El rancho embrujao

Por Carlos Rebella

Las 20.000 hectáreas que pertenecían a don Romualdo Venegas, en su mayoría cubiertas por caldenes, algarrobos y alpatacos centenarios, estaba – curiosamente – enclavada en la convergencia de tres provincias: San Luis, La Rioja y Córdoba. Por mentas de cazadores-deportistas y lugareños, era un nirvana cinegético donde abundaban jabalí, pecarí, puma, corzuela y pequeñas presas de pluma y pelo. Algunos vedados por las leyes, pero todos protegidos férreamente, y sin excepciones por el dueño, según era vox populi.

Pero, entrenado por los años y mil tranqueras rebeldes, había acumulado una colección de argumentos convincentes para torcer el brazo de los reacios, prometiéndome el desafío de persuadir al estanciero: de cualquier forma, el no ya tenía.

Y la ocasión llegó sin pensarlo. Una monteada que concluyó con fortuna en el primer intento, me liberó prematuramente para intentar el proyecto Venegas, ya que me encontraba a unos 130 kilómetros del pueblo donde el hacendado poseía su residencia weekend. Era tan conocido como un patriarca, al punto que, mientras repostaba, el playero me indicó el camino y las características de la entrada al predio: a ocho leguas por el único camino importante, sendas ruedas de carreta coloniales adornaban la entrada. No fue difícil hallarlas, y menos la pateada hasta el casco, ya que la entrada estaba acerrojada con candado. Un par de kilómetros mediante, apareció la suntuosa mansión secular, rodeada por un gran parque poblado de árboles nativos y exóticos. Me detuve a distancia prudencial, aplaudí, como es costumbre, y junto a los perros apareció el mayordomo, quien me informó que el patrón andaba de recorrida, pero si lo deseaba, podía esperarlo bajo la umbrosa galería.

Debí juntar orines varias horas hasta que, al atardecer y cuando hacía rato que el equipo electrógeno alumbraba los alrededores, apareció un jinete que se apeó junto al palenque cercano. Me adelanté a saludarlo con el brazo extendido. Era un hombre fornido, setentón, de maneras cultas y sonrisa fácil. Luego del apretón de manos, me invitó a pasar al living, un enorme recinto rodeado por altas paredes cubiertas de gobelinos y anaqueles, y el techo adornado con molduras elegantes. Arrellenado en uno de los sillones, comencé a desplegar mi mejor repertorio seductivo, presentándome como periodista especializado en caza y conservación, mencionando el campo desde dónde llegaba, el tiempo, la lluvia y las vacas, hasta que develé el motivo de mi visita: cazar un jabalí. Elegí al suido con premeditación, porque es, de todos los habitantes salvajes, el que más daño ocasiona a los hacendados. Sin embargo, su respuesta fue rápida e irrefutable: desde siempre, había decidido vetar.  esa actividad. Aunque no tenía obligación de hacerlo, se explayó amablemente, alegando que vivía parcialmente en el pueblo, y que una sola excepción, provocaría una cadena de incómodos mangazos de sus muchos amigos cazadores. Como era poco y nada lo que se podía argumentar en contra, y tratando de evitar la interrupción del contacto, encontré el resquicio al observar la poblada biblioteca, que revelaba un asiduo lector. Cuando pregunté por sus autores favoritos, se confesó adicto a la literatura relacionada con la vida de compositores clásicos, un tema que me apasionó en mis años mozos, e ideal para estirar la plática. No desaproveché la oportunidad, para meter un aviso, citando mi condición de escritor, tema que dejé picando…Cuando la charla agonizaba, y con el asunto tiros tabú, prometí que, en ocasión de una próxima aventura por sus pagos, le acercaría algunos volúmenes biográficos, y otros de mi autoría, un pretexto para profundizar la incipiente amistad.  Con la noche entrada y sin convite de hospedaje, desandé el camino y me alojé en una fonda del poblado, antes del regreso a casa.

