas, dejando pasar el tiempo y las chances, hasta que dos horas más tarde, se escuchó nítidamente un disparo y el inconfundible plomazo: Aldo había cazado y me alegré hasta el infinito…

 Nuevamente cerca de la hora del regreso, pensando en otra noche fallida, cambió el viento y la suerte. En el enésimo vistazo con el lente, casi salto de la silla al ver al enorme guarro frente a la pasada, husmeando el aire, sin decidirse a cruzar. No podía ver ningún vestigio de navajas, pero el tamaño del cuerpo me alentaba, y lo mantuve largo rato asegurado en el retículo, dispuesto al disparo. Pero como no sería la primera vez que el proyectil tropieza con un hilo, esperé a que pasara. Gracias a Dios. Si le hubiera tirado, jamás sabría cuánto ocurrió luego. El que veía, era seguramente el escudero del que asomó: una bestia que provocó un golpe de adrenalina que me erizó los pocos pelos que me quedan… Si casi me decido por el primero, que era grande, éste le llevaba varios centímetros, y la cruz alcanzaba la altura de la cerca. La jeta larga y puntiaguda, el anca sumida y una verga notoria en la oscuridad, lo mostraba como un ejemplar de pura cepa… Cuidándome hasta de pestañear, rogaba que el ventarrón que azotaba la casilla, no lo espantara. Sentía temblar el ojo cerrado cuando cruzó el primero y luego el grandote. Retratados como esfinges en el suelo blanquecino, ambos miraron insistentemente los alrededores antes de acercarse al barrero. Nos separaban 60 metros, y mientras esperaba el tiro seguro, observo que el elegido, al masticar el cereal, descubría dos ganchos inferiores enormes, brillando como astiles de marfil. Rítmicamente, al mascar, afilaba contra las amoladoras. Aguanté, no sé cómo, hasta que me diera el flanco, y cuando la paleta se ubicó en la cruz del retículo, comencé a jalar del gatillo. Cayó luego de recular un par de metros, casi sin pataleo, al tiempo que el otro, con un chicotazo, hizo sonar como cuerda de arpa el alambre. Metí otro cartucho, apunté al cuerpo inerte un par de minutos, y luego bajé la escalera. La fortuna me había sonreído como pocas veces, pues el abate superó mis expectativas. Tanto tiempo las admiré, que me sorprendió el ruido del motor del vehículo de Pancho, que llegaba. Cuando vio los ganchos que asomaban entre los belfos, me abrazó cálidamente, mostrando la alegría de un logro propio. Pasado el entusiasmo inicial, cargamos el cuerpo, que pesaría largos 120 kilos, y tomamos rumbo a la espera de Aldo, donde mi contento ensombreció. Había disparado sobre un buen ejemplar, que desapareció sin dejar huellas. Convencido que había atinado, lo que era cierto pues escuché el impacto, anduvo largo rato por los alrededores sin cosechar más que espinas y raspones. Pancho, lejos de amilanarse, lo animó a reiniciar la búsqueda y juntos se prendieron a rastrear, no sin exponerse. Casi dos horas después, aparecieron con las piernas surcadas por arañazos y golpes, luego de seguir el rastro varios kilómetros. No hallaron muestras de sangre, pero sí un trozo de grasa fresca adherida a un espino. Estaba tocado, como supuse, y Pancho decidió que más tarde lo rastrearía con los perros.  

Al llegar a la casona, casi las cuatro de la madrugada, los tíos nos esperaban nuevamente para comer en compañía, dormimos unas horas, y pasado el mediodía nos levantamos. Los colmillos ya estaban extraídos de las carretillas, el animal despostado, y Pancho hacía horas que andaba siguiendo las huellas del jabalí de Aldo con su jauría. Lamentablemente, sin éxito.

Al atardecer, Aldo, caliente, se preparó para un nuevo empeño. La tercera, ¿sería la vencida? Lo acercamos hasta otro atalaya, alejado de la zona de disparos, donde quedó ilusionado.

Ya en la casa, antes de la cena nos abocamos a medir provisoriamente al trofeo, munido con mi inseparable cinta métrica. Largo, grosor, perímetro y belleza, arrojaron el resultado imaginado: Medalla de Oro del C.I.C., o Conseil International de la Chasse.

A las dos de la mañana, según lo convenido, acompañé a Pancho en busca de mi compañero, al que nuevamente se le negó la fortuna. Observó a varios padrillos, dudó ante un viejo semental – luego se arrepentiría – y más tarde, perdonó a dos que no eran lo esperado. Tendría que esperar el desquite en la próxima.

