El Abierto - La Odisea

Leandro Fischer

 

Mi gran amigo “el negro” Juan Cruz se fue por motivos laborales un año y medio a España, por lo que en cada llamada o mensaje que cambiábamos, no hacíamos otra cosa que organizar una buena cacería para su regreso, una de esas odiseas entre amigos de 10 días como mínimo, internados en el monte y detrás de un buen axis.

Y así fue, a los días que el Negro regresó a Argentina, yo ya tenía todo organizado. Había hablado con algunos encargados y estancieros amigos que nos habían dado permiso y nos estaban esperando para cazar.

Nuestro primer destino era San Victor al norte de la provincia de Entre Ríos.

Llegamos al campo, no saludábamos todavía y el negro ya estaba armando su equipo para salir al monte!

Mientras esperaba el agua para tomar unos mates, veía a mi amigo que revisaba todo lo que encontraba e iba y venía descontrolado, hasta que le pregunte: ¿Negro que buscas?.  El cerrojo del fusil me dice…. Sí. Se había olvidado el cerrojo!!! Casi dos años sin cazar y cuando viene se olvida el cerrojo, se moría de la amargura y yo no aguantaba la risa. Bueno vamos igual, le dije, yo te doy mi fusil, no te hagas drama.

Salimos al monte, quedando en juntarnos en uno de los esquineros del campo; el Negro arrancó a montear solo, llevando mi fusil y yo salí con el puestero a ver el movimiento de los ciervos.

Llegamos al punto donde nos encontraríamos, pero el Negro aun no aparecía. Después de un buen rato escuchamos un disparo; dejo pasar unos minutos y le hablo por el Handy, pero no me contesta. Le había errado a un macho grande que le salió a la carrera y no quería ni hablar siquiera de la calentura que tenía.

Al día siguiente la suerte para mi amigo cambió. Salió a recorrer un cuadro inundado donde se movían muchos los ciervos, pero no logro ver nada por lo que como buen tozudo, fue al mismo lugar donde había errado el día anterior. Y ahora sí se le dio y pudo cazar un muy lindo Axis!!!

Llevábamos recién dos jornadas de caza de todas las que nos queríamos tomar, por lo que al otro día temprano salimos para la localidad de Estacas, donde otro amigo nos había dado permiso para cazar.

Llegamos al campo, almorzamos y otra vez al monte, pero esta vez cargamos las bolsas de dormir, agua y algo para picar; la idea era compartir un campamento con mi amigo y estar bien próximos a donde se movían los ciervos.

Anduvimos toda la tarde y solo vimos una manada de ciervas, pero andaban sin machos, por lo que decidimos acampar y quedarnos atentos a escuchar algo y poder seguirlo al otro día.

No bramó un solo ciervo en toda la noche…Igual al otro día, amaneciendo ya estábamos otra vez campeando. Después de un rato en un pasadero que prometía, vimos acercarse una manadita de ciervas hacia donde estábamos; esperamos hasta que paso la última y nos quedamos echados por un rato más, pero el macho volvió a faltar a la cita.

Por la tarde volvimos a insistir cerca de donde habíamos salido en la mañana, cuando escucho que atropellaban el monte, me quedo quieto y agachado, cuando veo aparecer varias vacas espantadas corriendo, pasa la última y empiezo a levantarme despacio, hago dos pasos y me encuentro de frente con un gran macho que venía al trote detrás de las vacas. No me dio tiempo ni de levantar el fusil y en segundos desapareció en la espesura. Caminamos un rato más y decidimos volver al casco de la estancia a descansar bien esa noche, porque la travesía todavía no terminaba.

De madrugada salimos para Feliciano a buscar a Facundo nuestro otro amigo y compañero de cacerías y de ahí a Corrientes.

Llegamos a la estancia, bajamos el equipaje, tomamos unos mates con el puestero y salimos al pueblo a tramitar las licencias de caza y precintos.

Una vez de vuelta en el campo, a Facu se le ocurre preparar el almuerzo y como con el Negro veníamos medio cansados, hasta se lo agradecimos.

Preparó en el disco, un huevo de ñandú revuelto con morcillas, vino y un litro de aceite…Eso comimos en pleno diciembre, en Corrientes y a las tres de la tarde, cosa que no le recomiendo ni al peor enemigo.

La descompostura era inminente y fue inmediata, pero igual de corajudos encaramos el monte a buscar un pintao.

Como pude llegué al lugar donde nos encontraríamos y el Negro venía igual o peor que yo, por lo que decidimos hacer noche ahí mismo.