Dos o tres meses después, reincidí en el lugar donde me había acompañado la fortuna, aunque entonces, luego de bregar varias noches contra un colmilludo desconfiado como caballo tuerto, mi amiga luna se apagó, decretando el knock out en el cuarto round. Después de agradecer y saludar a mis hospitalarios amigos, a pesar del fracaso, encaré la segunda y premeditada etapa del viaje: un nuevo intento con Venegas. No había olvidado el obsequio literario prometido, que me acompañaba envuelto con moñito y todo…Los astros se alinearon superando mis expectativas. Estaba receptivo y alegre, con tan buena onda que envió a un empleado para que entrara el auto, y me invitó para el almuerzo. El diálogo comenzó con la entrega de tres libros biográficos seleccionados, y los míos con florida dedicatoria. En adelante, todo se aceleró a pedir de boca: buena mesa y mejor Malbec, un cuarto para la siesta, y al levantarnos, entre y mate, comenzó a narrar detalles de su vida, la familia desperdigada, hijos poco afectos a las tareas rurales, su esposa fallecida prematuramente, y el azaroso trabajo rural. Era, sin duda, un personaje solitario y melancólico, que ansiaba imperiosamente romper la monotonía de sus nostalgias. Y de pronto, ¡bingo! Con tono solemne, como si se tratara de una Bula Papal, anunció que había decidido autorízame, no sin antes asegurar, bajo palabra de honor, que no lo divulgaría, ni en el pueblo ni en Buenos Aires. Exagerado, pero con motivos…   

Pasó el día de sociales, y al siguiente me propuso una recorrida a caballo para conocer – someramente – los caminos y senderos internos.

Luego de un largo trayecto entre montes, por momentos despejados y en otros cubiertos de fajina; de admirar, fascinado, un algarrobo que, según el estudio mediante Carbono 14 tenía la friolera de ¡600 años!, arribamos al puesto más alejado del casco, junto al linde vecinal, a cargo de un peón que salió entre bostezos, despertado por los perros. Me lo presentó como Hilario, un correntino emigrado hacía más de 20 años.

El puestero nos ofreció mate, pero don Romualdo, medio en broma, le contestó que mejor sería un churrasco. El pobre quedó azorado y tartamudeando: lo único que tenía era el guiso sobrante. Como no teníamos remilgos, terminamos saboreando un estofado de mulita, recalentado, pero exquisito… Entre tanta cháchara, Hilario se explayó sobre las posibilidades en un tajamar donde, afirmó, bajaban verracos así de altos…y llevó la mano a la cintura. Con el dato auspicioso, el jefe le ordenó que ensillara caballos para acompañarnos hasta el lugar. Aunque seguramente estaba acostumbrado, el pobre peón debió cabalgar a pelo, pues solo tenía dos recados, que tuvieron tiempos mejores… Fue una larga marcha hasta llegar al zanjón artificial, enmarcado por un alto talud formado por la tierra excavada. Atamos a la sombra y recorrimos la ribera, donde se apretujaban miles de huellas de vacunos, caballos, corzuelas y jabalíes. Hasta que el guía señaló la foto perfecta de varias pezuñas y pichicos – o dedos atrofiados -, que las agrandaban: un enorme navajero merodeaba por las noches, y no era el único.

Nos acercamos a la orilla del monte, y echamos pie a tierra. Romualdo no era cazador, pero conocía sobre aguadas y apostaderos, de modo que no necesité explicarle qué necesitaba: un buen lugar para construir mi escondite nocturno. Teniendo en cuenta los vientos predominantes, elegimos la protección de un gigantesco caldén que se inclinaba sobre la playa, equidistante de los extremos de la represa. Con la inestimable ayuda del puestero y su machete, en una hora cortamos y acarreamos ramas y arbustos verdes – sin alterar el entorno – para construir una densa empalizada que ocultaría silla y petates. Satisfechos, cada cual rumbeó para su querencia.

Me desperté tarde, remoloneé un rato en la cama, y como tenía el día libre, acepté el envite del capo para otro paseo, que transcurrió atravesando interminables bosques y praderas donde ondulaban, como una marea amarilla, grandes cabezas de girasoles. La cabalgata nos llevó hacia otro puesto, La Orilla, donde conocí a Juan, el encargado, un manco diligente con el haría buenas migas, que nos hizo conocer nuevos aguajes alternativos, todos promisorios.