En definitiva, La Luna resultó un destino cinegético excepcional, factor humano excelente, y muy buenas probabilidades para obtener trofeos de alto rango. Durante el largo camino a casa, ya planeaba el regreso…

Informes: Francisco Sansó – Tel: 2923657384

Pocos días antes de recibir al 2020, decidí regresar a los andurriales que se dilatan desde el Rio Colorado, hasta el confín de Santa Cruz, un cazadero extraordinario, que me seduce desde hace más de medio siglo, y guarida de los mejores trofeos de jabalí del país.

Y luego de perseguir durante una larga jornada al horizonte inalcanzable, llegué a las puertas de Patagonia, más de 1.000.000 de kilómetros cuadrados de desierto, soledad y horizontes inalcanzables, reino indisputable de una increíble fauna salvaje. El medio ambiente, aparentemente poco propicio permite, sin embargo, el desarrollo de uno de los reservorios más importantes de fauna silvestre del país, donde moran pumas, guanacos, gatos de monte y maras entre otros; incontables aves, desde el gigantesco ñandú, hasta lechuza de vizcachera y jote negro; reptiles y serpientes acechando sus presas ocultas tras las matas colapiches y choiques, y enormes lagartos que reptan a la caza del sustento. Inmunes al hábitat yermo y arbustivo, donde asoman pequeñas manchas de chañares y piquillines, los animales, sedientos todo el año, sobreviven. El hirsuto jabalí, dispone de armas naturales y mañas adquiridas para hidratarse. Una de ellas fruto de su fenomenal aparato olfatorio, que detecta sin error a las napas superficiales, y haciendo buen uso de su afilada jeta, y los no menos aguzados colmillos, cava pozos inverosímiles hasta la capa freática, donde resume al agua. Con el mimo sentido innato, puede oler tubérculos y rizomas enterrados, cuyas raíces extraen el relente escondido en la tierra, hasta dos metros de profundidad. Conocen cada cactus y cada arbusto que, aparentemente estériles, contienen el líquido vital, y aprovechan, como todos los seres vivientes del desierto, el rocío, efecto de las grandes oscilaciones térmicas día-noche, que superan los 30º. Otros, como el guanaco, puede pasar muchos días sin beber, y hasta consumir agua salada. En fin, uno de los últimos reductos casi impolutos, para conservar lo que aún no hemos destruido.  

Con la luna creciente invitando a la primavera, dejaba atrás los últimos mojones del largo viaje, recordando mis primeras armas en la región, cuando casi no se conocía la palabra coto. Fue casualmente en un pequeño campo cercano, nido inexplorado de grandes trofeos, donde logré abates cuyas fotos, relatos y detalles, publicadas a su tiempo, lo sacaron del anonimato… Pero en cierta oportunidad, al dueño y amigo se le soltó la cadena. El episodio comenzó un atardecer precedente al plenilunio, cuando luego de acercarme a un precario apostadero, disimulado en el follaje de un gigantesco caldén, convinimos en que me rescataría un par de horas después de medianoche. Quiso la desdicha que, unas horas después, el clima cambiara, viró el viento, y se desató una tormenta de viento y agua que me pescó sin techo ni reparo… Como hombre de campo, era seguro que intuyó el temporal mucho antes que se desatara, y que ya estaría en camino. Esperé ansioso, muchos minutos que se hicieron horas, hasta que dejé de mirar el reloj: él y el peón que lo acompaña, estarían durmiendo la mona, después de dar cuenta de mis botellas de Pinot Noir. Para ser breve, aparecieron a las nueve de la mañana, con cara de perro apaleado, y disculpas mentirosas. Sin mediar palabras regresé, cargué mi equipo y me despedí hasta nunca, sin rencores y a mano: los hice famosos, y coseché mi siembra.

Recordando la anécdota, ya descolorida por el tiempo, llegué a Río Colorado, una bella ciudad al noreste de la provincia de Río Negro, bañada por el río homónimo. Allí tenía cita con Aldo Guido, compañero de mil aventuras venatorias, que llegaba desde San Martín de los Andes para compartir la cazada. Luego de abrazos y cuentos, repostamos combustible y, plano en mano, pisamos la terrosa pero perfecta ruta 50, con rumbo sur. Buscábamos el coto de caza La Luna, ubicado en una comarca de naturaleza bravía, donde todavía hay miles de leguas abiertas, pastoreo y aguadas compartidos, y hacienda cautiva apenas por la marca.