Son esas vivencias con amigos y en el monte, que seguro no se olvidan más. Esa noche los ciervos bramaron como nunca, pero el negro y yo no los podíamos escuchar de tanto que vomitábamos… mientras el HDP de Facundo dormía como un bebé.

Cerca de las 5AM el Negro se levantó como pudo, y me dijo que saldría detrás de un ronco que bramaba cerca, entonces yo le dije que saldría en sentido contrario detrás del culo de otro que bramaba fuerte también.

Salimos con Facu un rato antes de las 6AM. Yo seguía descompuesto pero las ganas de cazar eran más fuertes y cada vez que escuchaba gritar algún macho me olvidaba de todo.

A la hora de caminar escuchamos un disparo proveniente de donde suponíamos andaba el negro.

Le dije a Facu que nos apuráramos en llegar lo antes posible al macho que nosotros seguíamos, preocupado porque se callara después de escuchar el disparo. Caminamos apenas unos metros más y vemos unas hembras que se iban cruzando de isletas, le hago seña a Facu y nos echamos esperando que salga el macho. Pasaron esos minutos que parecen una eternidad, hasta que salió el pintao cruzando el claro; acomodo la cruz en la paleta, suelto el disparo y TAC…

La suerte me seguía jugando en contra, el disparo no salió… pero fue suficiente el ruido de la aguja golpeando el proyectil para que el ciervo (que estaba a no más de 30mts) me escuchara.  Miró hacia donde estábamos y salió que quemaba pal monte, alcancé a recargar nuevamente y volví a disparar, pero no lo veo más.

Facu me dice – “le pegaste” – saltó y lo vi caer, vamos que está en la isleta. Y ahí comenzó el baile!

Comenzamos a seguirlo a pesar que no encontrábamos sangre y eso ya nos decía lo que vendría. Rastreamos ese ciervo como a ningún otro, el que conoce el monte correntino sabe que no es nada fácil, y aparte, yo no soy nada chiquito. Lo buscamos hasta cerca del medio dia y nada, decidimos cortar momentáneamente con la búsqueda e ir donde el Negro por si había cazado.  

Así fue, el Negro había vuelto a cazar otro macho lindo. Ya lo tenía casi listo cuando llegamos, solo le ayudamos a despostar lo que quedaba y ellos se volvieron al campamento a resguardar la carne y preparar el almuerzo.

Yo arranqué hacia unos guayabos con la excusa de ver si encontraba alguna tropilla echada, cuando en realidad quería caminar un rato para sacarme la bronca que me cargaba.

Y como si no fuese a terminar más, otra vez la descompostura…me paro a esperar que se me pase un poco cuando escucho el claro sonido de un macho quebrando ramas. Lo busco, lo busco y lo busco hasta que logro verlo, era la torta más grande que yo había visto, venía corriendo casi para mi lado con las guampas echadas pa’tras.

Lo pierdo de vista en una mugre y pongo la mira del otro lado donde calculé que iba a pasar.

El corazón me explotaría en el pecho, esa tan linda y fea sensación que sentimos los que nos gusta tanto esto, que ni siquiera la podemos describir con precisión. Fueron esos segundos en cámara lenta que parecen una eternidad.

Me dije -NOOOOOO AGARRÓ PARA OTRO LADO….- y en eso veo que asoma la cabeza, siguió cogote y “pumm” le solté el pepaso!!!

Así como tiré, ese ciervo salió y a fondo. No podía creerlo, quería tirar el rifle, ponerme a llorar, no se…

En eso me llaman mis compañeros por radio, seguro para preguntarme que había sucedido, pero antes de tirar la radio al medio del monte, la apagué. Me quede manso por un rato, esperando que me baje la calentura y encaré desconsolado en busca de rastros.

A los pocos metros de seguirlo encontré sangre (sentí que me volvía el alma al cuerpo), caminé solo unos pasos más y ahí estaba, fue una muerte casi instantánea, corrió solo por la adrenalina que lo eyecto y hasta me hizo creer que había errado.

descomprimir, contemplarlo y rendirle su homenaje.

Ya con otro humor, prendí la radio y llamé a mis amigos para compartir con ellos mi alegría!!!

Nos quedamos dos días más, Facu siguió detrás de los ciervos, pero esta vez no se le dio y yo me dediqué a seguir buscando al supuesto baleado, pero nunca más supe de él.

Como cierre de nuestra Odisea (de seguro, la que nunca olvidaré), nos fuimos a Colon a una juntada anual que hacemos con cazadores de varias partes de país, donde mentimos, comemos y tomamos como si fuese el ultimo dia!

