Chimba

Carlos Medina

La torcaza que estaba posada en la rama más alta del viejo algarrobo campana, voló cuando al pasar el alambrado, entre el cuarto y quinto hilo, el cabo de guampa de mi solingen hizo sonar el alambre como si fuese la quinta cuerda en sol de una vieja guitarra.
A la mochila ya la había revoleado hacia el otro lado, iba liviana, solo una botella de agua de litro y medio, el botiquín, chaira, piolas y el celular.
Los perros pasaron de a uno y en silencioso orden después de mí.
Primero «piojo», bola de musculo, nervio y ansiedad. Un gladiador de solo 26 kilos de pura fibra y huevo. Jamás lo vi recular o aflojar; jamás lo escuché llorar. Su función en la vida era morder, morder hasta que se caiga el cielo, o hasta que yo lo convenza de que ya está…Basta piojo, ya está hermanito, soltalo, ya murió…Detrás, su hermana «Auca», lo mismo en hembra, pero bastante más amiga del rastro, abajo, al piso. Luego ella, «Manuela” … Manuela, aún me cuesta no llorar cuando la nombro. Todas las virtudes que puede tener un perro chanchero, las reunía la Manu. Todas… Atrás pasa «Huga», una dogal 3/4 que sumé a mi jauría cuando ya tenía año y medio, muy campera y muy paradora, pero con un «toc» con los carpinchos, como le gustaban…
Último cruza él, el hdp más notable del universo canino. El perro más feo del mundo: agalgado, picudo, con un pelaje entre largo y corto, la cola peluda enroscada sobre el lomo, las orejas enteras pero destrozadas de viejas peleas con otros perros. El barcino de su manto disimulaba las cientos de cicatrices que ostentaba. Un tigre disfrazado de perro, pero con el cerebro de Bill Gates. El auténtico crak. «CHIMBA», lo mejor que tuve y vi en mi vida. Un perro que me dejó asombrado (al igual que Manuela, en mil ocasiones, y juntos…ni hablar).
El Chimba fue un descarte del gringo García, que le cambié por otro descarte que a mí me habían encajado: un dogal con una maldita maña incorregible, “prender vacas”; pero el gringo me lo codiciaba, y me ofrece el Chimba como «perrito nuevo, sin mañas. Yo le aclaré bien: gringo, este blanco es tremendo para la vaca… ¡No importa!, io lo vuá cuuuurá. Listo…
¡Y llegó el Chimba a Santa Fe Que cuzco fiero…laaa mierda! Pero simpático, era simpático eso hay que reconocérselo.
Lo saqué por primera vez al rio dulce en Santiago del Estero, junto con un doguero, uno de los muchos compañeros eventuales que tuve, en una mañana antártica, donde salimos a un bañado limpio y casi eterno. Allá a 400 metros, un ternero solito. Allá arrancó el Chimba, con los 4 dogos atrás. Gritales en el idioma que quieras…no pararon, cuando llegamos se armó, repartija de garrote a discreción para todos, y los míos iban acompañados de hermosas puteadas para el gringo García y todos sus antepasados, por cierto, al Chimba, no lo vi más…
Como a la media hora me dice mi compañero: mirá para atrás. Allá venía el curtido, siguiéndome a cien metros. Cuando yo me daba vuelta, se escondía atrás de un pajalito, y así seguimos. Los dogos, también cagados a palos, pero todos al lado nuestro.
En una de esas, un torido bastante lejos, atrás y a la derecha, en la costa del rio, arrancaron los dogos y nosotros detrás. Terrible padrillo había encontrado el Chimba y lo tenía de la oreja, solo hasta que llegaron los dogos. Bueno…te reivindicaste pensé. Como sabiendo el punto q había ganado, después de que todos soltaron, y cuando ya nos disponíamos a aviar el chancho, vino a mí, buscándome la mano con la cabeza para que lo acaricie, cosa que siempre hizo de ahí en adelante. Que perro inteligente…lpm. Realmente, un «distinto».

Ponerme a relatar anécdotas del Chimba (como también de manuela), me demandaría la vida.Cazamos cientos de chanchos juntos, de día, de noche, en el monte, pajal, en sembrados, islas, maíces, todo lo que se les ocurra. Agarramos jabalíes, cruzados, cimarrones, moros, majanes, pumas y siempre él dando la nota de «distinto – de especial”.
Manuela era genial. Perfecta, hacía todo bien, sola o acompañada. Pero este hdp, tenía algo más, un plus inexplicable que te dejaba con la boca abierta. Era la seguridad hecha perro.
Desde el día del ternero, nunca más tocó un vacuno.
La seguridad de que no iba a ocurrir nada indeseable y de que no correría al pedo si él o Manu levantaban un rastro, o corrían al viento; despacito empezaba a trotar nomás, porque sí o sí lo agarraban. No había o existía otra posibilidad, y me sobran testigos que afirman lo que digo.
Y un día murió Auca, al poco tiempo Piojito, después Manuela “la más grande», y ese día… me sentí viejo, cansado, solo, y no quise cazar más con perros. Con ellos tres, se fue la mejor etapa de mi vida de cazador.
Chimba quedó conmigo, salíamos a caminar por la costa, lo seguí teniendo físicamente perfecto. Estaba en la flor de la edad, tenía 4 o 5 años, pero muy bien vividos. Mis perros nunca vivieron atados en un pozo bajo un tamarisco y comiendo de vez en cuando. Mis perros vivían de lujo, comían hasta mejor que yo y tenían control sanitario de excelente.
Cierto día mirándolo correr en la playa me cayó la ficha de que semejante perro nació para cazar, no para mascota. Tenerlo al pedo era una gran injusticia, pero me costaba soltarlo…era “mi perro”, era “mi amigo”. Y comprendí que a un amigo se le da lo mejor, sin egoísmo. Y el necesitaba chancho.
Solo se me ocurrió un nombre, un solo cazador que lo merecía, un chango que es veterinario, ama los perros, los tiene como se debe, y caza mucho. El turquito Fadel, de Mendoza. Y allá se fue mi hermano el Chimba. A llenarme el pecho de orgullo cada vez que el turco me llamaba para ponderarlo y contarme sus hazañas: – Compadre, que perrazo me has mandado!!!- Esas palabras me explotaban el pecho de felicidad, por él, por saber que mi hermano estaba viviendo la vida que se merecía.
Y un día, pasó lo que tenía que pasar. Murió como muere un macho como él, peleando con un padrillo en la cordillera.
Ese día lloré, pero seguí sintiendo ese orgullo caliente en el pecho que tantas veces me hizo sentir ese “TIGRE DISFRAZDO DE PERRO”.