Cuando llegamos al último de los carteles que guían al viajero, y luego de atravesar la tranquera, enfrentamos la cuidada huella que en pocos minutos nos llevó hasta la vieja casona. Allí nos recibió Francisco Sansó, Pancho para los amigos, un joven cordial y hospitalario, que en pocos minutos se ocupó de instalarnos en las cómodas habitaciones destinadas a los cazadores, amplias, calefaccionadas en invierno, y frescas en verano, que conformaban un oasis en medio de la nada. Habíamos cruzado numerosos correos, y a pesar de no conocernos personalmente, en pocas horas, entre mates, anécdotas y la bonhomía de Aldo, perecíamos viejos amigos. El día terminó compartiendo una opípara cena, y la jugosa charla posterior para conocer los detalles del campo y su infraestructura, mientras nos relamíamos admirando decenas de fotos de trofeos que adornaban las paredes. Debo confesar, que los pormenores resultaron impresionantes. El cazadero, 35.000 Hs. de campos marginales, era – sin duda – regenteado por hombres con dos yemas, que, aunque castigados eternamente por las escasas lluvias, plagas y adversidades, lograron, con esfuerzo y pericia, mantener activos más de 20 atalayas con agua y cereal abundante, nada fácil si pensamos que necesitan 3000 litros diarios, 5000 kilos de maíz mensuales, vehículos y muchas horas hombre, para evitar que los jabalíes emigren hacia otros rumbos. Todo a puro tesón y garra de Francisco y sus tíos, Mariano y Pedro, que además cuecen corderos al asador como nadie… Ya con la cabeza en la almohada para el esperado descanso, concluí en que, más allá del éxito o fracaso, en ese campo nada se improvisaba ni dejaba al azar.  

Al día siguiente, suculento desayuno mediante, fuimos invitados a presenciar la rutina diaria: desde el tanque remolcado por la impecable 4×4, cada espera recibió su chorrera, grano, y una rociada de gas oil sobre postes cercanos, donde los moros gustan rascarse para ahuyentar piojos y liendres. Al terminar, con la mesa servida para los colmilludos, nos quedaba elegir el puesto de cada uno, tarea difícil, porque todos era atractivos y confiables. Al fin, nos decidimos por pálpito, pues como sabemos los veteranos, la mitad de la cacería es pura suerte. Con buenos motivos para el optimismo, regresamos para el almuerzo, y luego la inevitable siesta que hace más llevadera la vigilia. Pero al despertar, malas noticias: el cielo se había encapotado, ocultaría la luna, y nos dejaría a oscuras, o casi. Pero no había viajado tanto para desistir, y confiaba en que, al asomar, y como tantas veces me ocurrió, su potente fuerza cósmica, capaz de influir en mareas y pariciones, entre otras cosas, despejaría el cielo. Me aferré a esa esperanza, acopiamos los bártulos y zarpamos… 

No demoramos en llegar hasta al escondite que había elegido Aldo, sólidamente construido a más dos metros de altura, y perfectamente orientado: Selene asomando de lado, para no encandilar, y ventana levadiza para cubrir reflejos peligrosos. Deseándonos buena caza, nos despedimos, y sin pérdida de tiempo cubrimos la legua hasta mi puesto, similar, confortable, aseado y con campo de tiro privilegiado. Pancho me alcanzó el .300 y la mochila, y luego de convenir la hora de regreso, partió mostrando el pulgar hacia arriba. Por fin solo, con el sol aún alto, llené el cargador con tres cartuchos – recarga made in Gonzalo Diaz Beruti – provistos con puntas Sierra Game King 165 grains. Una pequeña granada que había probado con éxito mi hijo Gustavo, un mes antes y en otras latitudes, abatiendo un extraordinario verraco Medalla de Oro.  

Las últimas horas de luz, me regalaron el espectáculo que no por repetido, desmerece: decenas de aves y roedores se acercaban al estanque, recelosos y vigilantes, hasta que llegaron las primeras sombras: los predadores abandonan las madrigueras, y salen de caza. Poco después, en su reemplazo, comenzó el desfile de los carniceros, la otra cara de la moneda. Mientras terminaba su reinado agonizando en el horizonte, no dejaba de vigilar el cielo, que parecía confirmar el folklore: el disco argentado se abría paso lentamente entre el celaje, rasgando pequeñas grietas, hasta que, como un gigantesco faro mordisqueado, como la manzanita de Apple, comenzó el brillante acenso hacia el cénit. Disfrutando cada minuto de la emoción de estar cazando, recorría con los prismáticos el manto de arbustos achaparrados que me rodeaba, y se extendía, como una alfombra escabrosa en la nada.  