Leandro Fischer

Mi gran amigo “el negro” Juan Cruz se fue por motivos laborales un año y medio a España, por lo que en cada llamada o mensaje que cambiábamos, no hacíamos otra cosa que organizar una buena cacería para su regreso, una de esas odiseas entre amigos de 10 días como mínimo, internados en el monte y detrás de un buen axis.

Y así fue, a los días que el Negro regresó a Argentina, yo ya tenía todo organizado. Había hablado con algunos encargados y estancieros amigos que nos habían dado permiso y nos estaban esperando para cazar.

Nuestro primer destino era San Victor al norte de la provincia de Entre Ríos.

Llegamos al campo, no saludábamos todavía y el negro ya estaba armando su equipo para salir al monte!

Mientras esperaba el agua para tomar unos mates, veía a mi amigo que revisaba todo lo que encontraba e iba y venía descontrolado, hasta que le pregunte: ¿Negro que buscas?.  El cerrojo del fusil me dice…. Sí. Se había olvidado el cerrojo!!! Casi dos años sin cazar y cuando viene se olvida el cerrojo, se moría de la amargura y yo no aguantaba la risa. Bueno vamos igual, le dije, yo te doy mi fusil, no te hagas drama.

Salimos al monte, quedando en juntarnos en uno de los esquineros del campo; el Negro arrancó a montear solo, llevando mi fusil y yo salí con el puestero a ver el movimiento de los ciervos.

Llegamos al punto donde nos encontraríamos, pero el Negro aun no aparecía. Después de un buen rato escuchamos un disparo; dejo pasar unos minutos y le hablo por el Handy, pero no me contesta. Le había errado a un macho grande que le salió a la carrera y no quería ni hablar siquiera de la calentura que tenía.

Al día siguiente la suerte para mi amigo cambió. Salió a recorrer un cuadro inundado donde se movían muchos los ciervos, pero no logro ver nada por lo que como buen tozudo, fue al mismo lugar donde había errado el día anterior. Y ahora sí se le dio y pudo cazar un muy lindo Axis!!!

Llevábamos recién dos jornadas de caza de todas las que nos queríamos tomar, por lo que al otro día temprano salimos para la localidad de Estacas, donde otro amigo nos había dado permiso para cazar.

Llegamos al campo, almorzamos y otra vez al monte, pero esta vez cargamos las bolsas de dormir, agua y algo para picar; la idea era compartir un campamento con mi amigo y estar bien próximos a donde se movían los ciervos.

Anduvimos toda la tarde y solo vimos una manada de ciervas, pero andaban sin machos, por lo que decidimos acampar y quedarnos atentos a escuchar algo y poder seguirlo al otro día.

No bramó un solo ciervo en toda la noche…Igual al otro día, amaneciendo ya estábamos otra vez campeando. Después de un rato en un pasadero que prometía, vimos acercarse una manadita de ciervas hacia donde estábamos; esperamos hasta que paso la última y nos quedamos echados por un rato más, pero el macho volvió a faltar a la cita.

Por la tarde volvimos a insistir cerca de donde habíamos salido en la mañana, cuando escucho que atropellaban el monte, me quedo quieto y agachado, cuando veo aparecer varias vacas espantadas corriendo, pasa la última y empiezo a levantarme despacio, hago dos pasos y me encuentro de frente con un gran macho que venía al trote detrás de las vacas. No me dio tiempo ni de levantar el fusil y en segundos desapareció en la espesura. Caminamos un rato más y decidimos volver al casco de la estancia a descansar bien esa noche, porque la travesía todavía no terminaba.

De madrugada salimos para Feliciano a buscar a Facundo nuestro otro amigo y compañero de cacerías y de ahí a Corrientes.

Llegamos a la estancia, bajamos el equipaje, tomamos unos mates con el puestero y salimos al pueblo a tramitar las licencias de caza y precintos.

Una vez de vuelta en el campo, a Facu se le ocurre preparar el almuerzo y como con el Negro veníamos medio cansados, hasta se lo agradecimos.

Preparó en el disco, un huevo de ñandú revuelto con morcillas, vino y un litro de aceite…Eso comimos en pleno diciembre, en Corrientes y a las tres de la tarde, cosa que no le recomiendo ni al peor enemigo.

La descompostura era inminente y fue inmediata, pero igual de corajudos encaramos el monte a buscar un pintao.

Como pude llegué al lugar donde nos encontraríamos y el Negro venía igual o peor que yo, por lo que decidimos hacer noche ahí mismo.