Pero, como bien dice el refrán, a veces lo bueno dura poco… Antes de la madrugada, cambió el viento y se armó una frente de tormenta con truenos y relámpagos, que me despabilaron a las cinco de la mañana, cuando comenzó a llover. Al diablo con los proyectos. Cuando me reuní con mi amigo para el café, me recibió entre risas de consuelo…

“- parece que no hay liga, amigo, tantos preparativos para nada… el temporal parece que va para largo…”

Aunque deseaba prolongar la estadía para conocernos mejor, coincidimos en que era prudente apresurar la partida: si comenzaban a circular tractores por el camino, dejarían huellones intransitables. Muy a mi pesar, apuré la salida, hubo abrazos afectuosos, y una grata yapa:

“…mire Carlos, las puertas siguen abiertas, solo llame cuando quiera, para dejar la tranquera sin candado…”

Los 40 kilómetros que me separaban de la ruta asfaltada, fueron una peludeada de aquellas, atemperada por el futuro: tenía piedra libre en un cazadero fuori serie.

Dos o tres meses después, y cuatro días antes del plenilunio, llamé. ¿Podría recibirme, acompañado por un amigo? Ante el asentimiento, invité a mi compañero inolvidable, Alejandro Cholo Gorzelany.

Llegamos por la tarde de un día radiante, franqueamos el tranquerón sin llave, y nos recibió Don Romualdo, con los brazos en jarra y una ancha sonrisa en los labios.

Después de las presentaciones de rigor, bajamos el equipaje, incluidas un par de cajas de buen Cabernet añejo, poco después nos instalamos en una de las múltiples habitaciones, y más tarde, frente a sendos scotches, hablamos de todo un poco: la tormenta que malogró el último intento, el clima actual, la cosecha y los jabalíes que, junto a pumas, zorros y loros, lo tenían acobardado. Aproveché para obsequiarle un cuchillo, encabado con asta de ciervo y vaina Berazategui, obra de uno de los artesanos más distinguidos del país. Cuando andábamos por la tercera ronda, Romualdo estaba locuaz como nunca, Cholo, más bueno que el Quaker, ya se le había metido bajo el ala, y todo confluyó para seguirle el tren de sus recuerdos, entre ellos el origen del Establecimiento, una cesión gratuita y condicional que el Gobierno, allá por 1870, concediera a su pariente y tocayo, el Capitán Romualdo Villegas, como reconocimiento por los servicios prestados al País, 20 leguas de campo, actualmente una fortuna, pero entonces de escaso valor: lograr la escrituración, requería que el beneficiario lo poblara antes de cinco años, que en la jerga de época, significaba alambrar por lo menos una, edificar vivienda, corrales, mangas y asentar ganado. Todo lidiando con la indiada, aún revoltosa, a la que se apaciguaba con dádivas, coraje y paciencia. Además, y, por si fuera poco, llegar desde Buenos Aires, casi 900 kilómetros, implicaba un viaje de dos meses en carretas tiradas por bueyes, pues aún no se había inaugurado la línea férrea Buenos Aires – Mendoza.

Cenamos, y llegó el ansiado descanso luego de la ardua jornada. Temprano, mientras desayunábamos, le pedí a Romualdo que me dibujara un planito: intentaría llegar hasta el puesto de Hilario, no sin advertirle, entre risas, que si me extraviaba haría señales de humo

Resultó más fácil de lo esperado, guiado por los rastros de vehículos, tractores, camionetas y algunos recuerdos visuales. Como preveía, el puestero no estaba, y aparecería con suerte, a la hora del almuerzo. Pero como el objetivo era saber si podíamos desplazarnos evitando molestias, nos allegamos al charco para verificar en qué condiciones estaba el apostadero, luego de tanto tiempo. 300 metros antes de llegar, seguimos a pie para no alborotar, y al atravesar la tranquera, sorpresa: minutos antes, una hembra y sus cachorros, había dejado un reguero de pisadas húmedas y superpuestas: iban a la carrera alarmados por los intrusos, que oyeron vaya uno a saber desde cuándo… El escondite, parcialmente desbaratado por las vacas, necesitaba un service que, con el entusiasmo desbordante de Cholo, realizamos en corto tiempo. Al volver, y como Hilario no había regresado, dejé un mensaje: necesitaba otro buen lugar para mi compañero.