El charco, pisoteado por mil pezuñas, y el alambrado de siete hilos me hipnotizaban, y cada arbusto, que modificaba sus formas, acompañando la trepada del astro en el cielo, se me antojaba un padrillo inmóvil y fantasmal, ilusiones ópticas que abreviaban las horas. Hasta que algo ocurrió que no era un espejismo: la inconfundible y negra silueta de un viejo solitario, anca más baja que la cruz, jeta ahusada y crines como joroba peluda, salió de la noche, se detuvo junto al cruce esculpido por infinitos pezuñas y garras, y levantó el hocico, venteando. Los prismáticos me acercaron su imagen y la decepción, la altura – aunque no es definitoria – no se correspondía con la de un adulto, aunque no estaba solo, uno más se le apareó, y juntos reptaron entre el último alambre y el suelo. Parecía imposible que moles de más de setenta kilos, pudieran colarse en tan pocos centímetros… Pero la pareja estaba lejos de las expectativas: eran corpulentos pero jóvenes, y al abrir y cerrar las fauces, no se veían dientes. Llegaron a la poza, bebieron y comieron, y más tarde se revolcaron en el barro. De paso, se rascaron con fruición en el poste embadurnado. Vale la pena recordar – en su homenaje – que el descubrimiento de la relación entre el jabalí y el gas oil, fue descubierta por mi entrañable amigo Juan C. Moro, lamentablemente en los cotos del Señor, que, estudioso incansable del comportamiento de las bestias, comprobó – con una dosis de fortuna – el extraño atractivo. En cierta ocasión, mientras transitaba un sendero montero en busca de rastros, llamó su atención un pequeño claro junto a la picada, aplanado, con muchas cerdas negras y duras adheridas a la tierra: los chanchos se habían frotaron en el piso hasta dejarlo lustroso. Preguntándose el porqué, descubrió un filtro de combustible de tractor, desechado y abollado por mil mordidas. Los hocicudos habían descubierto, también accidentalmente, que untando su pelambre con el aceitoso gas oil, se desprendían de sus incómodas liendres. 

Miré el reloj, dos y treinta, y la tropa que me entretenía comenzó a incomodarme: pronto Pancho interrumpiría para el aventón, bajando el telón de la velada. Cuando se alejaron lentamente, supe que había perdido el primer round, pero la cacería apenas despuntaba y habría revancha. Llegó puntualmente, recogimos a mi compañero, que también había gozado de la presencia de dos piaras numerosas, jabalinas paridas y machos jóvenes que no le llenaron el ojo… Cuando avizoramos la vivienda iluminada a giorno por el poderoso equipo electrógeno, no imaginábamos que nos esperaba, a esa hora extrema, una suculenta cena. Otro de los servicios que distinguen al Establecimiento.   

Noche de paz en el silencio del yermo, y al levantarnos el mejor paisaje campero: a un par de metros, frente al fogón donde crepitaban las llamas, uno de los tíos asaba lentamente un cordero sureño. Mate y bombilla nos acompañaron hasta que, dorado como el bronce, nos regaló un almuerzo inolvidable…

En el segundo intento, con renovado entusiasmo, la caída del sol me encontró inmóvil en la silla, con el arma lista, cargada y sin seguro, esperando el destino. El fuerte viento que silbaba entre los tensores que aseguran la caseta, no fue inconveniente para que los convidados de siempre aparecieran en la noche clara como el amanecer. Dos jabatos, que se convirtieron en cuatro y la madre, comenzaron un show imperdible: casi media hora entre juegos de los pequeños, correctivos de la chancha cuando se alejaban, y ruidosos baños refrescantes. Luego se escabulleron como habían llegado… Obsequios de Natura. Seguí mi rutina, saltando con los binoculares del charco a la pasada, y del poste engrasado a las matas, dejando pasar el tiempo y las chances, hasta que dos horas más tarde, se escuchó nítidamente un disparo y el inconfundible plomazo: Aldo había cazado y me alegré hasta el infinito…