Son esas vivencias con amigos y en el monte, que seguro no se olvidan más. Esa noche los ciervos bramaron como nunca, pero el negro y yo no los podíamos escuchar de tanto que vomitábamos… mientras el HDP de Facundo dormía como un bebé.

Cerca de las 5AM el Negro se levantó como pudo, y me dijo que saldría detrás de un ronco que bramaba cerca, entonces yo le dije que saldría en sentido contrario detrás del culo de otro que bramaba fuerte también.

Salimos con Facu un rato antes de las 6AM. Yo seguía descompuesto pero las ganas de cazar eran más fuertes y cada vez que escuchaba gritar algún macho me olvidaba de todo.

A la hora de caminar escuchamos un disparo proveniente de donde suponíamos andaba el negro.

Le dije a Facu que nos apuráramos en llegar lo antes posible al macho que nosotros seguíamos, preocupado porque se callara después de escuchar el disparo. Caminamos apenas unos metros más y vemos unas hembras que se iban cruzando de isletas, le hago seña a Facu y nos echamos esperando que salga el macho. Pasaron esos minutos que parecen una eternidad, hasta que salió el pintao cruzando el claro; acomodo la cruz en la paleta, suelto el disparo y TAC…

La suerte me seguía jugando en contra, el disparo no salió… pero fue suficiente el ruido de la aguja golpeando el proyectil para que el ciervo (que estaba a no más de 30mts) me escuchara.  Miró hacia donde estábamos y salió que quemaba pal monte, alcancé a recargar nuevamente y volví a disparar, pero no lo veo más.

Facu me dice – “le pegaste” – saltó y lo vi caer, vamos que está en la isleta. Y ahí comenzó el baile!

Comenzamos a seguirlo a pesar que no encontrábamos sangre y eso ya nos decía lo que vendría. Rastreamos ese ciervo como a ningún otro, el que conoce el monte correntino sabe que no es nada fácil, y aparte, yo no soy nada chiquito. Lo buscamos hasta cerca del medio dia y nada, decidimos cortar momentáneamente con la búsqueda e ir donde el Negro por si había cazado.  

Así fue, el Negro había vuelto a cazar otro macho lindo. Ya lo tenía casi listo cuando llegamos, solo le ayudamos a despostar lo que quedaba y ellos se volvieron al campamento a resguardar la carne y preparar el almuerzo.

Yo arranqué hacia unos guayabos con la excusa de ver si encontraba alguna tropilla echada, cuando en realidad quería caminar un rato para sacarme la bronca que me cargaba.

Y como si no fuese a terminar más, otra vez la descompostura…me paro a esperar que se me pase un poco cuando escucho el claro sonido de un macho quebrando ramas. Lo busco, lo busco y lo busco hasta que logro verlo, era la torta más grande que yo había visto, venía corriendo casi para mi lado con las guampas echadas pa’tras.

Lo pierdo de vista en una mugre y pongo la mira del otro lado donde calculé que iba a pasar.

El corazón me explotaría en el pecho, esa tan linda y fea sensación que sentimos los que nos gusta tanto esto, que ni siquiera la podemos describir con precisión. Fueron esos segundos en cámara lenta que parecen una eternidad.

Me dije -NOOOOOO AGARRÓ PARA OTRO LADO….- y en eso veo que asoma la cabeza, siguió cogote y “pumm” le solté el pepaso!!!

Así como tiré, ese ciervo salió y a fondo. No podía creerlo, quería tirar el rifle, ponerme a llorar, no se…

En eso me llaman mis compañeros por radio, seguro para preguntarme que había sucedido, pero antes de tirar la radio al medio del monte, la apagué. Me quede manso por un rato, esperando que me baje la calentura y encaré desconsolado en busca de rastros.

A los pocos metros de seguirlo encontré sangre (sentí que me volvía el alma al cuerpo), caminé solo unos pasos más y ahí estaba, fue una muerte casi instantánea, corrió solo por la adrenalina que lo eyecto y hasta me hizo creer que había errado.

descomprimir, contemplarlo y rendirle su homenaje.

Ya con otro humor, prendí la radio y llamé a mis amigos para compartir con ellos mi alegría!!!

Nos quedamos dos días más, Facu siguió detrás de los ciervos, pero esta vez no se le dio y yo me dediqué a seguir buscando al supuesto baleado, pero nunca más supe de él.

Como cierre de nuestra Odisea (de seguro, la que nunca olvidaré), nos fuimos a Colon a una juntada anual que hacemos con cazadores de varias partes de país, donde mentimos, comemos y tomamos como si fuese el ultimo dia!

Leandro Fischer

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