Con hambre de lobos, nos recibió la cocinera, ya que el patrón debió viajar al pueblo. Tenía instrucciones para que nos atendiera, y ¡vaya si lo hizo! Un banquete… Buena siesta, y a las seis de la tarde, equipados con lo necesario para una larga espera, incluida la cena, estábamos nuevamente en la puerta del puesto, que seguía desierto. Modifiqué la nota, advirtiendo que estaba en el tajamar, y pidiéndole que no se acercara. Ya cerca del mirador, ocultamos el vehículo, acarreamos sillas, armas y elementos, ampliamos el espacio para otra plaza, y por fin nos sentamos esperando la noche. Comenzaron a acercarse los primeros sedientos: palomas, teros, pájaros ignotos, maras, liebres, perdices y copetonas, que con su presencia acortan las horas. La dulce espera, comenzó cuando el sol caía sobre las altas copas, como cataratas de fuego. Mientras cargábamos las armas, asomó la primera visita importante: una jabalina y seis rayones, seguramente la piara que huyó por la mañana.

Por fin asomó Selene en creciente y anaranjada, que fue tornando en plata brillante al escalar el cielo. Lucía un mordisco que recordaba a la manzanita de Apple, ya que aún faltaban dos o tres días para llenarse. Sorteamos el primer disparo, la suerte me favoreció, y comenzaron a correr las horas. Un grupo de pecaríes bebió rápidamente, otras jabalinas y machos jóvenes se revolcaron en el barro, hasta la hora en que el reloj biológico nos hizo sonar las tripas. Cuando estiraba el brazo, en busca de los emparedados, Cholo, que observaba sin cesar con los prismáticos, me rozó suavemente el brazo señalando hacia la entrada abierta. Junto al poste que fija el aldabón, donde comienza la cerca, un gran macho solitario miraba en redor, venteando con el hocico en alto. Dudaba. Decidí esperar: no sería la primera vez que el proyectil intercepta un filamento de acero y se esquirla en mil pedazos. Demoró pocos minutos en tentarse por el olor del agua y el olor de los que lo antecedieron, hasta que de pronto se encogió, aplanándose contra el suelo, cruzando entre dos hilazas sin hacer ruido. Curiosamente, evitó pasar por la tranquera abierta…Instintos inexplicables. Luego caminó lentamente hacia el barreal, donde hundió las manos, agachó la jeta para husmear, y me ofreció el flanco. Apunté a la punta del codillo, marcado nítidamente sobre el cuero escaso de pelambre, y un segundo después el estampido del .300 estremeció el silencio. Recargué rápidamente, y luego de unos segundos el retículo me devolvió la imagen de la bestia, casi inmóvil. Luego del tiempo prudencial para confirmar que no era una conmoción pasajera, nos acercamos y alcé los belfos carnudos. Sus largos y gruesos colmillos, curvados como cimitarras, se apoyaban contra las vigorosas amoladeras, que las ahusaron durante su larga vida. El viejo semental mostraba viejas heridas de innumerables combates, y sus pezuñas, redondeadas en los extremos, años de merodeos entre arenales y pedreros. Nos abrazamos con alegría, asombrados por el resultado: apenas las once de la noche del debut, corroboraba la fama del coto y justificaba tanta franela.

Nuevamente al acecho, aprovechamos la pausa que impuso el estallido y nuestras andanzas, para dar cuenta de la cena.  

Con el jarro humeante de café entre las manos, y pasado el efecto del torrente de adrenalina, retomé la concentración, el silencio y la inmovilidad. Cholo parecía una estatua, apilado sobre la culata como si su presa estuviera a la vista… Corrió el satélite por el cielo, su brillo aumentó en la diáfana noche, y cuando comenzó a caer en el poniente, cerca de las dos de la madrugada, por el mismo sector que llegó el anterior, asomó otro solitario, negro como el carbón y seguro padrillo.

Giró un par de veces sobre sí mismo, erizó sus crines, y apuntó la mirada sobre la mole abatida. Estaba lejos para mi gusto, pero mi compañero no esperó a que se arrepintiera, y desde unos 70 u 80 metros, con un solo impacto de su .300, lo abatió con un tiro de frente, en el centro del pecho. ¡Excelente disparo, y doblete antes del amanecer! Resultó el mejor trofeo de su historial deportivo: defensas que, cuando días después medimos, arrojaron más de 20 centímetros de largo cada una, con las superiores vigorosas y retorcidas como mostachos… Satisfechos con el resultado, y respetando la promesa de un solo abate, evisceramos y, aunque era tentadora la cómoda cama de la estancia, respetamos el sueño de Romualdo y nos acurrucamos en los asientos, dormitando hasta la madrugada. Con las primeras luces, llegaron las fotos, cargamos los cuerpos, y llegamos cuando Venegas se preparaba para salir. Sin ocultar su alegría, nos atosigó con preguntas, y poco después se despidió hasta el almuerzo: debía supervisar la carga de un par de camiones de hacienda. Antes de partir, instruyó al mayordomo para que colaborara, y así lo hizo: mandó cuerear, despostar la carne, y hacer llegar – menos lomos y cuartos – la carne a los buenos muchachos, Hilario y Juan.