 Nuevamente cerca de la hora del regreso, pensando en otra noche fallida, cambió el viento y la suerte. En el enésimo vistazo con el lente, casi salto de la silla al ver al enorme guarro frente a la pasada, husmeando el aire, sin decidirse a cruzar. No podía ver ningún vestigio de navajas, pero el tamaño del cuerpo me alentaba, y lo mantuve largo rato asegurado en el retículo, dispuesto al disparo. Pero como no sería la primera vez que el proyectil tropieza con un hilo, esperé a que pasara. Gracias a Dios. Si le hubiera tirado, jamás sabría cuánto ocurrió luego. El que veía, era seguramente el escudero del que asomó: una bestia que provocó un golpe de adrenalina que me erizó los pocos pelos que me quedan… Si casi me decido por el primero, que era grande, éste le llevaba varios centímetros, y la cruz alcanzaba la altura de la cerca. La jeta larga y puntiaguda, el anca sumida y una verga notoria en la oscuridad, lo mostraba como un ejemplar de pura cepa… Cuidándome hasta de pestañear, rogaba que el ventarrón que azotaba la casilla, no lo espantara. Sentía temblar el ojo cerrado cuando cruzó el primero y luego el grandote. Retratados como esfinges en el suelo blanquecino, ambos miraron insistentemente los alrededores antes de acercarse al barrero. Nos separaban 60 metros, y mientras esperaba el tiro seguro, observo que el elegido, al masticar el cereal, descubría dos ganchos inferiores enormes, brillando como astiles de marfil. Rítmicamente, al mascar, afilaba contra las amoladoras. Aguanté, no sé cómo, hasta que me diera el flanco, y cuando la paleta se ubicó en la cruz del retículo, comencé a jalar del gatillo. Cayó luego de recular un par de metros, casi sin pataleo, al tiempo que el otro, con un chicotazo, hizo sonar como cuerda de arpa el alambre. Metí otro cartucho, apunté al cuerpo inerte un par de minutos, y luego bajé la escalera. La fortuna me había sonreído como pocas veces, pues el abate superó mis expectativas. Tanto tiempo las admiré, que me sorprendió el ruido del motor del vehículo de Pancho, que llegaba. Cuando vio los ganchos que asomaban entre los belfos, me abrazó cálidamente, mostrando la alegría de un logro propio. Pasado el entusiasmo inicial, cargamos el cuerpo, que pesaría largos 120 kilos, y tomamos rumbo a la espera de Aldo, donde mi contento ensombreció. Había disparado sobre un buen ejemplar, que desapareció sin dejar huellas. Convencido que había atinado, lo que era cierto pues escuché el impacto, anduvo largo rato por los alrededores sin cosechar más que espinas y raspones. Pancho, lejos de amilanarse, lo animó a reiniciar la búsqueda y juntos se prendieron a rastrear, no sin exponerse. Casi dos horas después, aparecieron con las piernas surcadas por arañazos y golpes, luego de seguir el rastro varios kilómetros. No hallaron muestras de sangre, pero sí un trozo de grasa fresca adherida a un espino. Estaba tocado, como supuse, y Pancho decidió que más tarde lo rastrearía con los perros.  

Al llegar a la casona, casi las cuatro de la madrugada, los tíos nos esperaban nuevamente para comer en compañía, dormimos unas horas, y pasado el mediodía nos levantamos. Los colmillos ya estaban extraídos de las carretillas, el animal despostado, y Pancho hacía horas que andaba siguiendo las huellas del jabalí de Aldo con su jauría. Lamentablemente, sin éxito.

Al atardecer, Aldo, caliente, se preparó para un nuevo empeño. La tercera, ¿sería la vencida? Lo acercamos hasta otro atalaya, alejado de la zona de disparos, donde quedó ilusionado.

Ya en la casa, antes de la cena nos abocamos a medir provisoriamente al trofeo, munido con mi inseparable cinta métrica. Largo, grosor, perímetro y belleza, arrojaron el resultado imaginado: Medalla de Oro del C.I.C., o Conseil International de la Chasse.

A las dos de la mañana, según lo convenido, acompañé a Pancho en busca de mi compañero, al que nuevamente se le negó la fortuna. Observó a varios padrillos, dudó ante un viejo semental – luego se arrepentiría – y más tarde, perdonó a dos que no eran lo esperado. Tendría que esperar el desquite en la próxima.

En definitiva, La Luna resultó un destino cinegético excepcional, factor humano excelente, y muy buenas probabilidades para obtener trofeos de alto rango. Durante el largo camino a casa, ya planeaba el regreso…

 

Informes: Francisco Sansó – Tel: 2923657384

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