La cuota estaba cubierta, pero retornar a casa prematuramente no estaba en nuestros planes. Aún con la oferta para nuevos intentos, preferimos no abusar, y con su permiso, dedicar un par de días a la caza menor, después de todo, un buen escabeche no hace mal a nadie…Para abreviar, diré que nos despedimos más amigos que nunca, prometiendo pronto regreso.

Dos o tres meses después, en vísperas del inminente invierno, reincidimos, reconociendo nuevos acechos y rastros prometedores, hasta que Juan nos trajo el dato que, mientras buscaba una vaca arisca, descubrió un surgente natural oculto en lo más profundo del monte, al que acudían innumerables reses salvajes. La mala noticia era que no había huella ni sendero para llegar, solo una picada que abrió precariamente. Era demasiado tentadora la oferta para negarnos, y allá fuimos los tres, recorriendo una eternidad de árboles caídos, espinas y chañares impenetrables. Poco antes de llegar, accidentalmente, descubrí semioculto por un pajonal, el contorno de una tapera abandonada. La respuesta a la obvia pregunta al baquiano, fue tan evasiva y descomedida, que me descolocó, aunque dadas las circunstancias, postergué reproches, y sin darle bola lo dejamos esperando y fuimos a explorar Era una construcción de material, que tuvo tiempos mejores, cercada por un alambrado parcialmente derribado, las puertas y ventanas desvencijadas, y la mugre que se olía desde lejos. Observándolo, se nos prendió la lamparita. ¿Y si lo acondicionábamos para evitar los eternos viajes, vespertinos y matutinos, a los apostaderos? Desde allí equidistaban casi todos, y de esa forma nos liberaríamos de horarios y formas que nos ataban – si bien gratamente – a nuestro anfitrión, y viviríamos en contacto pleno con la naturaleza en el campamento perfecto. Hablaríamos con Romualdo…

Reiniciamos la marcha, sin disimular mi desagrado por no habernos acompañado, seguimos el rumbo, y llegamos al surgente. Era una pequeña grieta que manaba agua formando un pequeño charco, con las orillas cubiertas de pisadas. Pero, lamentablemente, estaba rodeado de pajonal y árboles demasiado cercanos, y desmontar los alrededores era una tarea absurda, habiendo tantas otras oportunidades.

En la primera oportunidad, después de hallar argumentos que no hirieran susceptibilidades, le contamos a Romualdo sobre nuestro hallazgo, sondeando la posibilidad de cambiar de domicilio y refaccionar la vivienda, si lo autorizaba. Se mostró dispuesto, bromeó acusándonos de ingratos, pero al fin, prometiéndole que nos vería hasta hastiarse, no solo consintió, sino prometió apoyarnos aportando algunos materiales descartados.

Como estaba planeado, esa noche nos apostamos, Cholo logró algo que no es común, un doblete de verracos con buenos dientes, y por mi parte tuve muchas oportunidades, pero no lo que esperaba.

Fue tanta la ansiedad por el golpe de suerte, que resolvimos postergar los días de caza y poner manos a la obra. Durante dos días, de sol a sol, encaramos la ardua tarea que comenzó desalojando inquilinos: en primer lugar, millones de abejas que habían construido un panal tan grande como jamás había visto: más de un metro de grosor, y otro tanto de largo. Con la ayuda de una buena fogata y ramas verdes sobre las brasas, el humo se encargó de ahuyentarlas, mientras nosotros mateamos durante dos horas a distancia prudencial. Con el interior despejado, retiramos varias carretillas de bosta de murciélago y otras alimañas, tierra removida por los peludos, y restos de lo que fue un sencillo mobiliario. Ajustamos ventanas y puertas, y para rematar, Ale se las ingenió para tender un par de hiladas de alambre de púas como tranquera: había que proteger el auto en el patio, pues las vacas suelen usarlo como fregadero… 

Sorpresivamente apareció Juan, nuevamente misterioso, que desde lejos saludó con la mano, sin apearse. Me acerqué, y lo encaré con poca amabilidad:

“¿qué diablos le anda pasando pasando, amigo?” le pregunté sin sonrisas…

Al verme enojado, comenzó un largo monólogo con cara de melodrama. Luego de disculparse enfáticamente entre balbuceos, arguyó en primer lugar, que me estimaba y respetaba mucho y que, por eso, consideraba un deber advertirme que ocupar el rancho, era peligroso, pues estaba engualichado, maldito por Dios Padre, y que lo mejor para nosotros era alejarnos. Continuó relatando que estuvo ocupado durante algunos años por un puestero solitario y muy apreciado por todos, y que, como compañero y amigo, le había confiado que, en ocasiones y durante la noche, se oían lamentos y sollozos que lo atemorizaban y provocaban largos aullidos de los perros. Siguió narrando que, tiempo después y mientras efectuaba su recorrida habitual, decidió desviarse para saludarlo. Ya junto a la morada, vio con sorpresa que puertas y ventanas estaban abiertas, el patio desaseado, y faltaba el perro. Sobresaltado, recorrió los alrededores voceando su nombre, sin obtener respuesta. Más que alarmado asustado, corajeó internándose en el monte vecino, hasta que, a poco de andar, quedó paralizado por el terror: restos humanos, desmembrados, colgaban de las ramas, y harapos que reconoció como de su colega, estaban dispersos, impregnados en sangre seca y oscura.

Despavorido, corrió de un galope llevando la funesta noticia al patrón, que convocó a la policía.

Para abreviar sobre el luctuoso incidente, diré que la investigación determinó que el pobre hombre sufrió un infarto y murió en el acto, posiblemente mientras recogía leña.  No había signos de violencia, ni fuera ni adentro de la vivienda, y nada faltaba de lo poco que tenía. En cuanto a la carnicería, no había dudas que, pumas, jabalíes y peludos se encargaron de desarticular el cuerpo, y las aves carroñeras de llevar algunos despojos a lo alto de las plantas.  

El macabro episodio corrió por la comarca como reguero de pólvora, alimentando las supersticiones, comunes en esa gente tan buena como proclive a la fantasía. Los puebleros cercanos no tardaron en cargar las tintas, decretando tácitamente que la casa estaba embrujada, y que el alma del difunto, aún vagaba sin destino por los alrededores. Desde entonces, ante lo que era vox populi, Romualdo no logró sustituto, y el tiempo se encargó de convertir al rancho en tapera

Por la noche, frente al fogón y bajo las estrellas, compartiendo el asado, le lancé un dardo a Romualdo, socarronamente:

“- Sos un traidor, hermano…” nos mandaste a vivir con los espíritus malignos de la estancia…  

Su carcajada se oyó hasta el pueblo. En realidad, nunca supuso que Juan se atreviera a narrar el suceso, ya que era tema tabú, y traía mala suerte…

Más allá de la triste anécdota, memorar las vivencias sucedidas a lo largo de los años en la estancia, sería largo de enumerar. Solo diré que, tal vez abusando de su confianza, tuve el placer de compartir decenas de cazadas con numerosos compinches, sobre todo con mi hijo Gustavo, disfrutando el placer de estar cazando y gozar de un rincón natural inestimable.

Con el tiempo, mi coto privado dejó de tener secretos, y me manejaba sin necesidad de guía ni baquiano. El centro de operaciones fue mejorando, veía a Juan cada luna que nos juntaba, para colectar datos, pero jamás se acercó a la suite, ni para tomar mate…

La amistad con Romualdo, consolidada, superó al mero acto de la caza, y se convirtió en sincera nostalgia cuando se alargaba el tiempo entre visita y visita. Hasta que un mal día, llegó la mala noticia: había fallecido. Cuando viajé – ex profeso -, sus restos ya descansaban en la bóveda familiar del pueblo, junto a su esposa. Frente al portal del Camposanto, recé por su alma y dejé un pequeño ramo de flores silvestres, recogidas a la vera del callejón que cruzaba sus tierras ancestrales, las que tanto amó, y a las que dedicó su vida.

Los vientos implacables que a veces producen las sucesiones, desataron litigios entre parientes que disgregaron la hacienda, como le ocurrió al paisano que habitó el rancho embrujado.   

Abrir chat